Así salí del clóset

Escrito por Revista Nos en abril de 2017

Cruzar la puerta de ese armario imaginario de la sexualidad no es fácil. No por la persona, sino por los otros, sobre todo por los que se ama. El miedo a quebrar el mundo y los sueños retienen el deseo de asumir la homosexualidad, pero es necesario para el bienestar propio, para dar una señal de que no importan las formas de relacionarse y que lo que vale es la verdad. Así lo entendieron los protagonistas de estas historias, quienes dejando de lado prejuicios, depresiones y momentos difíciles, hoy están en paz con su esencia.

 

Por Loreto Vial.

 

Es cerca de la dos de la tarde. Abril, parque Ecuador. Hay tantos estudiantes como parejas que se abrazan, se miran y murmuran cosas del amor. En una banca hay dos hombres, no tan jóvenes, robustos, morenos y cariñosos que se buscan para un beso. Mi compañero baja la vista, se encoge de hombros, se tensa, mira en otra dirección y dice: “Lo siento, no puedo reaccionar de otra manera, es mi naturaleza”.

Pienso en la valentía de Daniel, Lizardo, Teresa, Matías y Pablo, quienes decidieron reconocerse como homosexuales, “salir del clóset”, en etapas diferentes. A pesar de que todos coinciden en que exponerse hoy es mucho más fácil, más aceptado, hay una etapa previa que se torna angustiante por las expectativas sobre la familia, el entorno y la visión que ellos mismos tienen del futuro.

En el Movimiento de Integración y Liberación Homosexual (Movilh) estiman que en Chile entre el 7 y el 10 % de la población es gay, lesbiana o bisexual. No hay un número preciso, pues no se han hecho estudios centrados en el tema. Sí existen algunas estadísticas censales que, por ejemplo, apuntan a la convivencia entre dos personas del mismo sexo, pero se refieren a la realidad de 2012, así como también desde 2015 se han considerado cifras de personas del mismo sexo acogidas a la ley 20.830, sobre el Acuerdo de Unión Civil, AUC.

En Concepción, el dramaturgo Lizardo Gutiérrez y el bioquímico y docente Daniel Andrés Durán fueron una de las primeras parejas en contraer el AUC. Se sienten pioneros y orgullosos por haber dado este paso, y reconocen que hacer su relación pública y hasta mediática, incluso ayudó a sus familias a mirar con otros ojos su identidad y relación.

Lizardo dice que sincerar su sexualidad fue un proceso largo y complicado. Más en una época en que la homosexualidad era un tabú. Fue su madre la que descubrió por casualidad los sentimientos que tenía hacia otro hombre y tuvo que confesárselo. Jamás se lo contó a su padre y lo retuvo para los demás. Tenía algo más de veinte años. “Siempre supe que era homosexual, pero en esto de no aceptar quién era, fui ‘pololazo’ con mujeres. Mi madre un día, haciendo el aseo, descubrió bajo mi cama una bolsita de papel kraft con muchas cartas adentro. Me preguntó qué son Carlos y tú… y qué significa esto… Le tuve que explicar la verdad”, resume Lizardo.

Dice que ella se echó la culpa, se la echó a su papá. Se preguntaba por qué su hijo “le había salido así”. “Hasta me expulsó de la casa en ese momento, pero pasaron tres minutos, entró a mi habitación y me ofreció disculpas por lo que había hecho, pues me amaba infinitamente e iba a tratar de entender y procesar todo eso, porque no entendía nada”, recuerda.

Lizardo agrega que nunca pensó que tenía que hablar con ellos sobre su sexualidad. Pensaba que se le iba a pasar. “En ese tiempo yo era bien católico, rezaba para amanecer al otro día heterosexual… y eso nunca sucedió. El problema es que me sentía tan solo. A un amigo de la universidad le conté que era homosexual y se puso a llorar porque había reconocido algo que era tan terrible… Eran tiempos en que si en la televisión hacían un reportaje sobre la homosexualidad era sinónimo de gente que se prostituía o travestía”.

