Alberto Fuguet: “Ahora creo en el cine de guerrilla”

Lo admite abiertamente: el autor de la ya clásica novela “Mala Onda” aún está dolido por la falta de recursos que cancelaron la producción de “Perdidos”, su segundo proyecto cinematográfico como director. Sin embargo, lejos de bajonearse, vive el duelo a su manera: con nuevos y numerosos proyectos, siendo el lanzamiento de “Mi cuerpo es una celda” -la autobiografía del mítico Andrés Caicedo- lo que más lo apasiona por estos días. Un libro en el que se encargó de la dirección y montaje y cuyo personaje resultó ser un auténtico eslabón perdido para McOndo, su causa personal. Su agenda también incluye el lanzamiento de su próximo cortometraje, su vuelco hacia el “cine de guerrilla” y la preparación de “Missing”, su próxima “novela gráfica”. Es que aunque sea “por la razón y la fuerza”, Fuguet seguirá inserto en el mundo del cine. Y acá nos cuenta el por qué.
Nos juntamos temprano en la mañana, en un café Starbucks del sector alto de la capital. El lugar se caracteriza por un ambiente formal-distendido, de garzones que te tratan como si fueras un viejo conocido y de yuppies ensimismados durante horas en sus notebooks. Alberto Fuguet de Goyeneche (44), de bermudas y polera, entra y saluda relajado. Todo es muy, muy, gringo, pienso, tal como este cosmopolita autor nacido en Santiago de Chile, pero criado hasta los 13 años en Encino (California, EE.UU). Titulado de periodista en la Universidad de Chile, desde la edición en 1990 de su serie de cuentos urbanos “Sobredosis”, su obra lo ha encumbrado como el máximo representante de la “Nueva Narrativa Chilena”: escritores que, básicamente, abrazan una libertad estilística cosmopolita y urbana, plasmada en personajes que generalmente bordean lo freak y cuyo universo gira en torno a la cinefilia, la musicología, los vicios y una disconformidad latente con sus entornos. Esta suerte de movimiento generacional (término que, por cierto, el también autor de “Por favor rebobinar” odia por estos días) llegaría a  su cénit en 1996 con McOndo, una antología de jóvenes escritores editada junto a Sergio Gómez que se planteó de forma directa en contra de movimientos ya por ese entonces completamente establishment, como el Realismo Mágico Latinoamericano.
Su actividad no ha parado desde entonces, ramificándose y entrecruzándose en sus diversas facetas como periodista, columnista, crítico de rock y de cine, guionista y director. Y también, desde ahora último, cinépata, nombre acuñado a su productora y con el que también denominará a su nuevo sitio web, un espacio que destinará a la descarga y difusión de sus propios proyectos. El primero en la lista será el lanzamiento de “Dos horas”, su primer cortometraje oficial, una historia de 25 minutos ambientada en el Aeropuerto Internacional de Santiago, y que contará con la actuación del actor Pablo Cerda. Lo más curioso es el formato: el proyecto fue grabado en su totalidad con una cámara fotográfica digital común y corriente, en un concepto que Fuguet denomina de “guerrilla total”. Es decir: hazlo tú mismo.
Es que el ex editor de la Zona de Contacto noventera no se rinde: si “Perdidos” (con un guión basado en la historia de “El empampado Riquelme” de Francisco Mouat)  no pudo ser su añorado segundo largometraje por falta de platas, de todas formas verá la luz: esta vez como una nueva “novela-gráfica” que llevará el mismo nombre del frustrado filme.
-Este proyecto, Perdidos, ahora como novela gráfica, se ve bastante similar a tu anterior trabajo “Road Story” en el que trabajaste junto al dibujante Gonzalo Martínez…
-Parecido, pero bien distinto, porque eso fue una especie de adaptación de un cuento que ya existía (incluido en la compilación “Cortos”, 2004). Yo creo que el título real de “Road Story” sería como “Un cuento gráfico”, porque tampoco es tan grande. Y probablemente me sienta un poco culpable de que no haya escrito el guión. Este guión que escribimos (el de “Perdidos”), al no poder filmarse, debíamos ahora adaptarlo. Me junté con un dibujante y quedé impresionado porque hizo un cálculo, empezó a hacer viñetas, y me dijo que daba para 400 páginas. O sea, hagamos una novela de verdad, y ahí, a diferencia del cine, da lo mismo cuánto dura. Yo quiero seguir filmando, ahora creo harto en el cine de guerrilla, en el cine de garage; poco a poco, durante estos seis meses que vienen iré armando la “moral garage”. Básicamente, todo a la larga va a ir al sitio cinépata.com; fundar el cine que yo siempre he querido tener o que exista, hacerlo digital: ya que el mundo no te hace caso, creo que uno tiene que estar obligado a crear su propio mundo.

