2020, el año que no veíamos venir

Roger Sepúlveda Carrasco, Rector de la Universidad Santo Tomás Región del Biobío

Podemos estar de acuerdo con que ni el mejor guión de cine ni la mejor creación literaria habrían podido recrear o acercarse al escenario que este 2020 nos desafió globalmente.

La pandemia por el Covid-19 tiene ya un espacio asegurado en los registros de la historia de la humanidad, con una emergencia sanitaria inédita, contagios mundiales que se empinan con precipitación a los 80 millones, y muertes que ya bordean los 2 millones; cuarentenas totales para millones de personas en todo el mundo, hospitales colapsados, pérdidas de miles de puestos de trabajo, precarización de la vida, aumento de la pobreza, y tantas otras consecuencias negativas.

La escala mundial de la pandemia nos ha recordado lo frágiles que somos, algo que, sin duda, las organizaciones también han debido enfrentar. No obstante, este duro pasar nos debe significar también aprender, sacar conclusiones y permitirnos estar mejor preparados frente a lo que nadie en realidad se había siquiera imaginado enfrentar.

En este sentido, la primera gran lección es que la humanidad debe estar preparada para fortalecer sus capacidades de adaptación y, principalmente, las organizaciones. Cada día de 2020 trajo prácticamente un nuevo desafío que abordar, lo que nos obligó a ajustarnos en cosas simples, de nuestro diario vivir, como también en las tareas más complejas.

Más que un valor corporativo, esta adaptabilidad nos debe llevar a evaluar este aporte en cada uno de nosotros como individuos, trasladando esta lección a nuestras familias, trabajo, relaciones con las comunidades, entre tantos otros espacios de convivencia humana.

Asimismo, 2020 nos enseñó a revalorizar las planificaciones de corto plazo. Es verdad, los contextos organizacionales requieren mirar al largo y mediano plazo, qué duda cabe, pero ya sabemos que, de un mes a otro, e incluso, de un día a otro, las realidades nacionales, comunales o hasta personales, pueden tener un viraje de 180 grados, donde lo que antes era blanco hoy es negro. Así de radical. Debemos entonces aprender a buscar los equilibrios con las necesidades particulares en cada una de nuestras organizaciones, todo para ser proactivos más que reactivos a la hora de enfrentar una realidad tan incierta y cambiante.

Quizás, las lecciones pendientes sean las más importantes que nos quedan por aprender.

Finalmente, asimilar que el cambio constante será lo único que no variará jamás en el desarrollo de nuestra historia, que no se detiene y ni siquiera nos avisa cuándo o cómo llegará. Podríamos presuponer que 2021 y el arribo de la vacuna contra el Covid implicará un alivio en este contexto tan particular, pero asumir eso sería, precisamente, desechar todas las lecciones que hasta aquí hemos podido sacar en limpio. Por eso es que debemos aprender y aprehender cada una de las enseñanzas que nos deja 2020, pero teniendo claro que aún nos quedan muchas situaciones que enfrentar como humanidad, de esas que cuando aparecen solemos decir: “No lo veíamos venir”.

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