Se reconoció homosexual a los 19, cuando estaba estudiando Arquitectura. “Me fui con polola a un festival de teatro y volví con pareja hombre”.

“Pensé que mi papá había fallecido no sabiendo que yo era homosexual, y no fue así. Años después de su muerte le dije a mi mamá, ‘qué pena que mi papá siendo tan abierto de mente haya muerto sin saber’…  y me helé cuando me reveló que él sí lo sabía, pero que como nunca se generó la instancia para conversarlo, se quedó callado”, relató.

De su madre siente que reaccionó como muchas madres de su época. En su familia, aunque sabían que él era homosexual, el asunto no era tema. Si él tenía una pareja, se hablaba del amigo. “Era complicado, todo un tabú, pero ahora todo cambió, y hoy es muy entretenido presentar a mi esposo con el pecho inflado”.

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Lizardo, junto a Daniel y su madre, Cecilia Sandoval.

Para Daniel, su marido, su descubrir sexual también sucedió temprano. Cuando era niño. Dice que con la distancia de los años entendió más los códigos. “En esa época no había un nombre para esto. Estoy hablando de principio de los ‘80. Entonces, prácticamente tú eras un enfermo si no eras ‘hétero’. Yo tenía una espada de Damocles sobre mí, debía lidiar con que me gustaban otros niños… Al final de la niñez fui muy pololo, porque tenía harto arrastre. Llegó un minuto en que llegué a la universidad, y se abrieron los mundos. Conocí gente con otros discursos y a otros homosexuales que también lo eran de forma oculta. Un día en el verano, cuando pasé a segundo año, me dije: a partir de hoy me declaro homosexual. Me senté en la cama y me dije cómo lo hago, porque no tengo idea de lo que es serlo”.

Explica que no tenía referentes, que no sabía cómo reaccionar. Las cosas se fueron dando, y una noche enfrentó a sus papás y les contó. Tenía 19 años. “Mi mamá me confidenció que lo tenía claro, pero que no sabía cómo asumirlo. Y mi papá me dijo que no me creía, me pidió que no lo contara, porque me podía perjudicar académica y laboralmente. Y seguí callando con los años. Mi mamá fue tratando de aprender. Y con mi papá lo volví a hablar hace un año y medio. Los padres no saben cómo enfrentar a alguien de afuera que les diga que su hijo es gay. Ése es el terror, porque en el ámbito familiar ellos los pueden manejar”, recalcó.

La mamá de Daniel, Cecilia Sandoval, vive en Chillán. Habla de su hijo y se emociona. “Es que cuando lo vi ahí me dije, qué hombre más valiente”. Cecilia se refiere al momento en que lo vio por la televisión en el Servicio de Registro Civil, en los trámites del AUC. “Uno pasa por distintas etapas. No sé si no lo quería reconocer, pero en un primer momento es chocante, porque no es lo que había imaginado. Cuesta asumirlo, pero en fin. Después de todo ese reflexionar te das cuenta que lo importante aquí es el amor”.

De hecho, Cecilia describió su proceso en unas cartas que emocionaron a todos durante la ceremonia de unión civil. Antes no conocía, no tenía las herramientas, pero hoy es una defensora de la causa, habla abiertamente de la relación de Daniel y dice que tras su unión ganó otro hijo.

 

Encontrar la persona indicada

Para Teresa Bozán no fue fácil explicar a sus padres, casi a los 30, que había encontrado a la mujer de su vida. La mayor de cinco hermanas, odontóloga, con varios novios e incluso una larga relación que pintaba para formalizar. “Pero no. No era lo que yo pensaba. No era lo que yo había esperado, siempre había una sensación extraña, como que faltaba algo. Y de pronto me encontré con esta tremenda persona en mi vida, que hoy es mi mujer”, comenta.

Dice que su familia es muy tradicional, trabajadora y que nunca se imaginó la reacción que tendrían. Siempre fue de apoyo, aunque en un principio con cierta incomprensión. “Mi mamá estaba incrédula porque siempre me vio con pololos, incluso viviendo con uno, y mi papá quería llevarme al doctor”.

