37 mil en la Región del Bío Bío y 350 mil en el país: Nanas de hoy, a tono con la crisis y la tecnología

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Con el tiempo, son ellas las que guapean en la casa. Pero a la hora del adiós, el recuerdo de los niños ajenos que criaron las llena de nostalgia y congoja. Clemencia Jara es una de ellas; trabajó para tres generaciones y espera que vuelva su regalón de España para jubilarse.
A sus 59 años, Clemencia Jara González está aprendiendo sus primeras letras y Camila (10), la nieta de Carolina Rendón Sepúlveda, su empleadora, la ayuda a reconocer las palabras esdrújulas, graves o agudas. “¡Pero Cleme..!” la regaña la niña y ella admite que le ha costado aprender un poco.
Nunca fue al colegio, aprendió a leer no sabe cómo y aunque “las letras (manuscritas) se me iban en collera”, se las arregló copiándolas en imprenta para ayudar en sus tareas escolares a los Martínez Rendón, todos nietos del ministro de la Corte de Apelaciones de Concepción, José Martínez Gaensly.
Hoy, junto a otras 60 alumnas, está cursando quinto y sexto básico, gracias a un programa de Chile Califica, tiene planes de jubilarse y añora el regreso de José Antonio Martínez Rendón (28), su regalón.
En octubre, volverá desde España donde está terminando un doctorado en Derecho. Viene a casarse y ella será testigo del matrimonio. “Son tan cariñosos y tan respetuosos esos niños, claro que a mi guagua le di dos veces un par de palmadas por alegador”, evoca.
Cuarenta y un años ha trabajado para la misma familia y en 2010 piensa jubilar. “Quiero darme un tiempo con mi marido; sí, me siento un poco cansada también, tengo que atender dos casas”. Claro, la propia donde la esperan su marido y su hija soltera, y la de Cochrane 575, en Concepción, cuidando ahora a Camila, Diego y Francisca, nietos de su empleadora.
“Estoy a cargo de la tercera generación”, dice bien orgullosa. Y sigue preparando almuerzo para diez personas, como todos los días.
No se queja. La familia le permitió criar y educar de igual a igual a Elena y Eugenia, sus dos hijas hoy profesionales. Tuvo opción de trabajar en otras casas, pero “poder tener a los hijos al lado de una vale mucho más de lo que le paguen. Es muy raro, en ninguna parte aceptan niños”.
Clemencia es la cuarta de 18 hermanos y emigró con su abuela desde Cerro Negro, en Quillón, cuando tenía 10 años. “Ella quería mandarme a la escuela, pero mi tía no la dejó. ¿Para qué…? la escuché decir”. A los 11 empezó a trabajar en casa de un conocido y a los 17 llegó a la residencia de Violeta Sepúlveda. Cuando falleció, la heredó su hija Carolina Rendón, actual empleadora. Cumplir, ser puntual y “saber mantenerse en su lugar”, recomienda, es el quid de una buena relación.
Es más, dice que nunca se sintió discriminada y en el departamento de sus patrones “¡soy yo la que guapeo!”.

