Una tarde de lluvia con Nicanor Parra

Escrito por María Angélica Blanco en junio de 2012

Hace años, partí rumbo a Las Cruces, previa cita concertada, para invitar al poeta a dar una charla en Concepción. Ya en su casa, me abrió la puerta una joven con exóticos rasgos indígenas y me hizo pasar a un estar con chimenea encendida, ponchos y cuadros colgantes por doquier, guitarras y guitarrones, varias fotos de Violeta, su célebre hermana, y libros, pilastras de libros. Y aparece Parra, con su blanca melena alborotada, sus mil y una arrugas y unos ojos que brillaban con extraordinaria lucidez. Me invitó a sentarme y llamó a la muchacha. Le pidió candola y sopaipillas. Volvió ella muy pronto con  aquellos manjares, ideales para una tarde de lluvia en que rugía un viento estrepitoso. Le pregunté si la chica era de descendencia mapuche. “Alacalufe. Especie en extinción. La cuido como hueso santo, por eso”.  Luego me cuchicheó: ”Su madre era prostituta. Me la traje para salvarla. Pero te dejo en claro que tengo mucho respeto por ellas. Son mujeres virtuosas y trabajadoras. Y, desde Cátulo a Baudelaire, todos los poetas las han amado. Quien no las ama es un impotente o un puritano hipócrita de la peor especie”. Después, sonrió entre beatífico y mefistofélico mientras bebía su candola.
Le precisé que deseaba invitarlo a Concepción a dictar una charla sobre el amor. Se rió. “¿Me invitas porque ves los siete pecados capitales marcados en mi frente?  O ¿porque piensas que mi boca aún está roja por el vino de los placeres? No, si soy un viejo león de invierno, claro que rujo, todavía rujo. Tendría que pensar si voy o no. Pero con una condición. Tendrías que poner un cartelito que diga: charla prohibida para timoratos y beatas. Ah, y también: el poeta no responde por las molestias que pueda causar al distinguido público con historias de amores pecaminosos”.
“Le prometo que voy a poner el cartelito. Nadie se va a extrañar. Son cosas de Parra, las que lo identifican a usted. Todos los que lo aman. ¿No es cierto?”, le dije riendo mientras mordisqueaba una sopaipilla. “Mira, no sé si me aman tanto. Hay mucha envidia por estas latitudes. Tontos que piensan que porque me han postulado al Nobel  yo aspiro a la posteridad. Eso es un idiotez porque son trabajos de amor perdidos. Y eso no lo dije yo. Lo escribió Schakespeare”.
“A propósito, tienes que conocer mis predios, mi biblioteca”, dijo levantándose. Lo seguí llena de entusiasmo. Tenía conciencia de que si Parra me abría las compuertas del lugar donde trabajaba y leía, era un privilegio. Así fue. Parecía un niño mientras me mostraba los enormes anaqueles, atiborrados de libros. “Tócalos, los libros hay que tocarlos, así se siente como si respiraran”. Tomó un texto con tapas de cuero muy gastadas y hojas de papel Biblia.  Era Hamlet. Le pregunté si me podía leer el famoso  monólogo To be or not to be. Se rió. “Si algo todavía tengo bueno es la memoria. Te lo recitaré”, me dijo. Me sentía en éxtasis. Apoyado en el estante, con el libro en la mano comenzó: “Ser o no ser. Esa es la cuestión. ¿Qué debe más dignamente optar el alma noble entre sufrir de la fortuna impía y el porfiado rigor, o rebelarse contra un mar de desdichas y, afrontándolo, desaparecer con ellas? Morir, dormir, no despertar más nunca, poder decir todo acabó, en un sueño sepultar para siempre los dolores del corazón”. Recuerdo con emoción esos momentos en que no quería despertar más. Esos versos que cayeron en mi alma, como al pasto el rocío. Una tarde de lluvia, de candola, sopaillas y poemas de Parra. ¿Qué más se le puede pedir a la vida?

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