Hombres agredidos por sus mujeres

Escrito por Revista Nos en julio de 2013

Entre 2010 y 2012 el maltrato al hombre chileno se incrementó en un 14,8% según un estudio de la ONG Activa y la Asociación Chilena de Municipalidades. Fuimos en busca de protagonistas de este fenómeno y dos de ellos admitieron que soportan golpes y descalificaciones por los hijos. “A mí me tira por la cabeza lo que tenga al alcance de la mano”, cuenta Víctor Manuel, de Coronel, mientras que Francisco, de Chillán, con 17 años de matrimonio, admite que tiene que disimular las huellas de las palizas para no ser objeto de burlas entre amigos y familiares. Sufren en silencio, cuentan, y a pesar de que un 15 por ciento de hombres como ellos se ha atrevido a denunciar violencia intrafamiliar -contra un 85 por ciento de mujeres- se quejan que ni en Carabineros ni en tribunales son tomados muy en serio. Peor aún, en el país no existe un centro especializado para tratarlos física, sicológica y legalmente como admite el abogado Javier Ramos, coordinador del Centro de Apoyo a Víctimas de Delitos Violentos del Ministerio del Interior y Seguridad Pública para Concepción, Los Ángeles y Chillán.

Que un hombre sea maltratado por su esposa, novia o polola se presta para la “chacota”. De hecho algunos se burlan porque sus amigos o vecinos son “mangoneados” por su mujer y hasta grupos musicales se han dado a la tarea de crear un himno para aquellos que se someten a sus parejas. Un ejemplo de aquello es la canción “Macabeo eres tú”, de Amar Azul, con su pegajoso estribillo “macabeo eres tú, tu mujer te dominó…”
“La violencia contra el hombre ha existido siempre, pero sucede algo similar a lo que les pasó a las mujeres: se oculta”, declara el sociólogo de la Universidad Católica de la Santísima Concepción, Juan Morales Valenzuela.

Pero los hombres -agrega- ya han perdido el miedo a denunciar porque hoy existen mayores posibilidades que se atiendan sus problemas, lo que en realidad, en el curso de esta indagación periodística, no resultó ser tal.
Lo más probable es que callen para evitar burlas de sus amigos, de sus familias, de sus vecinos. Bien lo saben Francisco, Alonso y Víctor Manuel, nuestros entrevistados que accedieron a entregar su testimonio con el compromiso de mantener sus identidades en reserva, “por vergüenza”, y en dos casos, según revelaron, para no alejarse de los hijos a quienes aman entrañablemente aunque de algunos no sean sus padres biológicos.
De camino a su casa, en Coronel, después de diez días de intenso trabajo en el norte y 24 horas de viaje, Víctor Manuel sabe que al llegar sólo le espera el abrazo cariñoso de sus hijos -del mayor, sobre todo-, quien, sin ser plenamente suyo, lo recibirá con los brazos abiertos, le contará de los progresos en el colegio y, mediante señas, porque es sordo, le repetirá cuánto lo quiere. Por ellos, dice, no se separa y… aguanta lo que sea: “¡Ya estoy acostumbrado!, he hecho de todo para que ella cambie, pero no hay caso; yo quiero a mis hijos y no los dejaría por nada del mundo. Por eso ¡a morir no más!”.
Él tiene 38 y ella 44 años. Se conocieron en un bautizo y conviven desde hace 15 años. Era celosa, cuenta, y “al sexto año de estar juntos, se le acentuó; cuando me levanta la mano, yo lo echo a la risa para que los niños no se asusten; me agrede física, verbal y sicológicamente por estupideces, pero para ella todo es grave; me agrede con lo que tenga a mano: los platos pasan susto. Yo no la insulto, ella a mí, sí. Cuando se me empezó a caer el pelo, fui al siquiatra y éste me aconsejó que no me tomara las cosas tan a pecho”.
Víctor Manuel cuenta que aunque no ha dejado de ser un picaflor -pero “lejos de aquí”- para evitar peleas dejó de beber hace más de un año; que sale siempre con su mujer y que la incentiva a que se tiña el pelo y se arregle, porque “se siente más vieja que yo; ahora último sí se ha estado tapando las canitas”, pero que las cosas no cambian como él quisiera. Duda que su mujer le sea infiel y que, aunque pasara -dice- “a lo mejor lo dejaría pasar”.