La cifra negra

Clemencia Jara, Isabel Hidalgo Sepúlveda (58), Edith Victoriano Caamaño (59) y Cecilia Gutiérrez Medina (44) son sólo algunas de las 37 mil 500 trabajadoras de casas particulares en la Región del Bío Bío (350 mil en el país), tienen sus imposiciones al día, descansos legales y remuneraciones conforme a la ley, aunque existe una cifra no cuantificada de empleo, “en negro”, de trabajadoras informales que laboran sin contrato y sin previsión.
“Por diferentes motivos, empleadores y trabajadoras establecen vínculos fuera de la legalidad laboral, por ejemplo, contrataciones por días y cancelación de manera directa sin registros de ningún tipo”, precisa María Cristina Huerta Fuentes, profesional de apoyo de la división de Relaciones Laborales de la Dirección Regional del Trabajo.
No existen tampoco estudios regionales respecto del promedio de sueldos que perciben, pero hasta hace muy poco la legislación laboral consideraba un 75% del ingreso mínimo legal del común de los trabajadores. La ley 20.279 contempla un progresivo aumento de este porcentaje hasta que en marzo de 2011 sea equivalente al 100% del ingreso mínimo mensual. “Ha habido un rezago importante en este aspecto que aumenta la desvalorización del trabajo doméstico como una extensión de los roles tradicionalmente femeninos, tareas que se hacen y deshacen de manera circular, que reproducen la fuerza de trabajo sin que su aporte quede registrado en las estadísticas económicas”, explica la profesional.
Del grupo mencionado, no todas lo han pasado bien ni han tenido el reconocimiento de sus empleadores. Edith Victoriano (casada, tres hijos, 7 nietos) sufrió acoso sexual cuando joven y confidencia que su patrona nunca está conforme, tiene un carácter fuerte y ella trabaja tensa. “Lo peor que podría pasarme es que tú te fueras o se muriera mi abuela Peta. Son las únicas que me escuchan o aconsejan”, le dice la niña (11) que cuida. Por ella, dice, ha ido posponiendo su retiro.
Cecilia Gutiérrez (la Ceci) es asistente de párvulos; se exige al máximo para que todo quede perfecto y así aprendió a manejar a sus jefes. Prepara comidas sanas y batalla para que no haya golosinas. “Los primeros que crié ya son médicos y donde me ven, me saludan”.
Todas ellas son también testigos de los avances tecnológicos para el hogar y a la hora de las preferencias, la lavadora triunfa y la aspiradora le va en saga (“¡es lo máximo!”, dicen). Las mayores, sobre todo, supieron de lavados a escobilla, hervido de la ropa blanca y de primorosos manteles y sábanas almidonados y azulados. A ninguna le gusta que les impongan uniformes; usan pecheras y se las hacen ellas mismas.

“Nos respetan más”

“¡Ahí si que no, ni me hablen de limpiar patios donde hay perros!…”, declara de partida María Audelia Lienlaf Atenao (53).
-¿Y se lo aceptan…?
-Es la condición que pongo; si me quieren trabajando, tienen que aceptármela.
Por “el billete”, con apenas 17 años y sin terminar el cuarto medio, dejó Melipeuco por Temuco y luego se vino a Concepción; trabajó 16 años en una casa hasta que los niños se casaron, aunque todavía echa de menos a Benjamín, el nieto de la familia que ayudó a criar hasta los 7 años.
“La Odi” nunca se ha sentido discriminada. Aprendió a preparar comidas ricas, y en su nuevo trabajo en San Pedro de la Paz -“voy a cumplir 5 años”- regalonea al jefe con papas rellenas y a los tres niños con ñoquis.
Ella dispone el menú para la familia -“la señora no se mete”-; agradece estar recibiendo intacto su sueldo y que los patrones no sean tan exigentes como antaño. Tiempo ha, en Temuco trabajó para un maniático de la limpieza, dos veces al día tenía que hacer aseo y dejar todo reluciente. “Ahora nos respetan más, ya no hay tantas invitaciones a las casas -he preparado cumpleaños a la chilena para 50 invitados yo sola, aunque con agrado- pero me gusta ser ahí no más, de no tanta confianza con los jefes”.
Nunca se casó ni tuvo hijos y cada dos meses vuelve a Melipeuco. Con su hermana “nos llamamos todos los días por celular”.
A pesar de la crisis que en la Región tiene a 95 mil desempleados (12,2% según cifras del INE para el trimestre mayo-julio 2009) a la Odi no le han rebajado sueldo ni modificado su contrato de trabajo (por horas o días) como están haciendo algunos empleadores, y en Navidad ha seguido recibiendo regalo y aguinaldo. “¡Eso no falla gracias a Dios!”.
María Audelia trabaja de lunes a sábado puertas adentro y apenas deja limpia la cocina, parte a Cochrane 440 donde, al alero de la Pastoral Social del Arzobispado de Concepción, se reúne el grupo de trabajadoras de casa particular.
Allí funciona el sindicato interempresas de trabajadoras de casa particular (personalidad jurídica según decreto 118 del Ministerio del Trabajo y Previsión Social) con 35 socias y 60 simpatizantes. Selma Beltrán (70, hospitalizada) es una de las fundadoras del gremio que nació como casa de acogida y colocación de las mujeres que llegaban desde provincias a Concepción. Clérida Delgado es hoy la presidenta y en su ausencia, por enfermedad, Sara Calabrán Alarcón, tesorera, está al mando.
Esa tarde de sábado llovía “elefantes” en la ciudad, pero todas llegaban contentas y hablando hasta por los codos al curso de repostería (Casa de la Familia, Municipalidad de Concepción), la primera actividad del segundo semestre de 2009. Quieren aprender bien para lucirse en sus trabajos. Ya concluyeron con éxito otro de emprendimiento (Prodemu) y parten con un nuevo curso de primeros auxilios.
“Problemas de contrato y descansos legales (puertas adentro y puertas afuera) son los más recurrentes, aquí les explicamos sus derechos y las orientamos a exigir sus cotizaciones previsionales, sus descansos absoluto de 12 horas entre jornadas, domingos y festivos”. Hoy tienen derecho a una indemnización a todo evento. El empleador está obligado a depositar en la AFP el 4,11% de las remuneraciones de la empleada y ella puede retirar los fondos acumulados si termina la relación laboral por cualquier causal, previa presentación de un finiquito ratificado ante ministro de fe.

