¿A dónde le duele la vida?

“A usted ¿a dónde le duele la vida?”, era la frase que la orientadora familiar Ximena Dávila planteaba hace años, antes de comenzar a trabajar con el Premio Nacional de Ciencias Humberto Maturana, al recibir a las personas que llegaban a su consulta.
Pues bien, hoy día esta investigadora del dolor se convirtió en co-fundadora, junto a Maturana, del Instituto Matríztico, llamado así porque allí se trabaja en “círculos reflexivos” y de conversación para establecer la matriz de vida de una persona y de sus alegrías y dolores.
Leyendo una publicación del Instituto Matríztico, me llamó la atención el término “conversaciones liberadoras”.  La misma Ximena Dávila explica que, en general, las personas asocian el dolor a una pérdida, a una enfermedad grave, pero no a lo cotidiano. Es en lo cotidiano donde se van produciendo nuestras pequeñas heridas, que luego se transforman en dolor y angustia.
En estos “círculos reflexivos” del Instituto Matríztico se da a las personas rienda suelta para las “conversaciones liberadoras”. En ellas dejan fluir su esencia y aprenden a identificar dónde les duele la vida y también a encontrar el bienestar.
Según la publicación, los chilenos somos quejumbrosos y nos quedamos pegados en lo malo, en el punto negro, en el “sí, pero”. Decimos  que estamos “más o menos” o “aquí estamos, dándole” o “poniéndole el hombro”. Rara vez escuchamos a un compatriota decir “feliz” o “contento Señor, contento”, como decía el Padre Hurtado.
Coincidentemente, Olga Pizarro, magíster en Dirección de Empresas de la Universidad Adolfo Ibáñez y Directora de Postgrado de la Universidad del Desarrollo, precisó en el último Encuentro Regional de Secretarias y Asistentes Ejecutivas que hoy en día era necesario tener un mentor o mentora, alguien calificado con quien conversar libremente, para intercambiar comentarios o nuevas visiones de un problema, una especie de orientador de nuestras diarias decisiones y quiebres.
¿Y quién puede ser una persona idónea para tener “conversaciones liberadoras”?  Un coach, un sicólogo o sicóloga, un buen amigo o amiga que sepa escuchar y comprender o simplemente, nuestra pareja, si es que ha cultivado la bendita virtud de la paciencia para ello. Tiene que ser un buen partner y un buen escuchador. De lo contrario, nuestras palabras se las llevará el viento.
Lo cierto es que cuando nos quedamos pegados al dolor y no somos capaces de identificarlo, lo convertimos en una queja y hacemos de la queja una forma de vida.  El camino a la liberación se produce por la propia motivación para estar bien.  Moraleja: comencemos a tener “conversaciones liberadoras” para no convertirnos en quejumbrosos perennes y también dispongamos nuestros oídos para los demás.  Quizás haya personas que nunca han tenido una “conversación liberadora” y por eso viven en una quejumbre eterna. No hay nada más cargante para los demás que los quejumbrosos.

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