A princesa muerta, reina puesta

¿Quién no ha escuchado la expresión “A rey muerto, rey puesto”? Antiguamente, en las cortes, cuando el cadáver del rey fallecido aún estaba tibio, un vocero de palacio anunciaba: “el rey ha muerto, viva el Rey”, aludiendo al soberano que le sucedería.
Tengo una sensación agridulce con la reciente visita de Camilla Parker Bowles, más bien dicho Camilla, duquesa de Cornualles, su Alteza Real, esposa del heredero del trono del Imperio Británico, el príncipe Carlos. Me asiste la leve impresión que todos los que lloramos a la sufriente, glamorosa, encantadora y dulce Diana, de alguna manera la traicionamos.
Ocurrió un fenómeno curioso con la presencia de Camilla. Ella no se viste como Diana. No tiene ese halo de tristeza que tenía Diana. No es candorosa como Diana que, a pesar de sus devaneos amorosos, inspiraba una ternura tal que daban ganas de protegerla de todos los males que había sufrido.
No. Camilla es una mujer maciza, huesuda, consumada equitadora, de anchas y hasta toscas manos. No necesita protección. Pero con ella no existe la distancia. Posee un desparpajo y un encanto tan plebeyo que no intimida. Es más, dan ganas de acercarse a ella y conversar como con una antigua y conocida amiga y preguntarle cualquier cosa, sin protocolo alguno.
Camilla es cercana, espontánea, risueña, entretenida. Dicen que es fumadora empedernida y que le encanta contar chistes. Es una mujer atípica, de esas que se echan el mundo al bolsillo, a sabiendas de que puede perder. Imagino al príncipe Carlos, que jamás ha podido sacudirse de esa rigidez y exceso de flema británica, en una velada a solas con Camilla. Y lo visualizo relajado, ambos con un buen whisky escocés, riendo a mandíbula batiente con los chistes y los comidillos pícaros sobre la fauna real que le confidencia Camilla.
Cuando visitaron la viña Emiliana, en Casablanca, ella no le hizo asco alguno a los mostos orgánicos que probó. Es más, fuera de programa, se acercó a los periodistas, les contó que su padre había sido un gran productor de vinos y que le encantaba el vino chileno.
Cuando murió Diana, Camilla se encerró un año completo. Claro, ella encarnaba a una malvada Cruella, a una rubia de cabellos y vida alborotada que había sido la causante del desgraciado matrimonio de Diana. Sin embargo, emergió en gloria y majestad. Conquistó incluso el cariño de los príncipes William y Harry. Los británicos no ven con malos ojos que algún día sea la reina de Inglaterra.
En la época en que yo la odiaba, le argumenté a mi padre: ¿“pero, qué le ve Carlos a esa rubia desgreñada, teniendo a una princesa de cuento como Diana”? El me contestó: “alguna gracia tendrá”.
No se equivocó. Camilla Shand, su apellido de soltera, tiene la gracia de ser cercana como una mamá. Perdonadas quedaron las peores artimañas que usaba cuando era la amante de Carlos. Como pedirle que en su luna de miel usara las colleras de oro que tenían grabado el nombre de “Gladys”, su seudónimo. Tenemos la memoria frágil. Ya se nos olvidó. Lo cierto es que ella apostó y ganó.

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