Recuerda que esos momentos fueron duros, porque su mayor aprensión era causarle un dolor a su familia, pero estaba tan convencida, que se lanzó. “Para mí fue un poco distinto descubrirme ya de mujer grande. Pero creo que eso también habla de lo convencida que estoy. Con mi mujer es todo distinto, desde las cosas simples hasta el goce de estar en pareja. Estoy feliz. Nos casamos hace poquito y eso fue también una oportunidad para ver a nuestros cercanos entendiendo que en una relación lo que importa es el amor. Estaban todos muy contentos. Siento que cumplimos un sueño. Ahora viene seguir trabajando para formar nuestra propia familia”.

Teresa tiene una hermana que también sinceró ser lesbiana recientemente. “Para ella fue un poco más liviano. Ya no había una presión tan grande con mis padres. Había una experiencia y la aceptación en el entorno fue mucho más simple. Si bien hay personas a las que les cuesta un poco más entender, lo primordial es que nos queremos mucho y que hemos aprendido a mirar más allá de las cosas evidentes, que es lo más importante”.

 

Sin máscaras

Claudia Aburto es médico. Hace un año y medio que su hijo, Pablo, le reveló su homosexualidad. “Fue fuerte, un poco chocante, pero no por lo de la homosexualidad en sí, sino porque pensé lo que podría significar eso para él. Nunca lo vi como algo doloroso, sino más bien complejo por lo que pudiera pasarle. Pero al final de todo, lo que importa aquí es el amor que se tiene por el hijo, y las herramientas que uno puede darle para ser mejor persona… Porque eso es en definitiva, una persona. La gente no se presenta por ahí diciendo: ‘Hola, ésta es mi inclinación sexual’, sino que las personas se reconocen por sus valores, por sus pensamientos y sus fortalezas. Y yo estoy orgullosa de mi hijo”.

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Claudia Aburto y su hijo, Pablo.

Es que Pablo Ignacio Álvarez, de 23 años, estudiante de Ingeniería es un verdadero encanto. Es sábado y llega puntual, después de haber trabajado toda la noche en un local de juegos. Dice que supo que era homosexual desde bien niño. A los 12 años, ya estaba ciento por ciento seguro. Pero no se atrevió a evidenciarlo hasta que tuvo algo más de 21. Tenía un poco de pudor de adolescente, y en su colegio no había mucha apertura con la homosexualidad. “Pero no lo pasé mal. No era de los más populares, pero tenía un grupo de amigos que mantengo hasta ahora. El colegio frente a este tema era especial, nunca expresé nada ni le conté a mis amigos”, explica.

Recuerda que fue hace un año y medio que salió del clóset, porque ése era el momento. “Aunque suene cliché, por mucho tiempo llevé una máscara de alguien que no era, pues me importaba mucho lo que dijeran de mí. Trataba de agradarles”.

Estaba en un entorno donde la homosexualidad no es bien vista, entonces todo fue muy agotador. Con casi 22 años estaba cansado, entonces fue cuando tomó la decisión.

Pablo dice que cuando era chico tenía el sueño de reconocer su homosexualidad con un pololo. “Mis amigos tiraban tallas sobre el tema y yo, con un poco de angustia tenía que devolvérselas. Me pasaba que a veces quería sincerarme sobre alguien que me gustaba y tenía que cambiar los detalles… decir que estaba pendiente de una mujer en vez de un hombre”.

Lo primero que hizo fue hablar con sus dos mejores amigos. Uno de ellos, que también es homosexual, ya lo intuía, y su amiga definitivamente ya lo sabía. “Fue muy clara, porque me dijo que entendía que tuviera que pasar por este proceso. Me ofreció su apoyo ciento por ciento”, recordó.

Ya de a poco se comenzó a sentir más tranquilo, más descansado, podía respirar. Pero esa sensación de liberación se tornó mucho más potente cuando le contó a su mamá.

“Fui al psiquiatra por otro tema y aproveché de contarle de mi conflicto de asumir mi sexualidad. Ella me ayudó muchísimo. Mi mamá en un principio se puso a llorar, pero no porque yo fuera homosexual, sino porque no quería esto para mí, por lo difícil, porque la gente aún no lo acepta bien. Mi mamá ha sido muy ‘open mind’ conmigo y se lo agradezco tanto”, afirma Pablo.