Bendicen sus manos

Sara Calabrán (45) almuerza con sus patrones. “Sari”, le dicen, la tratan con cariño y en la bendición de la mesa, la familia pide especialmente por sus manos. Para este “18” prepararía empanadas y en Navidad, galletitas para los niños y pavo a la mostaza.
De Quirihue se vino a probar suerte -“una quiere ser un poquito más que sus raíces”- y ya tiene su casa en Villa Futuro, en Chiguayante. Nunca se casó -aunque pololeó- para dedicarse por entero a trabajar honradamente, a sacar su educación media y a ahorrar para su casa.
“He tenido suerte, hay personas que fiscalizan hasta el café que uno toma o viven preguntando por qué se acaba tan rápido el detergente”, dice. Veintitrés años trabajó con sus primeros patrones (una de las niñas es su ahijada de confirmación), pero por problemas económicos prescindieron de ella. La familia priorizó la universidad de las dos niñas (cuatro en total) y ella, en cambio, podía echar mano a su 4,11% (fondo de indemnización). “Ha habido hartos despidos o les recortan los horarios de trabajo. Si alguien trabajaba de lunes a viernes, las han dejado con media jornada, por día o por horas”, dice.

“El perro o yo”

Como a “la Odi” a Marta Pincheira Aguillón tampoco le gustan los perros. De sus 70 años, pasó 28 en una misma casa y la enrabiaba limpiar la mugre y los pelos que en el sillón dejaba el Pechele, un pekinés bonito, pero hediondo. “O el perro o yo”, dijo y la prefirieron.
Salvo un funcionario naval donde estuvo tres años, cuenta que ha tenido empleadores respetuosos y ha terminado mandando más que sus patronas. “Era déspota, tenía que estar en la cocina no más, pero había buen sueldo, por eso me quedaba”, dice.
Mientras tenga salud o hasta que Dios le diga basta, se propone seguir trabajando. “En todas las casas me he esmerado por agradar con buenas comidas”.
Es de Hualqui, tiene 8 hijos -“en esos tiempos no había tele ni nada”, dice con picardía- y apenas se separó, empezó a trabajar. “Estaban recién casados cuando entré a esa casa y crié a sus dos niños; debí haber ganado más, pero me trataban bien y me fui quedando. El buen trato es lo que uno más valora”.

