Adrián, el estoico niño del campamento Buena Esperanza

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María Angélica Blanco Periodista y escritora.

Se agradece que algunos canales de televisión incluyan en su parrilla programática reportajes que tocan el alma y despiertan sentimientos de ternura, apertura hacia los más débiles y compasión, palabra casi inexistente en un mundo egoísta, violento y cada día más cruel.

Una nota de Chilevisión sobre el campamento Buena Esperanza, asentado en Colina, logró enorme impacto mediático al entrevistar a un niño de diez años, Adrián Moraga, quien, en medio la pobreza en que vive, demostró una extraordinaria resiliencia pese a su corta edad. Cuando la reportera le preguntó si era feliz, Adrián, de inmensos ojos café y serenidad en su mirada, respondió que sí. La periodista insistió inquiriendo cuáles eran sus razones. Él contestó con naturalidad: “Soy feliz por lo que tengo, mi familia, mi hogar, mi mamá y mis hermanos”.

Qué gran lección para nosotros, adultos que teniendo un buen pasar, caminamos por la vida quejándonos y lamentándonos, curvados por la desesperanza.

Su estoicismo emocionó a miles de telespectadores. A través de Twitter, un grupo de personas se organizó para apoyar a Adrián y a su familia llevando cajas con alimentos, vestuario, frazadas, juguetes y otros elementos que hicieran más llevadera su vida en el campamento.

El broche de oro de esta historia llegó cuando un matrimonio, en forma anónima, les donó una casa amoblada, conmovidos por las palabras de Adrián.

En 2016, un catastro realizado por Techo Chile reveló la cruda realidad de estos asentamientos. Más de 38 mil familias esperan y reclaman, con legítimo derecho, salir pronto del hacinamiento y la miseria para habitar en viviendas dignas.

Hoy estamos tan ciegos y alienados por una sociedad ególatra y consumista que no somos capaces de reconocer cuánto tenemos y lo mucho que debemos agradecer. Aprendamos a valorar el techo que nos cobija, la cama que nos acoge o el medicamento que alivia nuestro dolor físico. Y, en especial, demos gracias por contar con una familia a la que amamos y que nos ama, pues no hay mayor riqueza que el mundo de los afectos.

Le envío mi cariño y admiración a Adrián por su nobleza, madurez y coraje frente a la adversidad. Él, sin duda, nació con el don de mirar el mundo con los ojos del alma. Deseo que pronto todos los pobladores  de Buena Esperanza  sean escuchados y, al igual que Adrián,  tengan acceso a lo que merecen: una casa donde albergar sus sueños.

O’Higgins 680, 4° piso, Oficina 401, Concepción, Región del Biobío, Chile.
Teléfono: (41) 2861577.

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