Afrontar la información en tiempos de pandemia

Horacio Salgado Fernández Director de Escuela de Psicología, Universidad San Sebastián.

En la primera escena de El rey Lear, Shakespeare presenta un monarca incapaz de comprender lo que su hija, Cordelia, le explica con absoluta claridad. Esa torpeza, esa interpretación equívoca y apresurada de las palabras de su hija, constituyen el germen de una tragedia que cobrará numerosas vidas. Ser prudentes con la información puede ser ciertamente una juiciosa inmunización en tiempos de pandemia.

De manera creciente, hemos estado recibiendo informaciones sobre la situación sanitaria en el mundo. El surco estadístico que cada país va imprimiendo en su historia colectiva es un tipo de información al que nos vamos acostumbrando. Cuando Nueva Zelanda parece haber contenido el avance de contagios, y la cantidad de fallecimientos en España, Italia y Nueva York declina tras varias semanas abrumadoras, pareciera que nuestro país recién empieza a deslizarse hacia el periodo más sombrío de la temida curva.

La especial información que provee la investigación científica ha acaparado la atención de los medios de comunicación y, a través de estos, de la ciudadanía. Se ha evidenciado, por cierto, un aumento inaudito de publicaciones científicas sobre el famoso virus. Un periodista del diario español El País citó, a inicios de mayo, a un investigador de la Universidad de Granada, quien asevera que, si desde 2004 se publicaban unos 3.000 artículos científicos al año sobre coronavirus, actualmente se publican 700 por día. Si a eso sumamos las cifras estadísticas que los ministerios de Salud de cada país reportan sistemáticamente, nos enfrentamos a un exceso de información que, desde luego, dificulta la comprensión mesurada que se quisiera.

“Así las cosas, comprometerse con testificar los hechos y distinguirlos de los datos, las estadísticas, las inferencias, las hipótesis y las interpretaciones, nos permitirá, si no evitar lo que resta de pandemia, al menos eludir desventuras intelectuales y sociales”.

Curiosamente, un artículo publicado en Nature, el 30 de abril de 2020, cuya  autoría firman más 40 científicos sociales adscritos a prestigiosas universidades- nos recuerda una pista, entre otros numerosos aportes, para enfrentar la pandemia: la antigua “teoría de la inoculación”. En muy pocas palabras, esta teoría propuesta en 1961 usa la analogía de las vacunas para explicar que, si una persona es expuesta a dosis debilitadas de un argumento persuasivo, suficientemente fuerte como para activar su “sistema inmune” de creencias o actitudes, pero no tan fuerte como para abrumarlo, será menos susceptible posteriormente, por ejemplo, a información falsa. Este tipo de entrenamiento: someternos nosotros mismos a información persuasiva para confrontarla y analizarla críticamente -sugiero- podría ser un ejercicio intelectual permanente respecto de la información a la que nos exponemos día a día, tanto desde los medios de comunicación como desde las redes sociales.

Los casos de artículos científicos publicados durante esta pandemia que, debido al apremio de la crisis, han eludido el tiempo habitual que consumen las revisiones editoriales y que han terminado siendo retirados de las revistas tras detectarse errores en sus procedimientos, ilustran la necesidad de estar alerta, incluso, ante información que en primera instancia pareciera fidedigna. Si, adicionalmente, las cifras estadísticas de los países han estado en permanente tela de juicio respecto de los criterios para categorizar los casos y, por ende, para permitir comparaciones útiles de la evolución a nivel mundial de la pandemia, el panorama se torna incluso más delicado.

Así las cosas, comprometerse con testificar los hechos y distinguirlos de los datos, las estadísticas, las inferencias, las hipótesis y las interpretaciones, nos permitirá, si no evitar lo que resta de pandemia, al menos eludir desventuras intelectuales y sociales.

Permanecer alerta ante la información que recibimos, detectar las llamadas fake news, evitar compartir datos sin evaluar la fuente, además de ser cautos en tomar decisiones basadas en información parcial o poco asentada, constituyen parte del entrenamiento racional que podría ayudarnos a precaver errores interpretativos frente a la copiosa información que seguiremos confrontando durante los próximos meses.

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