Mujeres en mundos de hombres

Escrito por Revista Nos en enero de 2017

Margarita, Nelsi, Rocío y Mónica no se conocen entre sí. Trabajan en ambientes muy distintos y, probablemente, sus historias de vida también lo son. Sin embargo, tienen algo en común: todas se desenvuelven en ambientes eminentemente masculinos. Algunas han debido enfrentar más prejuicios que otras, pero todas han logrado demostrar que ser mujer no es impedimento para destacar en sus respectivas labores.

 

Por Cyntia Font de la Vall P.

 

En la actualidad todavía existen ambientes laborales dominados mayoritariamente por hombres. Sin embargo, hay algunas mujeres que se atreven a adentrarse en esos espacios, a sabiendas de que su incorporación generará desconfianzas y resquemores, y que su esfuerzo deberá ser doble para probar a diario -ante sus compañeros y jefes- “que se la pueden”.

Es justamente a ellas, a las valientes que se atreven a desafiar los convencionalismos sociales y el qué dirán, a quienes quisimos destacar en este reportaje, a través de cuatro testimonios. Nos contaron cómo fueron sus inicios, cuánto les costó demostrar sus conocimientos y habilidades, y cómo hoy, a punta de empeño, profesionalismo, una buena cuota de simpatía, y sin abandonar su femineidad, han logrado abrirse paso en sus distintos ámbitos.

Algunas, incluso, aunque no quieran dejar testimonio de ello, con una gracia sin igual han debido saber “hacerle el quite” a las insinuaciones de sus compañeros, y darse a respetar en lo personal y en lo laboral, donde no piden ni aceptan tratos especiales.

Todas dan muestras de una gran personalidad, un férreo carácter y de un profesionalismo a toda prueba que, necesariamente, implica mayores horas de estudio y de trabajo, pero que ha logrado acabar con los prejuicios y subvaloraciones que algunas sufrieron inicialmente, y que les han ganado un lugar protagónico en mundos de hombres.

 

Margarita Núñez La “ultra femenina” reparadora de bins

Si visita la empresa Blumar, en Talcahuano, cerca de la entrada, en el sector de galpón, de seguro llamará su atención una operaria que, con buzo a la medida, casco rosado y una traspaleta del mismo color, trabaja moviendo y reparando bins, que son esos grandes contenedores de plástico que se usan para transportar carga.mujer blumar-1Margarita Núñez

Se trata de Margarita Núñez, quien, motivada por circunstancias personales, se vio obligada hace 10 años a volver a trabajar para sacar adelante a su familia, constituida en ese entonces por sus hijas de 14 y 7 años. Fue así que “por cosas del destino”, como ella dice, surgió la posibilidad de aprender soldadura termoplástica, técnica que se utiliza para reparar los bins.

Señala que resultó un trabajo perfecto para ella, a quien siempre le gustó “maestrear”. “En mi casa soy la que martilla, pinta y hace todas las labores que, en otras casas, hacen los varones. Por eso, para mí no fue extraño comenzar pintando barcos en San Vicente para luego pasar a aprender esta ‘pega’ que parecía ser sólo para hombres”.

Tras dos años en otra empresa, y de intentar trabajar independiente, llegó a Blumar, donde ya lleva siete. Dice que está agradecida de que se presentara la posibilidad de aprender este oficio y de la empresa que confió en sus capacidades, “porque todo lo que tengo hoy es gracias a ella. Pude sacar adelante a mis hijos, que hoy son tres, y mis hijas mayores pudieron estudiar, hoy las dos son profesionales. Incluso, estoy planeando comprar una casa, estoy feliz”, cuenta emocionada.

Si bien comenzó trabajando con un buzo azul, como el resto de los operarios, pidió que se le cambiara por uno de color más claro, y consciente de que “parecía un saco, lo mandé a ajustar a mi talla. Es que soy pretenciosa y ultra femenina. Quizás hago un trabajo de hombres, pero no por eso voy a perder mi femineidad”.

Del mismo modo, destaca en la planta por su casco rosado traído desde Argentina, el que combina con su carro traspaleta, que también pintó de rosa para que no lo sacaran sus compañeros. “Nunca estaba, se lo llevaban, pero desde que lo pinté, ya nadie se lo lleva”, comenta entre risas.

Reconoce que aquí se siente muy cómoda, incluso trabajando rodeada de hombres, aunque aclara que desenvolverse entre ellos requiere de una personalidad especial, “de carácter y de marcar los límites desde el principio, porque si tú dejas pasar un comentario inadecuado una vez, se van a repetir mil veces. No implica ser mal genio, sino que darse a respetar como mujer. En todo caso, aquí son todos muy caballeros”, enfatiza.