Caicedo, el pionero

Colombia tiene a su Jim Morrison: es Andrés Caicedo, escritor “compulsivo”, crítico de cine, melómano, dramaturgo y aspirante a director. El 4 de marzo de 1977 fue encontrado muerto en su casa, derribado en su máquina de escribir tras una sobredosis de Seconal, un fuerte ansiolítico del que -según la leyenda- habría consumido, de un solo trago, sesenta pastillas. Tenía sólo 25 años y horas antes había recibido por correo el primer ejemplar de “Qué viva la música”, la novela que se transformaría en el libro de culto colombiano por excelencia. Calificado como un “joven dañado”, temeroso y tartamudo, pero, al mismo tiempo, de bohemio, irreverente, drogadicto y salsero, Caicedo integró una familia de clase alta ubicada en Santa Teresita, un exclusivo sector del Oeste de la ciudad de Cali. Diferente y desadaptado a su entorno, desde muy joven desarrolló fuertes aspiraciones artísticas, legando una obra que incluiría la fundación del Cine-Club de Cali, la mítica revista especializada Ojo al Cine, más un par de libros de relatos, dramaturgias, y novelas como la ya mencionada “Qué viva la música”, donde escribiría bajo el alter ego de una mujer llamada “María del Carmen Huertas”.
En definitiva, Caicedo -cuyo rostro en Colombia aparece estampado en poleras y afiches- parecía estar eternizado a encarnar la vieja consigna del ídolo live hard-die young, si no fuera porque Alberto Fuguet encontró hace unos años un libro suyo en una librería limeña. El impacto fue profundo para el escritor, no sólo por la historia y aspecto de su juvenil y malogrado colega, sino porque logró encontrar en su estilo deslenguado y casi barroco un cómplice de lo que su propia prosa venía desde hace años proclamando. La investigación no se hizo esperar, Fuguet tomó el trabajo como un verdadero documental, y tras algunos años indagando entre sus familiares, amigos, archivos, más muchísimas cartas y reseñas (tantas que hasta es considerado como “el primer bloggero”), nace su actual trabajo “Mi cuerpo es un celda”, editado por Norma y denominado como una autobiografía póstuma dirigida y montada por Fuguet.
-Sé que realizaste una visita de promoción del libro en Argentina ¿Cómo estuvo eso y qué expectativas tienes de tu periplo por Colombia?
-Yo le tengo mucha fe, en Argentina están vueltos locos con Caicedo; Argentina es un país súper xenofóbico, que no les interesa nada el resto de América Latina, que el último libro latinoamericano que le ha ido bien es justamente “Cien años de soledad” (risas). Yo creo que por el pelo largo ayuda, fue portada de Clarín, de Página 12. En Colombia creen que puede provocar casi una revolución, por la idea de cortarle el pelo (a Caicedo), porque por el establishment está como mirado en menos también, como una especie de rockero, drogadicto; también creo que a los rockeros, drogadictos este libro les va… no sé si a molestar, pero creo que claramente demuestra que era más intelectual, mucho más inteligente, mucho más autista, mucho menos estrella de rock. Pero sobre todo en Cali, los afiches y las poleras de Caicedo no van tanto por el cine, van como por la figura, incluso física y estética. Yo creo que este libro va a demostrar que era mucho más que un graffiti. Y creo que va a demostrar que era un escritor.
-¿Cuál es el origen de tu interés por los antihéroes o personaje looser? Sé que tus influencias literarias primarias bebían de J.P. Salinger o Bukowsky, pero me llama la atención la ausencia de otro tipo de perfiles, como los ganadores o los criminales…
-A mí los criminales en general no me interesan, pero podría ser un criminal que yo pudiera conectar con él. Ahora me gusta Dexter en la tele. Creo que el disco duro de un escritor se llena y a cierta edad se formatea. Esto está casi probado hasta clínicamente. Y mi disco duro está formateado a poder sentirme súper conectado a gente looser, gente que no está tan adentro, tan conectada, que podría ir a una comida, pero se sentiría un poco fuera; no es un gueón que viva debajo del puente, no es un gueón desagradable. A mí no me interesa la gente que vive debajo de los puentes, cachai, que anda pasada a transpiración, no sé, ese mundo muy como marginal. Y es raro, yo a Bukowski lo leí en su momento, pero realmente esa gente no me interesa. Mis personajes son levemente perdidos, pero tampoco haciendo el ridículo, cachai, como más buscándose, interrogándose.
