LOTA VERSUS LOTA

Escrito por Revista Nos en agosto de 2017

Hoy, la comuna está en contradicción. Desde su historia, contada y conocida a medias, hasta sus poderosas luchas sindicales que parecen olvidadas. Lota carga en su espalda los estragos que causó el cierre de Enacar, que dejó a la ciudad a la deriva y sin posibilidades reales de reconvertirse. Aquello legó a la ciudad las cifras más altas del país en pobreza y desempleo, junto a una masiva migración de personas, casi 3.000 en los últimos 25 años. Pero también significa el nacimiento de un grupo que quiere disipar el humo negro del carbón y promover el tránsito de la ciudad hacia el patrimonio participativo y vinculante con la comunidad.

Por Rayen Faúndez Merino. Fotografías:  José Carlo Manzo.

 

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Vista desde las ruinas de Lota Green, la antigua fábrica de ladrillos refractario. Aquella línea era un antiguo riel por donde se transportaba carbón.

Lota es actualmente la única ciudad de tamaño mediano del país que registra una disminución en su cantidad de habitantes. En los últimos 15 años o, más específicamente, entre 2002 y 2015, según las cifras censales y proyecciones del Instituto Nacional de Estadística (INE), su población ha disminuido en 2,5 %.

La cifra, aunque no parece tan grande, resulta preocupante y sorpresiva.

El sociólogo Juan Carlos Santa Cruz Grau bien conoce de este fenómeno, luego de cursar un Doctorado en Políticas Territoriales en la Universidad de Roma, donde su tesis se basó en las llamadas “ciudades en contracción”, o en inglés, shrinking cities. Así se conoce a los territorios que disminuyen radicalmente sus habitantes, principalmente, por el cierre de industrias o de su principal actividad productiva. Y Lota podría estar pasando por ese proceso desde el cierre de la Empresa Nacional del Carbón, Enacar, en 1997.

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Ruinas de Enacar. Hoy, las instalaciones están transformadas en bodegas municipales. El pasado 3 de marzo se cayó la cabria del pique Alberto, uno de los más antiguos donde se extraía carbón, y que es parte de la Zona típica de Lota.

Según las cifras del INE, en 1992, Lota tenía la no despreciable cifra de 50.256 habitantes, en el 2002 había 49.089, y a 2015 marcaba, según las proyecciones del mismo organismo, 47.821. Es decir, en un tiempo de 23 años, entre 1992 y 2015, perdió un total de 2.435 “vecinos”. Todo sucede mientras Chile aumenta su población, al menos en un 19 % entre 2002 y 2015. Algo aún más extraño si se considera que Lota registra una tasa de natalidad mayor, por un punto, a la de la Región del Biobío, con un 13,82 %.

“Eso habla de una migración masiva”, sostiene Juan Carlos Santa Cruz, y agrega que “eso no pasa en ningún otro lugar de este país, en ninguna otra ciudad de ciertas dimensiones, menos en una que llegó a los 50 mil habitantes”. El fenómeno, de hecho, es desconocido y no ha sido estudiado en Chile, a diferencia de Europa y Estados Unidos, donde se produce desde la década del ‘70.  Santa Cruz explica que en el Viejo Continente hubo ciudades que se contrajeron hasta en un 50 % de su población, como la alemana Leipzig, una ciudad industrial, con rubros variados desde la producción textil hasta la fabricación de libros, y que luego de la Segunda Guerra Mundial, al quedar en el lado oriental de Alemania, cerró sus fábricas y la gente se fue. Más tarde, y particularmente a partir del año 2000, tuvo una total reinvención desde las políticas públicas, transformándose los viejos edificios productivos en museos, galerías de arte y centros culturales.

Pero, ¿por qué se produce este fenómeno en Lota? La historia de la ciudad, que se edificó completamente en torno a la industria de la explotación del carbón, que dejó de funcionar de manera abrupta a partir de 1997, es la gran respuesta. Y en un camino de 20 años de desolación, otros problemas saltan a la luz sólo con un recorrido por sus calles: pobreza, desempleo, un patrimonio que se cae a pedazos y una historia de contradicciones: desde el empresario visionario, hasta la explotación y constantes luchas de los trabajadores; desde el héroe minero, hasta el sacrificio silencioso de las mujeres que organizaban la vida en la superficie lotina. Y desde un recuerdo nostálgico del carbón, hasta nuevas miradas que hoy buscan llevar a Lota más allá del oro negro.

 

Empresa paternal

La arquitecta Muriel Baumgartner lleva cerca de un año estudiando Lota, específicamente el sector de las ruinas de Enacar, diagnóstico que realizó junto a la Mesa Ciudadana de Patrimonio, Cultura y Turismo, formada en esa comuna hace unos cinco años, y que hoy integran 16 organizaciones sociales.

