Alcalde Adolfo Millabur: "Es tiempo de ponernos de pie"

El primer alcalde mapuche del país que llegó a la Municipalidad de Tirúa sin saber firmar un cheque, propicia una Constitución plurinacional y ello no significa independencia, asegura. Por 14 mil años de historia pide respeto y consideración y, en el movimiento estudiantil visualiza la nueva forma de entenderse o contrato social que requiere un Chile todavía piramidal. “En esa fiesta vamos a entrar nosotros”, dice.

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Fiel a sus raíces, instaló su casa en el sitio de su abuelo Domingo Millabur, ahí mismo en El Malo, a 35 kilómetros de Tirúa, en la comunidad donde creció junto a sus ocho hermanos y otros tantos amigos con los que caminaba 30 kilómetros diarios hasta la escuela de Antiquina. Se levantaba a las cinco de la mañana y entre juegos y peleas por el camino, llegaba a media mañana y después de dos o tres horas en clases, reemprendía el viaje. De noche estaba otra vez en casa.

Ni sabe cómo aprendió a leer, confidencia este primer alcalde mapuche del país en 1996, que ya va en su cuarto período con uno de “vacaciones democráticas” entre medio. Tenía, entonces, 28 años y experiencia como concejal, pero ni idea de firmar un cheque. “Si yo fracasaba, quedaba de ejemplo que el mapuche no era capaz ni siquiera para dirigir una comuna como Tirúa. El reto era difícil: primero traerles soluciones de la vida cotidiana a los tiruanos (no todos mapuche) y, al mismo tiempo, tenía que ser un espejo para mi pueblo. Con esa carga tuve que gobernar durante los dos primeros periodos”, dice.

Pero pasó la prueba de la blancura y pronto estuvo en las comunas adyacentes proclamando a otros candidatos de la etnia. Hace poco, como autoridad y dirigente de la Identidad lafquenche, participó en el encuentro empresarial Erede 2014, en SurActivo, en Talcahuano, donde apeló al mejor trato que espera para su pueblo tanto desde el Estado como del empresariado y de la necesidad de recuperar y preservar los recursos naturales del Wallmapu -el todo- del que cada humano es sólo una parte.

“Nadie está en contra de que se produzca madera, pero seamos responsables y respetemos el medio ambiente; si no cuidamos las macro y micro cuencas; si no cuidamos los acuíferos no solamente el alimento va a escasear; también el agua. Sin madera se puede vivir pero sin agua, no”, advierte Adolfo Millabur Ñancuil (48), bien convencido de que el pueblo mapuche está hoy en mejor pie para cristalizar sus demandas: una nueva Constitución plurinacional con relaciones interculturales que implique redistribución del poder.

Y cuando habla de “pluralidad”-enfatiza- habla de “cohabitación”, del respeto al otro en la dimensión que le corresponde; subraya que no se trata de expulsar ni a uno ni a otro, sino que de dialogar y de entenderse en forma fluida y con reglas distintas a las actuales que siguen siendo piramidales en Chile.

-Un Estado dentro de otro Estado…

En Ecuador, Colombia y México el concepto plurinacional la lleva. Y en Chile, por ignorancia lo confunden con independencia. Ese concepto de “un estado dentro de otro estado” que balbucean los políticos no existe ni siquiera en otro planeta. Eso es independencia y ningún mapuche está pensando en ello. Lo que está pidiendo es respeto, cabida, valoración y sobre todo reconocimiento a sus derechos. A la pluralidad le sumo reglas de juego interculturales, con entendimiento intercultural. Una cosa es la declaración de plurinacionalidad y otra cómo se explica. Para mí la interculturalidad es la explicación de la misma Carta Magna. Cuando hablo del Wallmapu (del todo), del itrofilmuñen (todo tiene vida y acción entre sí, lo que se ve y no y todos son importantes), y del kumuñen (el vivir bien) ¿en qué parte de la institucionalidad existe hoy como concepto y conducta de vida? Entendiendo esto, la conducta de vida en Chile debería ser distinta. Hoy, en el discurso se ha instalado que el concepto interculturalidad es lo mismo que pueblos indígenas. Yo soy intercultural por la fuerza; me obligaron. Los que no son multiculturales son el resto de los chilenos.

-¿Qué debiese ocurrir para que consideren sus planteamientos y haya finalmente un reencuentro?

En los 60-70 la Izquierda nos consideraba uno más en la lucha de clases; nunca entendió que éramos un pueblo distinto. Los políticos de la época no lograron entender que estaban tratando con un pueblo que tenía idioma, reglas, una cosmovisión distinta. Como malos cirujanos, no fueron capaces de usar bien su bisturí; estaban equivocados en su diagnóstico.

Hoy, tenemos capacidad de diálogo político para hacernos entender con los actores actuales; yo tengo esperanzas, más que los que tienen deformación política, en este movimiento estudiantil que Chile está produciendo, que generó y provoca convulsiones y que ya se está olfateando que encabeza una nueva forma de entenderse. En esa fiesta vamos a entrar nosotros. 