Sus  padres son separados. Con su papá tiene una relación extraña y más bien distante. Hablan sólo de repente. “Él tiene otra familia y en realidad no le he contado, porque no he sentido la necesidad y no quiero hacerlo parte de eso. Esto es íntimo, es mío y le he contado de una forma más bien formal a quienes se merecen que lo haga así”.

Pablo precisa que su miedo principal era que cambiara la relación con su familia y sus amigos, que vieran su identidad sexual como algo antinatural, pero nada de eso pasó. Todo lo contrario, su relación con los que más quiere ha mejorado. Es todavía más intensa.

“No soy de los que va diciendo por la vida que es homosexual, pero me siento aliviado con no tener nada que ocultar. Si tuviera que dar un consejo a otras personas que están en una situación similar, les diría que se encuentren  y que lo digan, porque se van a sacar un tremendo peso de encima. Hay personas que se van a alejar y otros se acercarán, pero lo que sí va a cambiar es la relación con uno mismo. Antes, por ejemplo, yo tenía problemas para dormir, creo que hasta era un poco depresivo, pero ahora me siento en paz”, remarca Pablo.

 

Orgullo gay 

Es algo así como una marca registrada del entretenimiento. “Mati”, Matías Aguillón estudia Psicología y en la noche se encarga de encender los ánimos en un club penquista donde es embajador. Es estiloso, le gusta la moda, pasarlo bien y no tiene dramas al asumirse gay. “Es que es lo más normal a estas alturas. Yo soy de la idea  de que para qué me voy a hacer dramas si lo sé desde niño. Nunca me gustaron las mujeres, mi primera relación fue con un hombre y aunque estuve con niñas, ellas no me dieron absolutamente nada”.

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Matías Aguillón.

Matías tiene 23 años, y hace ya un tiempo habló con sus padres. Fue directo, aunque sabía que ambos por ser tan tradicionales, hijos de uniformados, iban a tener conflictos. Pero fue mejor de lo que imaginó. “Yo hoy me dedico a vivir mi vida, hago lo que quiero, no tengo que dar explicaciones por lo que soy. De hecho, soy una persona sociable, tengo muchos amigos y creo que la gente que se siente gay y no lo reconoce a una edad temprana pierde tiempo valioso para estar tranquila y aprovechar lo que eso significa”, aclara.

Nunca ha pololeado, pero sí ha tenido relaciones abiertas. Es lo que va con los tiempos y lo que le acomoda también entre sus actividades académicas y sociales. Explica que tuvo una niñez tranquila, feliz. Que no sintió discriminación en el colegio, aunque sí había personas que en ciertas ocasiones cuestionaban algunas de sus actitudes. “Eran los menos, de vez en cuando alguien desde un grupo me gritaba ‘maraco’. Pero yo nunca pesqué. Siempre he pensado que la vida debo vivirla como a mí me gusta. Soy gay, me gusta ser como soy y creo que ninguna persona debería pasarlo mal por esto”.

Describe que la relación con su familia es excelente, de aceptación y más que eso, porque tiene en su madre una compañera que lo apoya y lo adora. “Yo no sé por qué un homosexual debería andar dando excusas por lo que siente. Desde el minuto que empecé a revelar mi identidad sexual todo ha sido bueno, excelente. Si a alguien no le gusta, es su problema, pero esto me ha servido para entender también quiénes son las personas que verdaderamente importan”, sentenció.

Los profesionales afirman que en Chile existe un buen momento para hablar de identidad sexual. Idealmente los padres deben crear el ambiente para que sus hijos expresen sus ideas y sentimientos sobre estos temas, y generar confianza para hablar y ayudar. Los adolescentes, por su parte, deben procurar tranquilidad y no necesariamente hablar con ambos padres al mismo tiempo, sino que deben buscar con quién tienen más afinidad para exponer su sexualidad. Así será más fácil cruzar la puerta del armario imaginario de la sexualidad.

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