Andalué, otro mundo

Para la familia de la jueza María Paulina García, en el exclusivo barrio de Andalué, en San Pedro de la Paz, trabaja puertas afuera Mónica Herrera Ocares.
Es casada, tiene a William, su hijo de 26 a punto de recibirse de técnico en Enfermería, vive en Ribera Norte y su esposo está cesante.
“Sería mal hablada si dijera que en 20 años he sido discriminada”. Cuida a tres niños y al primero lo crió en Santiago, donde la jueza, en el marco de la reforma procesal penal, se preparó para sus funciones en la academia judicial. “Estuve un año viajando los fines de semana; yo para acá y el caballero para allá”.
Con su trabajo, logró salir del campamento de la Costanera, es el pilar de la casa y dice que para ganarse el respeto hay que respetar. “Mi familia en Chillán es pobre, se sacrificaron para que mis hermanos egresaran de colegios técnicos, pero nos entregaron grandes valores”.
En Andalué, unas 300 mujeres de Lota, Coronel, Santa Juana y Penco trabajan uniformadas puertas adentro, puertas afuera, por días, por horas; jardineros, conserjes y guardias también. Al principio, para acceder a lo alto del cerro disponían de locomoción pagada por las empresas inmobiliarias; ahora deben costear sus pasajes ($300) o hacer dedo. No siempre las llevan, pero aprovechan el trayecto de 10 a 15 minutos -el grueso sube entre las 8 y las 8.40 horas- para contarse sus cuitas, cuchichear, hacer colectas si alguna de ellas está enferma, indagar por qué no subió la Margarita o la Magaly y en Navidad, intercambiar regalitos. Una vez arriba y cada una en sus caserones bien enrejados y seguros, ya no hay más contacto hasta el día siguiente.
En el exclusivo barrio donde viven empresarios, médicos, abogados, ingenieros y a donde se trasladaron los colegios Inglés, Alemán y Santísima Trinidad, hay que presentar certificados de cuarto medio o de asistentes de párvulos para un puesto de empleada. El promedio de sueldos oscila entre $170 y $200 mil.

Halloween, la fiesta top

Allá arriba, cuenta Mónica, pocos matrimonios practican vecindad; los niños celebran sus cumpleaños en los balnearios de Llacolén, La Posada o en el Estadio Español. Las nanas los llevan y acompañan y desde su sitio “hemos visto pasar cosas ricas (no les ofrecen ni un vaso de agua); en otros, en cambio, nada que decir, nos atienden muy bien. Es que aquí, todos viven en su metro cuadrado”, salvo que se trate de Halloween, la fiesta top en Andalué.
Aquí, “las mayores quejas giran en torno al mal trato; he escuchado que si algunas compañeras se enferman, las reemplazan de inmediato, nuestros empleadores son muy exigentes, pero me excluyo: la señora Paulina es un amor”, ilustra Mónica, quien acaba de concluir el curso de emprendimiento que les dictó Prodemu.
“Una vuelve renovada, nos enseñan a ser tolerantes, a escuchar, a dimensionar un problema antes de actuar, a distribuir y a aprender hablar en público. Por lo general uno se tupe si va a hablar con alguna persona importante”.
Ella también, como Clemencia, tuvo que aprender a leer y a escribir de corrido ya adulta. “Ahora, me puedo expresar bien y sola y no me achico ante nadie. La María Magdalena (6), me corrige y yo me achunchaba un poco, pero estoy muy agradecida de esta familia; si me enfermo tengo su ayuda. Da pena que otras tengan que retirarse o que trabajen sin contratos para poder ganar un poco más. Siempre les digo ¿y si se accidentaran? ¿quién o quiénes responde por ustedes? Pero me miran y se encojen de hombros”. La necesidad es más fuerte.

Computación e inglés

A la empresaria Elena España Vargas, de Osorno, que postula proyectos a las OTEC (organizaciones técnicas de capacitación) y que el Sence compra para desarrollar sus programas de capacitación en alianza con privados, le asombra el número de nanas en Concepción. “¡Aquí sí que se vive el machismo y se nota la colonización española!” Y agrega que de Llanquihue al sur es difícil encontrar jóvenes dispuestas a trabajar en el servicio doméstico a menos que sea una campesina de las islas de Chiloé.
Hace 20 años, desde que llegaran las salmoneras e industrias asociadas -prostíbulos incluidos- la experiencia de vida de las personas y en particular de la mujer, cambió. “Trabajar en casas particulares no está entre las prioridades de las jóvenes; todas quieren aprender computación e inglés para desempeñarse como guías turísticas, mostrando milenarios bosques o sirviendo comidas típicas en sus casas o trabajando en la industria donde ganan entre $250 y $300 mil con turnos de ocho horas. Ya le digo, las salmoneras le cambiaron la vida a las mujeres en el sur”.
Nuestra Mónica también quiere aprender inglés, pero con un motivo distinto: a ella le gustaría ayudar a los tres niños que cuida en sus tareas. “Mis niños son preciosos, la Amparo, sobre todo, es una muñequita…”.

O’Higgins 680, 4° piso, Oficina 401, Concepción, Región del Biobío, Chile.
Teléfono: (41) 2861577.

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