REINVENTÉ MI TRABAJO

Escrito por Revista Nos en junio de 2017

Un millón 751 mil personas en Chile trabaja por cuenta propia, siendo esta cifra la segunda en importancia, después de los trabajadores asalariados, para engrosar la estadística de ocupación nacional. A partir de una crisis laboral, la falta de empleo o de redes para encontrarlo, cuatro casos con raíces en Concepción fueron recopilados por NOS, en relatos que demuestran que el futuro y la estabilidad se puede construir con el esfuerzo de las manos propias.

Por Rayen Faúndez Merino.

 

Cuando Carla Amarales González (37) recibió un llamado de su jefe para acudir a su oficina, pensó que necesitaría un documento, como usualmente sucedía. Caminó, sin pensar demasiado, y vio a la persona encargada de Recursos Humanos y a un representante de una notaría. Sólo en ese instante dimensionó lo que sucedía. Había estado trabajando por seis años en el  departamento de Admisión y Difusión de una casa de estudios, y le estaban anunciando que su presencia ya no era necesaria, pidiéndole en el mismo sitio que finalizara toda vinculación con la institución. Era el 18 de diciembre de 2014.

“Estaba súper bien hasta ese minuto en el trabajo, pero no hay mal que por bien no venga”, dice Carla al recordar aquel día. Lo hace desde su stand en el sector Aires de Mall Plaza Trébol, un sitio ya clásico para su tienda Piratas y Princesas, la que formó invirtiendo parte del dinero  de su finiquito, y pensando en una necesidad constante, como son los implementos para bebés y para madres en lactancia. Ese requerimiento lo solucionó mediante la vinculación con creadores regionales.

En su tienda reúne los hermosos diseños de otros emprendedores que, como ella, decidieron buscar su propia fuente de ingresos.

Si no fuera por sus ansias por reencontrar un camino laboral, Carla formaría parte de las 529 mil personas cesantes en el país, o del 6,6% de desocupados que registra la Región del Biobío. No obstante, es parte del millón 751 mil chilenos que se mantiene ocupado por cuenta propia, es decir, que generó su propio empleo.

Una cifra relevante a nivel nacional, ya que después de los trabajadores asalariados, es la segunda en importancia si se trata de contar cuántos chilenos hoy forman parte de la población ocupada. O sea, y según los criterios del Instituto Nacional de Estadísticas, INE, toda persona que durante la semana de referencia, trabajó  al menos una hora, recibiendo un pago en dinero o en especie, o un beneficio de empleado/empleador o por cuenta propia. Categorización en la que hoy caben 8 millones 207 mil personas en todo el país. La estadística se repite en la Región del Biobío, donde de las 905 mil personas que figuran con una fuente laboral, 167 mil la generaron a pulso.

Cuatro de esos casos tienen una raíz en Concepción. Desde pequeños emprendimientos que crecen gracias a Facebook, sin frontera terrestre que les dé tregua, hasta empresas innovadoras y sustentables, premiadas a nivel nacional y con proyecciones hacia todo el mundo. Todo en base a emprendimientos que cada quien creó,  porque lo necesitaba y lo deseaba, con sus propias manos.

 

LO QUE NUNCA TUVE

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Carla Amarales.

Carla, hasta hoy, rechaza la forma en que la despidieron de su antiguo trabajo. En sus palabras, fue una encerrona, que no sólo le costó el trabajo a ella, sino que también a su compañera de labores. Aunque fue días antes de Navidad, el finiquito salvó las fiestas. Por fortuna, su marido, Mauricio, tenía un empleo estable,  y la decisión fue que Carla aprovechara de descansar y cuidar a su hijo, Alonso, de entonces cuatro años. “No hay como cuidar a tu hijo, poder verlo crecer y estar en todo ese proceso en que ya comienzan a ir al colegio”, recuerda.