-¿Y cuál es su miedo a separarse?
-Mis hijos; no quiero que ellos pasen lo que yo en mi infancia: Soy el menor de cuatro hermanos; mi mamá -hoy fallecida- se casó joven y se separó. Terminamos con un delincuente por padrastro; nos golpeaba a todos, pasamos hambre y teníamos que dormir en la plaza; llegué hasta octavo año, pero de pequeño empecé a trabajar vendiendo helados para ayudar en la casa. Yo no me considero un pan de Dios, pero tampoco soy un desgraciado y hago todo por mis hijos, no les querría dar otra vida que no sea la de tener a su padre al lado.
-¿Usted quiere a su mujer, entonces?
-A veces lo dudo, pero trato de conversar con ella. “¡Negrita, echémosle para adelante!” -le digo- pero no pasa nada; he intentado que acuda a un sicólogo, a un siquiatra para saber qué le pasa, qué le molesta, pero me contesta que no tiene tiempo. Ahora que voy a llegar a la casa, ya sé que me va a recibir con un frío “¿cómo estái?” y nada más. Sexualmente no es muy activa tampoco. Ya no me martirizo ni tomo caldo de cabeza, lo dejo pasar, porque no le veo la solución. Ya estoy acostumbrado a sus cambios de humor y a que me tire lo que encuentre a mano por la cabeza cuando se enoja.
-¿Y no será porque le ha sido infiel?
-No soy una blanca paloma, pero como le contaba dejé de beber para darle en el gusto. Cuando me tomaba mis tragos, llegaba al otro día a la casa, cuando ya se me había pasado para evitar peleas. De joven bebía para las fiestas y cuando compartía con los amigos. Ella me conoció así, sabía que yo tomaba y fumaba. Ahora no sé si le molesta que me vista joven, que me arregle, que me vea mejor -ella es de campo-, pero a mí me gusta preocuparme de mi persona.

Incremento en VIF
Un reciente estudio -en junio de este año- de la ONG Activa y de la Asociación Chilena de Municipalidades da cuenta que más de 20 mil hombres fueron agredidos por sus parejas en Chile durante 2012. Las cifras revelan que el maltrato hacia los hombres se incrementó en un 14,8 por ciento entre los años 2010 y 2012, lo que significa que las denuncias efectuadas en Carabineros pasaron de 17 mil 527 a 20 mil 017 por agresiones físicas y sicológicas. En el primer caso -agresiones físicas- aumentaron en un 19,4 por ciento, es decir de 8 mil 180 a 9 mil 775; en el segundo aspecto -sicológico- los dígitos crecieron de 9 mil 374 a 10 mil 242 (9,5 %).
De acuerdo con el mismo estudio de ambas entidades, las regiones que experimentaron una mayor frecuencia de denuncias de hombres agredidos entre los años mencionados fueron las regiones Metropolitana (30,18 %), de Los Lagos (23,96 %), de Atacama (23,52 %), de Coquimbo (18,65 %) y del Biobío con un 14,40 %.
Las cifras parecen altas -15 % de las denuncias durante el periodo 2010-2012-, pero siguen siendo reducidas si se compara con las agresiones que sufren las mujeres, lo que no significa, por cierto, que dejen de ser preocupantes. Del total de denuncias por violencia intrafamiliar en el período 2010-2012, un 85 % fue hecha por mujeres. Más concretamente, de 134 mil 970 constancias ante Carabineros en el periodo, 114 mil 953 fueron realizadas por mujeres.