Tenemos que discutir sí otras agendas en función del movimiento estudiantil que propuso cambiar los nuevos paradigmas que Chile se tiene que dar; eso significa discutir el uso de los recursos naturales. Cómo vamos a seguir siendo exportadores de materia prima y no generar valor agregado. Cómo vamos a seguir saturando el recurso agua en circunstancias que sabemos que va a ser un problema serio en 30 o 50 años más. Cómo tan irresponsables. Todas esas cosas hay que discutirlas y no perderlas de vista.

-¿Y qué dice de los grupos más radicalizados que pretenden, al parecer, lo mismo, pero por el camino de la violencia?

Hay una diversidad de miradas en el movimiento de los pueblos originarios producto de una falta de entendimiento entre una cultura que invadió un territorio, no nos respetó y nosotros. Producto de eso, los grupos humanos tratan de expresarse de distinta manera como sucede en la religión y en los partidos políticos. Chile está unido como un sólo país pero tiene diversas miradas. El pueblo mapuche lo constituyen seres humanos que están cruzados por distintas miradas y expresiones. Yo me hago responsable de las expresiones que trato de promover y el concepto que, creo, es una salida al entendimiento con el otro.

-¿Hay solución después de un hecho tan grave como el asesinato del matrimonio Luchsinger?

Yo soy una de las personas que valora la vida y lamenta las muertes del lado que vengan, pero también lamento que en los últimos 15 años hayan muerto jóvenes mapuche y no se les haya dado la misma connotación ni la misma publicidad del matrimonio Luchsinger. ¿Qué pasa con Alex Lemun? El funcionario que lo asesinó está en servicio activo. ¿Qué pasa con Matías Catrileo y con los otros jóvenes que han muerto? No hay nadie detenido y eso está demostrando que la justicia no está operando. Son síntomas de un conflicto no resuelto.

-¿Usted avala esa violencia que están cometiendo grupos radicalizados?

Cuando digo que amo la vida no sólo la de las personas sino de todo lo que existe en el Wallmapu, estoy diciendo que yo creo en la paz. Pero lograr la paz no significa sacrificar la justicia. Son hermanas. No podemos hacer valer la paz eliminando la justicia. Es un desafío de país, y no creo que sea imposible.

-¿Sólo la recuperación de más tierra sería para ustedes un camino de solución para alcanzar la paz?

Es la principal. No podemos desarrollarnos como pueblo en lo abstracto; tiene que ser en un territorio.

– Pero desde la cultura occidental -como dice usted- se les representa que para qué quieren más tierras si no son capaces de hacerlas productivas.

 Hay varias formas de ver la vida en función de lo que es la economía; sobre todo en términos de desarrollo humano. No tiene por qué ser la mirada occidental la regla de oro que tenemos que seguir. Si a mí me entregan un predio de 100 hectáreas y no tiene la misma rentabilidad que el anterior ocupante, puede ser mirado de una manera negativa, pero a lo mejor el mapuche quiere que vuelva la vida ahí; a lo mejor el monocultivo que se daba ahí (pino y eucalipto) estaba eliminando la vida como el agua. Tenemos la desertificación de los suelos. ¿Qué significa para mí recuperar tierras? Volverles a dar vida, donde vuelva a crecer el bosque nativo, el agua, la biodiversidad. Pasará un tiempo, por cierto y para los cánones y las mediciones actuales vamos a ser improductivos, pero vamos a terminar siendo un reservorio de vida. Ya verá.

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-¿Cuántas hectáreas han recuperado ya?

Los gobiernos han entregado cifras muy manejadas para poder mostrarse como buenos ante el país. Se habla de alrededor de 600 mil hectáreas, pero si uno va a la letra chica, esas 600 mil hectáreas son tierras que siempre han ocupado las comunidades en el sur y zona precordillerana; lo que se ha hecho es regularizar. El Estado no aumentó las tierras; simplemente las reconoció con un papel.

-¿Cómo así…?

En Tirúa, no más, para que pudieran acceder al subsidio habitacional, si había un padre de familia que tenía 10 hectáreas, le entregó una a cada uno de sus hijos. Sumado de esa manera, aparece una cantidad importante, pero es la misma tierra que han manejado los mapuche. No podemos desconocer que la Conadi ha comprado tierras en conflicto a través de la Ley Indígena que así lo permite, pero ¿será eso el 50 %? El resto son regularizaciones que se han hecho en las zonas rurales donde siempre han vivido las comunidades.

Uno no tiene los medios de comunicación a su disposición para poder contrarrestar esta información que se transforma como una verdad absoluta. Eso lo impacienta a uno: ¿cómo pueden mentir tanto…? Es un discurso direccionado para producir tranquilidad en la audiencia que son los chilenos conscientes de estas injusticias que se cometen con los pueblos originarios.

