“2012”: Ronald Emmerich nuevamente pierde la compostura

Como he dicho varias veces, soy un seguidor del denominado “Cine Catástrofe” ¿cuál es éste? Aquel cuya trama se centra en un inminente cataclismo que afectará a la raza humana y que incluye un amplio elenco de actores repartidos en múltiples líneas argumentales. Obviamente todos intentan escapar y sobrevivir a los obstáculos que se les presentarán, llegando sólo unos pocos hasta el final. El género nació oficialmente en 1970 con la célebre “Aeropuerto”, de George Seaton y, a la fecha, ha brindado numerosos clásicos incrustados en la memoria cinéfila, como “Terremoto” (1974), “Infierno en la torre” (1974), “El día del fin del mundo” (1980), por nombrar algunas.
Luego de años relegado al olvido, el “Cine Catástrofe” experimentó un revival durante los 90, que ha logrado mantenerse hasta hoy, encontrando nuevo combustible fósil en el actual ambiente apocalíptico generado por el cambio climático, el desarrollo tecnológico y las teorías de conspiración. Y por cierto, un destacado protagonista de este nuevo tsunami es el director alemán Ronald Emmerich, y sus millonarias “Día de la Independencia” y “Día después de mañana”. Eso sí, a diferencia de sus predecesores, Emmerich es un tipo que no se toma en serio, si juzgamos por “la actitud” de producto desechable que obscenamente despiden sus películas. Y, lamentablemente, “2012” también mantiene este perfil.
En “2012”, Emmerich refleja su conocido apetito de destrucción, pero en formato reloaded, como proponiéndose tirar “toda la carne a la parrilla”. Esta vez su nuevo apocalipsis se “sustenta” en la famosa profecía maya, según la cual, durante el equivalente al año 2012 de nuestro calendario, sucederá una fatal alineación entre los planetas y el sol que desencadenará catástrofes relacionadas con el calentamiento del núcleo de nuestro planeta. En consecuencia, los polos magnéticos se invertirán, e incluso la corteza terrestre se desplazará miles de kilómetros, provocando tsunamis con olas de dos kilómetros de altura que superan incluso a las partes más afiebradas de la Biblia. Vamos al casting: John Cusack es Jackson Curtis, un escritor discreto de novelas apocalípticas que convive con empleos esporádicos y tiene la custodia de sus hijos compartida con su ex esposa Kate (Amanda Peet). Como es una constante en las películas de Emmerich, Curtis y su familia (que incluye a la actual pareja de Kate, Gordon, interpretado por Tom McCarthy) son los humanos “escogidos” para escapar de la catástrofe a bordo de una avioneta.
Qué se puede decir. La película, en su glotonería de catástrofes, definitivamente regala escenas alucinantes, como la destrucción completa de California bajo la avioneta de la familia Curtis; la ola gigantesca que se estrella sobre la Casa Blanca arrastrando un portaviones que cae encima del propio Presidente de los EE.UU; o, la surreal panorámica que resulta de ver otra mega-ola, que se encumbra sobre los picos de los Himalayas. En eso, salvo algunos FX descuidados en los terremotos que suceden al comienzo de la película, Emmerich cumple ¿Los baches?, lo de siempre en el caso del director alemán: una trama descerebrada (el mandatario norteamericano no arranca hacia su búnker para quedarse consolando a los que morirán…¡Já!), diálogos inútiles y sonsos, claves argumentales que quedan sin explicación (nunca profundizan sobre las famosas profecías) y un sentido del humor de sitcom-gringo-clásico que suspende cualquier atisbo de credibilidad que hasta entonces nos hubiésemos esforzado por conceder a la historia. Pero, sobre todo, pareciera que tras el delirio se escondiera un peligroso discurso: en caso de un colapso, sólo quienes tiene dinero podrán salvarse; y quienes crean realmente en teorías de conspiración o en versiones alejadas de las entregadas por el Gobierno o los medios de comunicación, simplemente, son locos o personajes disfuncionales (es lo que Emmerich pareciera decir cuando diseñó a Charlie Frost, el freak que denunciaba la “conspiración de encubrimiento del apocalipsis” desde su programa radial, interpretado por Woody Harrelson). Pero no nos engañemos: está claro que “2012”, sin sus escenas dantescas, es derechamente bowshit; de todas formas es entretención garantizada para aquellos que busquen pasar una buena y asoleda tarde de sábado, junto a su pareja y unas palomitas de maíz.

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