En cuanto al tipo de maltrato, el uso de arma blanca figura en un 1,95 % de los casos denunciados por el hombre; con objeto contundente en un 4,40 %, con golpes de mano y pies en un 22,23 % y maltrato sicológico, un 38,28 %, según datos nacionales de la Dirección de Protección de la Familia de Carabineros (Diprofam).
Al respecto, Gloria Requena, directora ejecutiva de la organización no gubernamental, dijo que el fenómeno es resultado de una política pública insuficiente la que, en una primera etapa, se ha centrado en las mujeres. Explicó que en la administración de Ricardo Lagos Escobar se promulgó la primera Ley de violencia intrafamiliar, luego, en el gobierno de Michelle Bachelet Jeria se avanzó con la Ley de femicidio –que endureció las penas e hizo extensiva las mismas para quienes actúan también en calidad de ex marido o ex pareja o amante- pero “nos queda una patita en el camino y es qué hacemos con los hombres agredidos. Es la deuda pendiente del gobierno del presidente Piñera cuando anunció que se iba a reformar la Ley de violencia intrafamiliar, pues vemos que tanto en mujeres como en hombres y niños aumentó la VIF”.
Y agrega, “sentimos que la política pública se equivocó. Si bien para la mujer hay una casa de acogida y un nivel de atención jurídica, para el hombre no hay absoluta nada. Aunque mujeres y hombres denuncien, si se analizan las respuestas del sistema en términos jurídicos, sólo un 8 por ciento de la población obtiene lo que está buscando: una sentencia condenatoria para el agresor o la agresora”.
En su análisis y apuntando a la reforma que requiere la Ley de violencia intrafamiliar, Gloria Requena expuso que hoy los tribunales de Familia optan por salidas alternativas o suspensión condicional; por un acto más de buena fe en cuanto a “no lo vuelva a hacer y se suspende el procedimiento”, lo que no significa que no haya existido violencia como tampoco una debida condena después de un año o dos. Lo más recurrente es que el tribunal termine por declararse incompetente porque muchos de los casos constituyen maltrato habitual, según declaró en CNN Noticias, a mediados de junio de este año.
A la luz de las declaraciones de Gloria Requena, quienes hoy- como Francisco, Alonso y Víctor Manuel- deben cargar con la cruz de ser víctimas silenciosas de violencia intrafamiliar y no saber a quién acudir, da cuenta el periodista del Sernam, Iván Tobar, quien señala que, en Concepción, el Servicio Nacional de la Mujer cuenta con un Centro Regional de Hombres por una Vida sin Violencia, que forma parte de la red de centros del programa de prevención y atención de mujeres víctimas de violencia Chile Acoge. Sin embargo, este centro está dirigido a hombres que han ejercido violencia en contra de sus parejas o ex parejas, y apunta a la reeducación de ellos para superar ese trastorno y a que logren una reinserción integral en todos los ámbitos.
Cuando, “eventualmente, nos encontramos con casos de este tipo, la víctima es derivada por nuestros profesionales alCentro de Apoyo a Víctimas de Delitos Violentos del Ministerio del Interior y Seguridad Pública”, precisa.
De la efectividad de que hoy, en Chile, ningún hombre que es objeto de violencia intrafamiliar por parte de su pareja es directamente tratado por algún centro especializado, lo confirma también el abogado Javier Ramos, coordinador del Centro de Apoyo a Víctimas de Delitos Violentos del Ministerio del Interior y Seguridad Pública para Concepción, Los Ángeles y Chillán, con oficinas en Castellón 80, en la ciudad penquista.
“No hay un centro especializado; en caso de lesiones graves y graves gravísimas los derivamos a los centros de salud familiar, pertenecientes a la red de salud pública, como a cualquier otra víctima que es asaltada en un paradero, por ejemplo, para su atención sicológica, social y orientación legal”, precisa.