La idea inicial era pasar un año en casa y luego buscar trabajo como Relacionadora Pública, su profesión. Pero, al regreso de las vacaciones Carla miró sus ahorros, fruto del despido, y decidió invertirlos en el mundo de los bebés y la lactancia, luego de una búsqueda por diferentes rubros. Fue su hijo y pensar en todos los elementos a los que nunca tuvo acceso cuando se trasformó en madre, lo que la llevó a apostar por la infancia y por una diferenciación mediante diseños y modelos fuera de lo común.

Se contactó con un proveedor e inició ventas sólo utilizando Facebook. Comenzó a crecer  y junto con ello, también afinó su  línea y su elección de productos. Hoy, apuesta por las creaciones en algodón peruano, estampados vibrantes o con mensajes divertidos, y por la producción local, apoyando también a otros emprendedores regionales.

Así, trabaja con personas que le envían sus creaciones desde San Fernando hasta Temuco.

Asegura que se siente feliz y tranquila. Puede disfrutar de su familia y de su hogar, trabaja desde la casa en base a pedidos y entregas que realiza de manera personal, o bien en ferias donde ofrece sus colecciones con orgullo y la colaboración absoluta de su círculo más íntimo. Por eso, asegura, no volvería a trabajar para nadie más. “Sólo para mí y para mi familia”, advierte con seguridad.

 

DULCES CIUDAD TRAS CIUDAD

Luego de seis años de trabajo, en un horario de casi 12 horas, Pamela Cárdenas Pardo (32),  Técnico en administración y Finanzas, decidió renunciar a su empleo en una institución educativa de Concepción para ocuparse de su hija Cathalina. Su marido, Mauricio, contaba con trabajo en ese entonces, por lo que la determinación no afectaba en demasía  la economía hogareña.

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Pamela Cárdenas.

“Pero todo cambió cuando él quedó sin pega por ocho meses y la crisis aumentó. En esa búsqueda traté siempre de buscar trabajo independiente. Intenté con la importación de joyas y de maquillaje, pero todo era pasajero. Nunca nos faltó para comer. Mauricio hacía pequeños trabajos y yo trataba de vender mis productos,  pero nada era suficiente para mantener un hogar, además el ritmo de las deudas que mes a mes llegaban eran una gran carga”, recuerda.

Fue entonces cuando una tía le enseñó las bases para elaborar dulces y golosinas de manera artesanal. Pamela jamás había fabricado un bombón, menos, un alfajor. Con lo que aprendió, comenzó a vender sus primeras producciones dulces entre amigos, familiares y apoderados del colegio de su hija. “Luego vinieron unos baby shower y me di cuenta que era algo en donde podía desempeñarme. Y así, el 15 de enero de 2015 lanzamos nuestro facebook y comenzamos a darnos a conocer”, destacó.

Cuenta esta historia mientras prepara uno de los tantos pedidos semanales que recibe hoy como dueña y repostera en Dulce Decoración, emprendimiento que inició vendiendo pequeñas bolsas de dulces y que hoy le permite hacer entregas por hasta $100 mil semanales, cifra que se quintuplica durante las fechas festivas, donde tanto su marido como su hija ponen manos a la obra.

Sin ir más lejos, para el Día de la Madre de este año produjo más de 100 cajitas de dulces, alrededor de 600 alfajores, 350 bombones y 400 trufas. Sin contar los 35 desayunos personalizados, entre los que se incluyeron cinco solicitados desde el extranjero, que repartió por los alrededores de Rengo, ciudad a la que se trasladó en diciembre de 2015, y donde descubrió que podía llevar su empresa a cualquier sitio.

Por eso hoy, en un nuevo traslado junto a su familia a La Serena, no duda de las bondades de emprender y trabajar por cuenta propia. “Dulce Decoración generó muchas modificaciones en mi vida, y transformó completamente mi rutina. En mí, el mayor cambio fue tener mayor seguridad, capacidad de reinvención y una solvencia económica. Mis dulces sirven para el día a día”, sostuvo.

 

VOLVER A EMPRENDER

Betsy Concha (38) es de Santiago, estudió Arquitectura y siempre fue emprendedora. Hija de comerciantes, vivió acompañada de sus padres, sin horarios laborales, con vacaciones extensas y viéndolos crecer como sus propios jefes. Con esa experiencia, no dudó en aliarse para emprender con un compañero de escuela, quien fue como un hermano, su alma y su vida.