Confiesa que, al principio, le costaba mover y voltear los bins, por su gran tamaño y peso, y que debía pedir ayuda, “algo que me ‘carga’, porque no soy de las que esperan a que les solucionen todo, resuelvo yo sola, pero con la práctica he descubierto la técnica perfecta y ahora lo hago sin problemas”. Con su habitual tono divertido recuerda que “una vez estaba dando vuelta uno y no le tomé bien el peso, lo jalé hacia mí y me pegó tan fuerte que me botó al piso, sentada, y cayó encima mío. Me paré rápidamente, muerta de vergüenza, y rogaba que nadie me hubiera visto, pero días después, por las bromas que me hacían, supe que había habido testigos”, cuenta riendo.

 

Rocío Yáñez La estratega de Lota Schwager

La cancha de fútbol es un terreno eminentemente masculino, pero en ese reducto hay una mujer que ha logrado brillar con luces propias. Se trata de Rocío Yáñez, la primer director técnico del fútbol profesional en Chile, y desde marzo del año pasado ayudante del “profe” Víctor González en el Club Deportivo Lota Schwager.

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Rocío Yáñez.

Pero su trayectoria en el mundo del balón pie había comenzado mucho antes, con su llegada a Cadetes de la UC a los 10 años para, a los 15, ser seleccionada nacional adulta femenina, lo que le permitió participar en el Sudamericano de Perú. Allí fue vista por entrenadores estadounidenses que la reclutaron para jugar en una de las mejores ligas femeninas de fútbol, siendo la primera chilena en jugar profesionalmente en ese país.

En ese lugar, gracias a una beca otorgada por Missouri Baptist University estudió Periodismo Deportivo y, a los 21 años regresó a Chile, donde decidió estudiar las carreras de Periodismo y Director Técnico de Fútbol en paralelo, graduándose de ambas con honores.

Su paso por el Instituto Nacional del Fútbol, donde fue la primera mujer en cursar esta carrera, le valió una beca para ir un año a España a especializarse en el Barcelona FC, instancia en la que, incluso, recibió clases del reconocido entrenador Josep Guardiola.

En 2010, de vuelta en Chile, ingresó como ayudante técnico al Club Deportivo Trasandino, de Los Andes, donde “nos fue bien, logramos el segundo lugar en el campeonato de ese año”.

Sus éxitos como estratega le significaron en 2011 llegar a San Antonio Unido como entrenadora. “Logramos clasificar a los play off y quedamos cuartos, lo que implicó que pudiéramos subir a Segunda División, algo bastante sorprendente en ese minuto porque era un equipo pequeño, que estaba recién comenzando”, dice.

Y así siguió cosechando éxitos y acumulando experiencia profesional pero, tras algunos problemas con quien fuera en ese entonces presidente de la ANFP, Sergio Jadue, retomó su faceta como periodista en TVN, donde había hecho su práctica profesional.

Durante un par de años, paralelo a cursar un Magíster de Ciencias Aplicadas al Deporte, en la Universidad de Barcelona, en modalidad semipresencial, se mantuvo como estratega de equipos universitarios y clubes deportivos de distintas comunas de la Región Metropolitana, pasando en 2015 a liderar la dirección técnica de los Cadetes Sub 15 de Santiago Morning.

El año pasado llegó a Lota Schwager como ayudante técnico junto a Víctor González. Cuenta que en este Club se ha sentido muy querida, por los dirigentes, los dueños, los jugadores y hasta por la barra, también liderada por una mujer. “Nunca me he sentido discriminada, fui bien recibida, muchos conocían mi trayectoria. Creo que los jugadores buscan una persona que los ayude a alcanzar sus metas, a desarrollar todas sus capacidades para proyectarse individualmente y como equipo, y que les da lo mismo si esa persona es hombre o mujer”.

Reconoce que lejos de tener problemas, ser mujer le ha valido “encontrar siempre baños desocupados en los estadios, cosa que no pasa en otros lugares, lo que es genial”, cuenta entre risas, y que quizás el único “pero” está en la vestimenta que debe usar. “La ropa de los equipos no está hecha para tallas de mujeres, entonces siempre me queda gigante, así es que uso la que mejor me quede, pero siempre me veo ‘cuadradísima’”, reconoce divertida.