Sufre en silencio
Francisco (38) es chillanejo; ya cumplió 17 años de matrimonio y desde que decidió casarse, cuando nació su segundo hijo, su vida ha sido un calvario: “Conocí a Magdalena cuando tenía 16 años, ella era de un curso mayor en el liceo; yo estaba en segundo y ella en cuarto. Me deslumbró su belleza y que se fijara en mí era un sueño. Comenzamos a pololear y ella quedó embarazada, dejó el liceo para tener a nuestro hijo. Más tarde, yo también tuve que dejar de estudiar para poder trabajar y darle lo que necesitaba. Al final, ninguno terminó los estudios. Cuando llegó nuestro segundo hijo, decidimos casarnos. Después de eso todo cambió”.
Y agrega: “Ella se transformó y comenzó a agredirme sicológicamente, nada era suficiente y siempre decía que yo no era lo que ella se merecía. Con el tiempo, las palabras se transformaron en golpes, huellas que he tenido que disimular frente a todos para que no se burlen de mí. Es difícil, a veces, tener que callar por vergüenza, pero qué le puedo hacer, no tengo un buen trabajo y al final ella gana más que yo. Ahora está estudiando, así es que tengo
go que hacerme cargo de las cosas de la casa para que -cuando ella llegue- no se enoje y comience con los gritos”.
Sus dos niños -refiere- ya están grandes y algunas veces se dan cuenta de lo que pasa en casa. Le preguntan que por qué su mamá es tan mal genio con él si siempre la consiente en todo y Francisco se limita a contestarles que es porque está muy cansada y estresada con su trabajo. “La casa -agrega- es de ella; yo no tengo nada y frente a la ley siempre tendrá más beneficios que yo. ¿Quién me creería que soy yo el que sufre violencia por parte de su mujer si lo normal es que sean los hombres los agresores y no los agredidos?”

 Agresión sexual
Distintas investigaciones identifican el maltrato o abuso en el hombre como un patrón de comportamiento en los que una persona domina, denigra o humilla a su pareja y se produce cuando ella utiliza tácticas emocionales, físicas, sexuales o intimidantes contra él. La mujer las aplica para controlar al hombre -“cuando quiero ir a visitar a una amiga o a mi familia, a mis 38 años tengo que mentir”, acota Víctor Manuel- salirse con la suya e impedirle que rompa la relación. El hombre maltratado adapta su comportamiento para hacer lo que quiere su pareja, esperando que así paren los abusos. El principal motivo del abuso es el deseo de establecer y mantener el poder y control sobre la pareja.
En el plano íntimo, los investigadores también identifican maltrato y precisan que las tácticas de abuso sexual fuerzan o presionan al hombre a tener un tipo de relación sexual que no desea; ridiculizan o critican su desempeño, lo privan de afecto o de relaciones sexuales para castigarlo por haber infringido “las reglas de la abusadora”.
Así se siente al menos Alonso, el más joven de nuestros entrevistados, quien mantiene una relación casi enfermiza desde hace cuatro meses con Cote. “Me siento utilizado, pues ella sólo me busca para intimar y nada más”, se queja. No es la primera vez que le sucede, pero “esto me hace sentir inseguro frente a otras mujeres”.
Alonso tiene 21 años, es soltero y estudia Administración de Empresas. Es hijo de madre soltera y aunque sabe quién es su padre y dónde vive, un oficial (r) de la Armada, “si él nunca me ha buscado, menos lo haré yo”.

“Su autoconcepto de hombre y de autoestima como tal se ven dañados cuando es agredido sicológicamente en su autoconcepto, porque se deteriora la imagen que tienen de sí mismos, efecto que se potencia por las expectativas sociales, lo que se espera de ellos”, precisa Hania SandovalCartes, sicóloga de la Universidad de Concepción.