Pero, recuerda, “el dinero y el éxito cambia a las personas, nos fue muy bien, y me estafaron”. El directorio de la empresa tomó la decisión a sus espaldas, durante reuniones de las que nadie le comunicó, pues sólo fueron publicadas en el Diario Oficial, tal como se estipulaba en los estatutos. Fuera de su salida de la sociedad, le adjudicaron el cobro y entregas indebidas de dineros mediante cheques. Estos siempre constituyeron pagos y contratos, pero no había registro de aquello y estaban a nombre de ella. Todo ocurrió en 2007 y recién el año pasado terminó el juicio contra sus ex socios. “Fue una gran lección de cómo manejar una empresa”, concluye hoy la arquitecta.

Luego del remezón, Betsy no sabía qué hacer. Había estado 10 años ligada a un proyecto y al mundo del patrimonio, y ya no formaba parte de ese pequeño círculo. Tras seis meses inactiva, recibió una oferta laboral en el área de la sustentabilidad, a la que ingresó sin experiencia alguna, pero que terminó enamorándola y llevándola hasta una gerencia general, cargo en el que estuvo hasta 2015, cuando esperaba su primera hija.

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Betsy Concha.

La necesidad de criarla en un mejor ambiente la llevó a dejar el puesto  y a vender todo lo que tenía entonces para trasladarse a Concepción, la ciudad de origen de su pareja. Betsy tenía una promesa de trabajo, pero la capital de Biobío les recibió con la peor cara, y nada de lo planeado resultó. Su pareja encontró sólo un trabajo temporal. A veces ni siquiera tenían dinero para los pasajes de la micro, y cruzaban el puente desde San Pedro de la Paz a Concepción a pie, con su hija en brazos y un paquete de galletas para el camino.

No obstante las dificultades, la pareja se apoyó en cada una de sus decisiones. La más trascendental llegó cuando Betsy, con su espíritu emprendedor intacto, invirtió el poco dinero que tenía en un jardín infantil para su hija ya de un año y medio de edad y le prometió a su pareja que buscaría su camino y que encontraría lo mejor para la familia. Con su apoyo irrestricto, recorrió incansablemente las calles de Concepción, pensando paso a paso en qué haría con su vida y su carrera.

En aquel caminar, se inscribió en un curso para emprendedores, sólo por probar. Así conoció a Marco. Él, diseñador industrial, llevó a clases una pequeña y colorida lámina fabricada con plástico fundido de diferentes procedencias. Betsy comenzó a llenarlo de preguntas con una idea en la cabeza: vender aquella producción. Y lo hizo, por $60 millones, a un empresario en Santiago que apostó por usar revestimientos de aquella lámina reciclada en un edificio.

Cuando se lo contó a Marco, no lo podía creer. Betsy le propuso aliarse, y lo hicieron en un estudio de diseño sustentable que articula la creatividad con la manufactura a baja escala para crear piezas decorativas a partir del reciclaje de plástico: Revuelta Estudio. Poco más de seis meses lleva este proyecto en curso, están implementando la primera gran venta, y hace un mes ganaron las 18va generación de Start Up Chile.

“Concepción es cerrado y los sueldos son menores. Es una ciudad ruda en términos laborales, que se mueve a nivel de contactos. Toda esa adversidad te empuja y te obliga a emprender, y yo lo hice. En esta ciudad ha tomado mucha fuerza el emprendimiento porque hay una masa de gente que está dispuesta a hacerlo y que lo necesita. Emprender es uno de los varios caminos para crecer, para tener libertad y también responsabilidades. Es levantarse todos los días por algo tuyo”, concluye Betsy.