Rocío, reconocida por ser “matea”, por su amplio conocimiento técnico, por sacar lo mejor de cada jugador y por su preocupación por los detalles de cada jugada, cuenta que siempre se ha sentido apoyada por su padre y por sus amigos, aunque reconoce que mantener una pareja es complicado. “Hay algunos que son celosos, y otros a los que les cuesta entender que esta profesión hoy es mi prioridad. Me imagino que les molesta que uno esté todo el día pensando y hablando de su equipo, que reciba a cada rato mensajes con los resultados de torneos en todo el mundo, o que en los días libres quiera ir al estadio. Es difícil, pero este trabajo es así o, al menos, yo lo vivo así”.

 

Nelsi Sánchez La “princesita” de la Chiguayante Sur

Quienes hayan subido a la máquina 64 de la línea Chiguayante Sur, de seguro se han sorprendido al ver tras el volante a una sonriente joven que trata con el mismo respeto y simpatía a todos los pasajeros. Da igual si se trata de una señora mayor, de un estudiante o de vendedores ambulantes, todos son recibidos con una sonrisa que, a la bajada, es recompensada con una cortés despedida y miles de parabienes y bendiciones.

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Nelsi Sánchez.

Se trata de Nelsi Sánchez, hija de conductor de microbuses, hoy empresario taxibusero, a quien desde pequeña acompañaba en sus recorridos. “Iba todo el camino mirándolo fascinada, encontraba que no había nada más fantástico que trabajar en esto”, cuenta.

Esta fascinación la llevó a aprender a conducir a los ocho años y, a los diez, a que su papá le permitiera “manejar la micro” las dos últimas cuadras antes de llegar a su casa. “A mi mamá le daba ataque porque lo encontraba peligroso… además, nunca le gustó este ambiente, pero a mí me encantaba”.

Al salir del colegio, donde, reconoce, siempre fue estereotipada como la “oveja negra” por su mala conducta, decidió irse a aventurar a Puerto Natales, donde no conocía a nadie. Allí se desempeñó como garzona para costear sus gastos, pero también conoció el trabajo de quienes se desenvolvían en el área turística, labor que le pareció calzaba muy bien con su “espíritu libre y aventurero”.

Fue así que, al volver a Concepción, decidió entrar a estudiar Turismo Aventura en Inacap y, tras titularse, trabajó en su área de estudio un par de años en Chillán. A su vuelta a la capital regional, y como orgullosa poseedora de la licencia profesional hacía un par de años, comenzó a pedirle a su papá que la incorporara como conductora de microbuses. “Me costó seis meses que me dijera que sí, fueron meses en que todos los días le insistía en que me pasara la máquina. Al final, me dejó tratar, y aquí estoy”, comenta soltando una vez más su contagiosa risa.

De eso hace ya casi un año. Hoy trabaja día a día como conductora de la línea Chiguayante Sur, tarea que dice no sentir como un trabajo. “Escucho a otros conductores quejarse de lo estresante que es esto, pero para mí no lo es. Tengo que cumplir con los recorridos designados, en un horario establecido, y obviamente, con una cuota de pasajes para lograr ganancias, pero no me estreso. Yo los subo a todos, incluso a los estudiantes, muchos de los cuales me esperan porque saben que no les hago ‘atados’, incluso subo a todos los vendedores ambulantes, porque entiendo que también ellos están trabajando para llevar dinero a su casa”.

La acompaño en uno de sus recorridos, en el que constato que no sólo es una conductora a la defensiva, que no se arriesga en temerarias maniobras (algo que, como pasajero, se agradece), sino también de que su ‘buena onda’ es contagiosa. A nuestro paso la saludan conductores de distintas líneas, le tocan la bocina, le hacen cambio de luces, y también recibe el amistoso saludo de vendedores ubicados en distintos puntos de su trayecto. Hasta soy testigo de cómo un “sapo” la llama cariñosamente “Princesita”, muestra de que se ha ganado el cariño y respeto de quienes la encuentran a diario. Sin embargo, reconoce, aún hay quienes hacen parar la máquina y, al darse cuenta de que es una mujer quien conduce, rehúsan subirse. “Eso es claramente un error porque las mujeres manejamos mejor, somos más cuidadosas, no nos arriesgamos gratuitamente”, dice Nelsi, argumento ratificado por una pasajera a punto de bajarse: “Es cierto, yo manejo hace diez años y nunca me han sacado un parte o he chocado; a mi marido, en cambio, todos los años le pasa algo”, cuenta. Sólo en ese momento nos damos cuenta de que los pasajeros viajan atentos a la entrevista, lo que nuevamente le da a Nelsi una razón para reír.