Nuestro entrevistado trabaja en el empaque de un supermercado; de allí obtiene los 7 mil pesos semanales para pagar una pieza en el motel. -Yo quiero formalizar mi relación con ella, pero no quiere; cada vez que estamos juntos y le planteo el tema, se pone pesá; llama altiro por celular a otro compadre y se va a hacer lo mismo que conmigo, pero con él. ¡Me lo dice! Otras veces le digo que no voy a pagar más el motel y su reacción es la misma: ‘¡sabís –me dice- mejor me voy!’ Y se va a juntar con otro. Yo no soy de andar peleando, pero lo que hace me pone celoso y cuando se lo digo, me contesta: ‘¡No te enganchís conmigo; tú sabís para qué estamos juntos!”.
Antes de que la Cote llegara a su vida, cuenta, tuvo una relación de dos años y medio con otra persona; al final “me engañó con un amigo; son pareja ahora y me llama, a veces, para una fiesta o comida en su casa, porque su familia me tomó harto cariño. Por lo menos era más centrada y no me pedía que no me enamorara de ella. Con la Cote podemos estar toda una noche juntos, conversamos incluso, pero –como digo- apenas le menciono que quiero estar para siempre con ella, llama a otro y me deja ahí… Ella quiere una relación sin sentimientos y yo no hallo qué hacer”.
Un trabajo de investigación realizado por Andrés Gatica Duhart y Carol Fontena, ambos egresados de la carrera Trabajo Social de la Universidad Mayor, de Temuco, distingue cinco factores preponderantes del por qué los del “sexo fuerte” no denuncian o siguen manteniendo relaciones tensas, como Alonso. En primer término, por la ideología patriarcal o neomachismo que le impone estereotipos rígidos al hombre, ya que se espera que él sea el fuerte en la relación de pareja. En segundo lugar, por ignorancia legal, debido a que el individuo desconoce la Ley 19.325, que tipifica la violencia doméstica hacia el varón. Tercero, por las Instituciones prejuiciadas respecto de la atención del varón, medios de comunicación (en menor grado) y factores personales de la víctima. En cuarto lugar, el mismo estudio revela que las mujeres maltratan a sus parejas porque son alcohólicos o llegan en estado de ebriedad a la casa; tienen mejor ingreso económico que ellos y/o su contextura física es mayor y, finalmente, porque -tanto en Carabineros como en tribunales- no son tomados en serio al momento de denunciar maltrato intrafamiliar.
“Su autoconcepto de hombre y de autoestima como tal se ven dañados cuando es agredido sicológicamente en su autoconcepto, porque se deteriora la imagen que tienen de sí mismos, efecto que se potencia por las expectativas sociales, lo que se espera de ellos”, precisa Hania Sandoval Cartes, sicóloga de la Universidad de Concepción, puesto que, en una sociedad como la nuestra, se supone que los hombres deben proteger a las mujeres, no ser o no dejarse mandonear y ser capaces de “controlar” a sus mujeres. Incluso cuando una mujer los está golpeando, de ellos se espera que no devuelvan los golpes recibidos.
No obstante, todas estas erróneas creencias, mitos y actitudes que mantiene la sociedad sobre los hombres no hacen sino que los distintos tipos de abusos -emocional, físico, sexual y de intimidación (amenazas de destruir la propiedad en que viven, por ejemplo, acoso u hostigamiento)- permanezcan ocultos y que sea improbable que cesen sin una intervención especializada.

Escalada progresiva
El sociólogo de la UCSC, Juan Morales Valenzuela, precisa, a su vez, que resultados de investigaciones especializadas señalan que las consecuencias de la violencia en el hombre pueden ser sociales (fobia hacia a las personas, una cierta incapacidad de establecer relaciones sociales, inseguridad, alteraciones de la conducta, retraimiento social o soledad); familiares (distanciamiento, falta de confianza, depresión) y personales (timidez, inseguridad en sí mismo y en los demás, descenso en la autoestima, ansiedad, depresión y distimia o mal humor), y que los padres que usan la violencia para resolver sus conflictos, pierden autoridad ante los hijos, el respeto y la confianza de ellos.

-¿Cuáles estima usted que son las causas que están influyendo en este fenómeno?
Un factor que contribuye a ello es una cierta incapacidad de diálogo constructivo orientado a la resolución de problemas; no estamos acostumbrados a ello; cada persona se cierra en una posición personal, mirando los hechos prioritariamente desde allí. También existen situaciones en que se percibe que -conductas violentas- son una forma de superar aquellas en que el diálogo parece no ser efectivo; tampoco está el hábito de buscar soluciones a través de una mediación especializada. Como dialogando no se llega a soluciones, se toma el camino de alguna de las formas de violencia.
– Como sociedad ¿qué nos está pasando hoy? ¿Por qué se han ido estrechando las posibilidades de resolver situaciones -tan simples, a veces- por la vía del diálogo y se recurre a las descalificaciones, insultos y golpes?
-Además de los elementos bosquejados, también los medios de comunicación muestran con frecuencia la violencia o el uso de la fuerza como un recurso útil para solucionar diferencias, produciéndose una escalada progresiva: cuando las razones dialogadas se muestran como insuficientes, se levanta la voz, llegan los gritos; si esto no resulta, se llega a las variadas formas de violencia.

Por Sonnia Mendoza y Carolina Olguín | Ilustración Cristian Toro

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