 

CHILE, PAÍS DE CONTACTOS

Con la misma realidad se topó la arquitecta Ariela Rivas (30), cuando se trasladó hasta Puerto Montt. Su pareja, el periodista Juan Pablo Riquelme (33), le propuso que lo acompañara  hasta el sur de Chile, donde él tenía una oferta laboral. Ella lo hizo sin pensar y llegó a la lluviosa ciudad el 1 de enero de 2013. Pero sin redes como las que construyó en Concepción, ubicar un trabajo como arquitecta fue imposible. “Chile sigue siendo un país de contactos. Me salí de esa red y choqué con una muralla”, expresa Ariela.

Sin embargo, Puerto Montt les entregó la mejor de las recepciones. Juan Pablo, aunque sabía que su puesto como asesor de un ministerio podría durar sólo hasta el cambio de gobierno, mantuvo el trabajo. Aquello le permitió junto a Ariela, recorrer gran parte de la Región de Los Lagos, conociendo sectores tan disímiles como la Isla de Chiloé y toda su cultura de mar y tierra, o Futaleufú, donde prima la identidad gaucha.

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Juan Pablo Riquelme y Ariela Rivas.

Observando aquella mezcla, los paisajes y el crudo clima del sur del país, comenzaron a dar vida a la idea de un proyecto. Querían apostar por un producto rentable, que implicara una necesidad, pero que pudiera comercializarse a través de Internet sin necesidad de probarlo. Además, deseaban que tuviera estampada la identidad sureña y sus materiales más nobles, y que fuera perdurable. Así nació el concepto de un compañero de viaje, y dibujaron los primeros modelos de una mochila, o rucksack, de lona y cuero,  y de un bolso estilo tote bag.

El problema fue cuando quisieron llevar los dibujos de su croquera a la realidad. Necesitaban ayuda. Entonces buscaron un sastre, y encontraron en Puerto Montt a Eger Mancilla, un sastre clásico, que había pasado de trabajar con un gran equipo a la completa soledad, superado por la industria textil china y el retail.

Era junio de 2014, y Eger les enseñó todo lo que sabía sobre sastrería, desde moldear hasta cortar y coser, en una retroalimentación cultural que Ariela y Juan Pablo hasta hoy agradecen. Algo similar les sucedió cuando estaban en busca de una máquina de coser, que encontraron gracias a un dato fortuito en un antiguo fabricante de salvavidas, que vendía todas sus máquinas, ya inutilizadas. El hombre no los dejó tranquilos hasta que les enseñó a usar aquel aparato de marca Mitsubishi a la perfección.

En diciembre de 2014 tuvieron los primeros prototipos y la primera partida de mochilas y bolsos. Los vendieron entre familiares, y aunque deseaban lanzarse para la Navidad, prefirieron esperar hasta marzo, cuando también, de manera fortuita, recibieron un llamado telefónico de una persona solicitando un trabajo. A esa altura, habían olvidado que tres meses antes habían dejado, en la vitrina de una botonería, un aviso donde buscaban a alguien con experiencia en costura industrial. Fue así como llegó la persona que necesitaban para seguir con el negocio. Desde allí, no hubo demasiado que pensar, y Ariela se lanzó de lleno al proyecto Lemu Handmade (bosque en mapudungun).

Con Ariela tras las máquinas y Juan Pablo en el posicionamiento de marca, el año pasado el emprendimiento ganó un Corfo por $13 millones, que junto a la asesoría de la aceleradora de negocios que potencia emprendimientos en el sur de Chile, Potencia Patagonia, les permitió formalizarse como empresa y generar utilidades. También se aliaron con Pareidolia Studio y produjeron su primer lookbook y fotos de taller.

Hoy, Lemu Handmade recibe entre 30 y 35 pedidos al mes, de productos fabricados en cuero puertomontino y con lona traída desde Santiago. Están preparando su taller y oficina que los traerá de vuelta a sus orígenes profesionales: la arquitectura, mediante el diseño y la construcción; y las comunicaciones, a través del branding, apoyando a otros emprendedores que como ellos, desean construir y recorrer una senda propia y única. “Lemu Handmade nunca nació con el fin de ser un medio, nunca nos proyectamos tan adelante. Pero lo fue, hizo nacer otros proyectos, y había que recorrer este camino para saberlo”, cerró Ariela.

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