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Vista hacia Lota Bajo desde calle Carlos Cousiño. Allí se puede apreciar la diferencia entre Lota Alto, con una arquitectura pensada en función de la fábrica, con diferentes construcciones para obreros y administrativos; en tanto que Lota Bajo presenta una disposición de viviendas mucho más improvisada, formada en su historia a través de tomas de terreno.

Entre el 22 de junio y el 5 de julio pasado llevó a cabo un Mapeo Participativo, donde se convocó a la población lotina para discutir en torno a sus necesidades y expectativas sobre la reutilización cultural y turística del paisaje minero del sitio Ruinas Enacar, en el cual se extraía el carbón hasta el cierre de la mina.

Su diagnóstico es claro. El cierre de la industria mermó las oportunidades, lo que se expresó en una falta de planificación comunal. A ello se suma el desuso y deterioro del patrimonio durante 20 años, sin reconocimiento a sus hitos tanto materiales como inmateriales relacionados con la vida comunitaria y la cultura lotina.

Este deterioro, la falta de servicios, de centros educacionales y, por ende, la dependencia de la comuna de otras más grandes, junto a la cesantía, generó una importante migración. “O sea, es un deterioro social y material acelerado en Lota lo que determina su disminución de habitantes”, resumió la experta.

Y las cifras lo confirman: 20 % de los lotinos está en situación de pobreza según la encuesta Casen de 2013, y la comuna presenta una tasa de desocupación, según las cifras del último trimestre móvil del INE, de un 10,1 %, tres puntos arriba de la tasa regional y nacional.

En Lota, además, hay cerca de 500 personas que cuentan con un empleo de emergencia, o proempleo, en los que han permanecido en promedio seis años.

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La Parroquia San Matías Apóstol​ conserva en su interior el sepulcro de Matías Cousiño, quien instaló la industria carbonífera en Lota. ​Inaugurada en 1928, contiene una serie de simbolismos religiosos: la trinidad representada en las tres columnas, los 12 discípulos mostrados en el vitral de la parte superior, e incluso la figura del gallo, relacionada a la historia de Pedro, cuando negó a Cristo. La Parroquia tambi​é​n ha sido, a lo largo de su historia, el centro de los movimientos y luchas sociales, con innumerables protestas y huelgas en sus instalaciones.

La industria del carbón entonces, pasa a ser protagonista de esta fotografía. “Lota estuvo sometida a un sistema tremendamente paternalista por más de 150 años, en los que funcionó la industria del carbón y con un machismo severo. Los mineros tenían un sistema de trabajo que funcionaba muy mal, con mucha desigualdad, injusticia, muchas horas en condiciones paupérrimas, pero, sin embargo, lo que contiene a este hombre minero es la mujer y su familia, que debe abastecerlo de todo lo que necesita para poder bajar a la mina. Y ¿qué pasa cuando cierra una industria de carácter paternalista? Dejas a una comuna sin rol, que no se puede reinventar de un día para otro. Es una comuna en contradicción”, sostuvo la experta.

Carlos Navarro es uno de aquellos jóvenes que debió emigrar, quien recuerda los viajes de una hora y media entre su casa y la universidad en Concepción, y también cómo, cuando se cerró la mina y se inició la reconversión, se intentó formar a los exmineros en profesiones que no tenían dónde ejercer. “Muchos compraron taxis y eso hizo que Lota no desapareciera. Pero esto trasciende de lo nostálgico, es una ciudad que transita en términos de olvido. Hay un acervo cultural, político, pero también poca claridad de la historia real y del imaginario de ciudad”, analizó.

Por eso, invitó Muriel, “hablemos de lo que le sucedía a la mayoría de la gente de este territorio que no lo pasaba tan bien. Y a pesar de esto, los mineros lo abordaban con la mayor alegría posible”. Es ahí donde se cruzan los dos extremos históricos de Lota.

 

Las luchas escondidas

La historia más conocida de Lota es aquella ligada a Matías Cousiño, presente en todos los recorridos turísticos de la comuna. El empresario y visionario llegó al territorio en busca de carbón, y compró a un mapuche los piques que existían, por 150 pesos de la época y, según las malas lenguas, algunos litros de vino. Instaló la Compañía Carbonífera de Lota en 1852, y dos años después la fábrica de ladrillos refractarios Lota Green.

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Luis Sandoval Rubilar, ex minero, quien hoy lucha por la obtención de una pensión vitalicia junto a sus compañeros. Además. intenta mantener vivo el patrimonio y la historia lotina organizando representaciones artísticas.