Le pregunto si, al igual que Arjona y sus Historias de taxi, ella tiene “Historias de micro” para contar, pero es enfática al señalar que, desde el primer día, ella aclaró que venía a trabajar, “es para lo único que me pongo seria”, puntualiza.

 

Mónica Torres La única mujer en faena

Valiente, esforzada y con un optimismo a toda prueba es Mónica Torres, quien si bien hoy ha alcanzado el éxito en el ámbito laboral, sigue apostando por lanzarse a nuevos desafíos.

Su historia como maestra electricista comienza en 2010, cuando ya separada, con un “hijo grande” (21) y tras superar un diagnóstico de cáncer que cambió su perspectiva de vida, ingresó a Infocap a estudiar Instalaciones Eléctricas. “Conocía las dificultades que iba a enfrentar para conseguir trabajo, pero sabía que esto era lo mío”, comenta.

Le puso “tantas ganas” que se quedó por dos años como monitora en Infocap, para luego pasar a ser coordinadora. Además, la suerte le sonrió y, a los dos meses de egresar, consiguió trabajo. “Cuando fui a la entrevista, el señor me dijo: ‘No tengo mujeres en faena… ¿Usted sabe el contexto en que se mueve esto, los comentarios y tallas que echan los hombres?’, y yo le respondí: ‘Lo conozco muy bien. Me crié entre hombres, he trabajado y estudiado con ellos e, incluso, les hago clases, así que sé a qué me enfrento’”. Y así, sin más, quedó contratada como ayudante de maestro electricista.

“Tenía que recoger los restos, andaba con el balde cargado de alambres, me tocaba echarme la escalera al hombro, pero no me importaba”. Sin embargo, reconoce que al principio fue difícil lidiar con sus compañeros y jefes, que debió soportar gritos y regaños, y algunos menosprecios sólo por ser mujer. “Varias veces me sentí humillada, pero me mordí la rabia no más. Nunca lloré en la obra, aunque a veces lo hacía al llegar a mi casa, pero al día siguiente iba a trabajar con las mismas ganas, y nunca pedí ni acepté tratos especiales, porque quería mostrar que podía hacer lo mismo que ellos. Tenía que probar a diario que sabía hacer las cosas, pero cuando me los gané, todo cambió”.

A poco andar, también sus jefes notaron que estaba bien preparada, por lo que decidieron llevarla a la siguiente obra con cargo administrativo. “Pasé de casco azul a casco blanco, aprendí de materiales y herramientas. Luego, la empresa me llevó como secretaria técnica de la oficina, y ahí aprendí sobre presentación de proyectos y presupuestos”.

Era tal su entusiasmo por seguir aprendiendo que trabajaba “de domingo a domingo”, pero extrañaba trabajar en terreno, por lo que pidió volver a faena. “Me fui a una obra mucho más grande, esta vez como segunda a cargo”.

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Mónica Torres.

En eso estaba cuando supo que podía certificarse en su oficio en Infocap. “Comprendí que era la única posibilidad de seguir creciendo, así es que me fui de la empresa, agradeciendo todo lo que me habían enseñado, y volví a estudiar, trabajando medio tiempo como vendedora para generar ingresos”.

Casi sin darse cuenta, comenzaron a aparecer trabajos, y Mónica los aceptaba todos, desde cambiar un enchufe, hasta hacer la ampliación de un negocio. “Si no sabía algo, llamaba a un par de maestros e íbamos a hacer el trabajo. Me di cuenta de que podía trabajar independiente, que era capaz. Además, por ser mujer mis trabajos eran más prolijos, me preocupaba de las terminaciones, que todo quedara limpio, y eso hizo que aparecieran más oportunidades, porque los clientes me recomendaban”.

Comenzó a aceptar obras mayores, constatando que “asesorada por quienes sabían más, podía realizar cualquier trabajo, que me la podía”. Paralelo a esto, y ya como contratista, durante 2016 estudió Contabilidad y Finanzas, programa en el que ya se encuentra haciendo su práctica profesional.

Hoy está de lleno finalizando todos sus trabajos, pues tiene planes de irse al norte en marzo, para desarrollar un nuevo proyecto. Cuenta que si le va bien, se quedará allá, en Calama, donde encontró un nicho en el que pretende seguir creciendo. “Me di cuenta de que sólo hay que atreverse, confiar en uno mismo y en sus conocimientos, y ponerle ganas”.

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