-¿Qué crees que pensaría Caicedo del cine americano de hoy? Dada su afición a autores más bien clásicos como John Ford, Elia Kazán, Bogdanovich, Hitchcock, Welles, Peckimpah, etc ¿Por quién se inclinaría hoy?
-Yo creo que como buen cinéfilo siempre encontraría buen cine. Uno sabe que casi siempre Hollywood es una mierda, uno ve en los años 70 la cantidad de películas malas que hubo, un montón de películas que desaparecen también. Está la idea de que todo tiempo pasado fue mejor. Yo creo que efectivamente los 70 fue la mejor década, pero a lo mejor van a venir de nuevo. Pero un cinéfilo siempre tiene que tener un poco de fe y también tiene que practicar lo que se llama la arqueología, o sea, si todo está malo no puede llegar y decir “el cine murió”; de repente ver en “Top Gun” si hay algo o empezar a buscar, inventar cineastas y eso es lo que siempre hay. Ahora, Hollywood también es muy difícil, ahora Hollywood es Wong Kar Wai, con Jude Law y Natalie Portman que es una mierda, pero bueno, Woody Allen hace películas en español, o sea, ¿ah? a Barcelona, y hay cineastas de otras partes también, y también está todo el movimiento digital.
-Leí una columna tuya donde evidenciabas tu rechazo al “síndrome Rotterdam”, en relación a los festivales que prefieren sólo un determinado tipo de cine latinoamericano: centrado en lo rural y que defines como el club de los “niños pobres cosmopolitas” ¿Sientes despecho porque tu cine no responde a esos cánones?
-A ver, yo creo que siempre uno habla por la herida. Y a mí las únicas confesiones que me interesan son por la herida. Y ahí yo  lo hice público. Dije que había perdido, y uno de los motivos por los que escribí ese artículo es porque Rotterdam, si mañana yo estoy débil, y caigo, y trato de tener plata, para que ellos me rechacen.
Para mí es muy importante cuando uno detecta a un enemigo el enfrentarlo,  eliminarlo o, al menos, eliminar en uno las pulsaciones para tratar de ser como ellos. Algo que este Gobierno no hace (ríe). El Gobierno aquí sólo está interesado en seducir al enemigo, y no a la gente.
-Hablemos de cine chileno, entre “Tony Manero” y “La buena vida” ¿Con cuál te quedas?
-Tony Manero. A mí me parece que es una película más rara, y más extraña, más jugada. De “La buena vida” me molestó una cosa: decir que la gente que vive en Santiago centro son unos loosers. Me molestó la ideología: me pareció como que alguien de Vitacura que va a ir a filmar el centro y dice que toda la gente que vive en el centro es perdedora… me parece que no es verdad, yo no estoy de acuerdo, y no creo que el Gobierno este sea el peor de los gobiernos que han existido. Me parece que decir que la Concertación es lo peor que le ha pasado a Chile no es verdad. Y que el Transantiago arruinó la vida de los seres humanos, me parece que no es verdad. Me parece una película ideológica, que está más interesada en las ideas que en los personajes. A mí me encantó el personaje del músico, me da la impresión que podría ser amigo de Gastón Fernández; pero a la larga, el termina frustrado porque le parece que es como atroz ser paco. Si yo hubiera hecho eso, habría hecho la historia de un gueón que le parece patético ser paco, y que de repente, descubre que puede ser entretenido ser paco, que puede tener amigos, que es mucho mejor ser músico carabinero que de la Filarmónica, ¿cachai? A mí me cayó un poco mal eso.
– Se han hecho obras de teatro en Colombia ¿Llevarías la historia de Caicedo al cine?
-Yo no haría una película, pero si hubiese una película que yo recomiende, habría dicho que no se hiciera toda su vida, porque no me gustan las películas que abarcan tanto. El viaje a Estados Unidos me parece que es notable, podría ser una película entre el “Rey de la comedia” y “Taxi driver”: un tipo solo vagando por una ciudad ajena, y llega ser entre cómico y patético. El tipo andando a pie en una ciudad que sólo se puede andar en auto, o sea el tipo se equivocó claramente, yo creo que nunca se recuperó de ese viaje. Se le queda la máquina de escribir en el aeropuerto de Miami.
-¿Sería demasiado clisé partir con la escena de Caicedo muerto, apoyado sobre su máquina de escribir? Aunque, por otra parte, sería más vendedor…
-No, no, pero yo creo que tendría que ser como un gueon bajándose de un avión y se le pierde la máquina de escribir. Podría hacerse una co-producción buena… Gael García, no sé (risas).
-¿No Benjamín Vicuña?
-No, no. Ya no.

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