Con ayuda de tecnología escocesa e inglesa, levantó la empresa y emplazó todo un sistema para la vida y trabajo de los mineros, con pabellones, instalaciones comunitarias como hornos y lavaderos, economatos y una serie de servicios. Ya para 1870, Lota Alto estaba urbanizada, llegando a existir 200 pabellones. Más tarde, su nuera Isidora Goyenechea sería la encargada de alimentar a los hijos de los mineros a través de una medida que luego se concretó en el país como la institución llamada Gota de Leche y de electrificar la mina con la construcción de la Central Hidroeléctrica Chivilingo, la que a partir de 1905 proveyó de luz a los primeros trabajadores, en el pabellón de los eléctricos, o “pabellón de los brujos”. De hecho, Lota fue la primera ciudad en Chile en contar con electricidad, alcantarillado, teléfono, y calles adoquinadas y asfaltadas.

En esa encarnación del progreso, otra Lota se construía, cruda y dura, bajo tierra y en la superficie. Las numerosas familias debían hacer turnos para dormir en sus casas, en lo que llamaban camas calientes, y las mujeres se hacían cargo de organizar todo para que los hombres pudieran trabajar. Justo Espinoza, exdirigente minero, cuenta que cuando su padre llegaba del trabajo, él y sus hermanos eran echados fuera de la casa por su madre, quien se dedicaba a limpiar a su marido, negro de carbón, a punta de baldes de agua y trapos.

Según cuenta Ana María Peña, cultora del patrimonio lotino y guía turístico, los lavaderos comunitarios de Lota funcionaron hasta 1990. Ella misma los usó desde su infancia, viviendo en el pabellón 8 de Lota Alto, y aún en su adolescencia le tocaba recorrer toda una cuadra para vaciar una bacinica.

En tanto, los trabajadores peleaban por mejores condiciones laborales. El mismo Justo dirigió una de las huelgas más recordadas por Lota, realizada en octubre de 1989, cuando 20 mil personas, principalmente familias mineras, marcharon hacia Concepción. Esa huelga duró 20 días, y fueron recibidos con frutas y alimentos en su paso por San Pedro de la Paz.

Una anterior, la llamada “Huelga Larga”, paralizó la producción por 96 días desde el 19 de marzo de 1960. Muchos niños en ese tiempo, entre ellos Justo, de 11 años, fueron encargados a otras familias para poder alimentarse. Todo terminó con el terremoto de aquel año. Cabe mencionar que en 1920 también hubo una gran huelga, donde se consiguieron las ocho horas de trabajo y que se dejara de pagar en fichas, aunque, los registros históricos cuentan que el primer levantamiento minero se produjo apenas dos años después de la instalación de la industria.  Los mineros luchaban. El propio Fidel Castro, en 1971, los visitó.

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Eduardo Castro Pacheco, ex minero, trabajó como disparador, y sus dos hijos ya profesionales dejaron la ciudad en busca de oportunidades.

“Se habla de Carlos Cousiño, de Isidora, pero ellos vivían de los trabajadores y así construyeron sus palacios. Nunca vivieron en Lota y se olvidan de las innumerables huelgas y de cómo vivíamos 15 personas en dos dormitorios”, cuenta Justo.

La misma visión tiene Luisa León, directora de la Mesa de Patrimonio, Cultura y Turismo de Lota y presidenta del Sindicato de Proempleos, Sol Naciente. “Todo eso no fue gratuito. Gente murió en la mina, por construir sus palacios en Santiago. Se pelaron el lomo los viejos y los niños que trabajaban en la mina. A lo mejor tuvieron la inteligencia para abrir ese manto de mineral, pero ¿a costa de qué? El Parque Lota es lindo, el Chiflón del Diablo también, pero es una pena cómo se está muriendo nuestra historia”, dijo la dirigenta.

Carlos Navarro, en tanto, afirma que “los circuitos turísticos giran en torno a lo epopéyico y folclórico. La hidalguía y la fortaleza del minero. Pero a la hora de defender sus derechos, se ve una cosa mística y religiosa. No se cuenta la historia desde el punto de vista de la lucha de clases que impulsó Lota. Las primeras huelgas a nivel latinoamericano fueron en Chile, y Lota estuvo presente allí”, afirma.

 

Ojos de mujer

Otra de las luchas escondidas en Lota es la protagonizada por las mujeres. Por eso es que Ana María Peña manifiesta, con toda seguridad, que “Lota tiene ojos de mujer”. Con esa afirmación en los labios, abre las puertas de una instalación en medio de pabellones, que no mide más de tres por cinco metros. Adentro se percibe de inmediato el calor y aroma del pan recién horneado.

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Grupo de ex mineros, que se reúnen en la Plaza de Lota Bajo, frente al kiosko rojo. Son Manuel Jara Flores, Benedicto Opazo Benítez, Iván Muñoz Silva, Luis Sandoval Rubilar, Guillermo Hernández Nova, Eduardo Castro Pacheco, Sergio Silva Mella, Bernardo Riquelme Bustos y Luis Ormeño Carvallo.

Es un horno comunitario, de los cuatro que aún quedan por Lota Alto, y que se siguen utilizando de la misma manera que en sus inicios. Una mujer va y llena el horno de leña seca, dejando sobre la estructura una paleta de madera con su nombre escrito y el número de la casa donde vive. Ésa es su “seña”, castellanización de la palabra inglesa “sign”, que significa firma, y con la que reservan el horno para la primera “caldeá” u horneado de pan. Quien reservaba primero el horno, ordenaba al resto de mujeres, que calculaban cerca de dos horas antes de llevar su pan. Todo, en un sistema de comunicación propio que hasta hoy funciona y permite que ellas produzcan y vendan el conocido “pan de mina”. La producción, por lo bajo, es de 20 kilos de harina por día. Antiguamente, las mujeres horneaban cinco kilos para mantener a su familia toda la semana.

“El pan es lo que queda del cierre de las minas, y la Región lo reconoce como producto clásico de Lota, y como algo hecho con las manos de la mujer lotina. Siempre hablan del pobre minero, pero la mujer era la que llevaba la familia, con muchos hijos, mientras los hombres trabajaban o se gastaban el sueldo en las bodegas”, comenta Ana María Peña.

Además de este olvido de la labor femenina en Lota, también se ha dejado atrás el patrimonio. Ana María lo ve en su propio pabellón donde vivió de niña, el número 8, hoy todo cercado, al igual que muchos de los 50 que quedan, a pesar de que su diseño se concibió desde lo comunitario. Lo mismo pasa con los edificios que sirvieron para la extracción del carbón, o los 11 monumentos nacionales existentes en Lota, nueve de ellos relacionados con la industria carbonífera.

Un botón de muestra de aquello fue el derrumbe, el 3 de marzo pasado, a vista y paciencia de todo Lota, de la cabrí a del Pique Alberto, estructura que sostenía la jaula para el ingreso de los mineros al pique, uno de los más antiguos del yacimiento lotino y parte de la Zona Típica de Lota, declarada como tal en 2014.

 

Más allá del carbón

Los exmineros del carbón se juntan en la Plaza de Lota Bajo. No tienen mucho que hacer, y se reúnen a conversar y a resolver, una vez más, su situación como exmineros. Su lucha es reivindicativa, siempre asociada a pensiones. La última de estas peleas se relaciona con una pensión vitalicia, y por contar con un lugar donde encontrarse como sindicato.

Pero, hoy también, la lucha de muchos es para recuperar su historia y reconocimiento, incluso más allá del carbón, y es lo que ve Ana María, mientras les saluda y conversa con ellos entre risas. “Yo creo que la gente está despertando en relación a lo que es su historia. Hay personas que no tienen idea de qué es el patrimonio, y Lota apunta a que debe vivir del turismo patrimonial, cultural. Hay personas que no valoran su pueblo por desconocimiento, con un concierto de desorganización en torno a eso. Pero hay un grupo de personas que sí lo está haciendo. La gente está respirando el concepto del turismo cultural y de valorar lo que tienen”, destaca.

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Vista desde sector Fundición. Se puede ver Lota Bajo y también la Feria de Lota, que permanece abierta todos los días de la semana y es el principal centro de reunión y de encuentro social lotino.

Ésta es la visión actual de los dirigentes y participantes de la Mesa Ciudadana de Cultura. Justo Espinoza, quien fue el presidente hasta el año pasado, espera que los lotinos, especialmente los exmineros, despierten, porque hasta ahora, “sólo quieren recibir beneficios de nuestra historia”, afirma.

“Hay que mirar por sobre el bosque. Nuestro desarrollo futuro de Lota es la historia, el patrimonio, la historia del movimiento obrero que se ha perdido. El objetivo es que la comuna salga de este fango y se desarrolle el turismo”, agregó. La misma visión tiene hoy Luisa León, quien sueña con “ver la comuna progresando, no quedada en el pasado. Quiero ver gente contenta, quiero ver turistas empapados de su historia. Basta de llorar lo que nos dejó el carbón, basta de sacarle provecho a eso”.

Pero, ojo, dicen los expertos Muriel Baumgartner y Juan Carlos Santa Cruz, en Lota no bastaría el turismo por sí solo. La solución estaría en integrar el patrimonio a la comunidad, tanto de Lota Alto como de Lota Bajo, por ejemplo, reuniendo circuitos patrimoniales en Lota Alto y la zona típica, con servicios de hotelería, alojamiento y alimentación en la parte baja.  Y así, tal como indica Justo, “ser una puerta de entrada al patrimonio regional”.

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