Sin vaquilla y sin licor

Adolfo Millabur se ríe cuando evoca que, con 24 años y siendo candidato independiente a concejal en las municipales de 1992, junto con su comando – cinco exalumnos y compañeros suyos del Liceo C-90 de Tirúa- se anticipaban a los encuentros de los candidatos clásicos y las comunidades donde, con trago y vaquillas se conquistaban los votos. Llegaban, cuenta, una hora antes, y “a loma abierta” él predicaba y hacía conciencia entre los suyos de lo que esa práctica significaba: los hombres comerían y beberían y al final de la jornada, ebrios, llegarían a la casa y golpearían a sus mujeres e hijos.

Él, en cambio, con su comité creativo, habían acuñado la frase “Sin vaquilla y sin licor, Millabur es lo mejor” y lograron instalar su discurso. “Eso le hizo mucho sentido a la gente, sobre todo a las mujeres; empezaron a reflexionar cómo con vino y carne les ganaban la voluntad de un voto”, tal como años ha, por el relato de su padre Juan José Millabur, se había enterado de que los candidatos clásicos ofrecían a los mapuche zapatos. Pero, para asegurar el voto, le entregaban uno sólo y el otro, si triunfaba.

En esa oportunidad, cuenta, sólo quisieron aprovechar la coyuntura eleccionaria como una herramienta para medir cuántos mapuche podían votar por un mapuche rompiendo la práctica de repartir vino y sándwiches con mortadela o en el caso de los más pudientes, matando un animal. “Yo, por convicción y porque no tenía plata para eso, nunca lo hice”. Aún así, obtuvo la primera mayoría como concejal.

Casi la misma satisfacción experimentó en Erede 2014 cuando uno de los expositores comparó las realidades disímiles entre Vitacura, en la capital, y Tirúa, al sur de la provincia de Arauco, y se compadeció con los malabares que tenía que hacer el “pobre alcalde” con salud, vivienda, seguridad y todo lo que implica el manejo de una comuna de 11 mil habitantes que vive de la pesca, el bosque y de la agricultura.

“Somos los más pobres de Chile, es cierto, pero me sentí como Usain Bolt (el atleta jamaiquino insuperable en su marca de 9.58 segundos en 100 metros) frente a Vitacura porque ellos, a pesar de contar con más recursos, no tienen idea de cómo funcionan los mapuche, cómo se relacionan con el otro y cómo perciben el tema de la tierra, el agua y su cosmovisión. Hay mucho por construir, descubrir y entender de nosotros. Por eso digo que el cambio de paradigma pasa por un nuevo contrato social, donde los pueblos originarios sean valorados, respetados y entendidos como tal. Eso significa que hay que hacer una relación de dos vías, en dos direcciones, desde lo mapuche a lo occidental y viceversa. Hay conocimiento, por cierto que lo hay, pero también debe haber diálogo de las partes”.

Y agrega que Chile va galopando al precipicio y aunque no nos damos cuenta, por la premura de los bonos de producción en la empresa privada y en los servicios públicos, nada importa para avanzar y escalar. “Hay que repensar Chile, a algunos no les gustó mucho en Erede que yo les participara de un nuevo contrato social, de una nueva Constitución. Esto no tiene que ver con la voluntad del empresariado por cambiar las cosas. Es de naturaleza del empresario rentabilizar al máximo sus ganancias, pero no podemos dejar a su voluntad que se autorregule. Tiene que haber una nueva Constitución donde el Estado garantice derechos de sus ciudadanos y eso significa derechos de tercera generación, que son los derechos colectivos”.

Zona roja

Se acuerda este alcalde cuando recién promulgada la Ley Antiterrorista, en el gobierno de Ricardo Lagos, en 1999, a la cabeza de mil peñis cabalgó 200 kilómetros desde Tirúa hasta Concepción en protesta por ese cuerpo legal, por la Ley de Pesca y el derecho de los lafquenches como él al mar, por la tierra y “la invasión” de las empresas forestales en Arauco.

Fue el 12 de octubre de ese mismo año y a las huestes araucanas se fueron sumando simpatizantes de la causa mapuche al punto que la prensa de la época habló de 12 mil manifestantes frente a la Intendencia del Biobío ubicada, por entonces, frente a la Plaza de la Independencia donde hoy comparten el espacio público -espalda con espalda- Pedro de Valdivia y Lautaro.

“Cuando atravesamos el Bío Bío, sentí que estábamos construyendo un hito”, dice, pero no volverían a cabalgar. Chiste repetido no es chiste, asegura, aunque de ser “una zona de bárbaros” como años atras motejó a Arauco El Mercurio de Valparaíso, hoy sean una zona roja, de terrorismo o de conflicto. “Son estigmatizaciones que hay que enfrentar y no tengo problemas en ello; al final no es el conflicto mapuche por sí mismo; nosotros no somos amebas. El conflicto es con otro, con el Estado que no ha sido capaz de respetar los derechos de los pueblos originarios. Yo, por lo menos, me siento más tranquilo viviendo en una zona de conflicto; cuando veo que en Santiago o en Concepción asaltan a mano armada, violan, se meten a las casas o atropellan porque van conduciendo ebrios. Mi reflexión es: si yo vivo en una zona de conflicto, allá entonces es una zona de peligro donde la vida es más compleja todavía”.

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Y enfatiza que todos los gobiernos han manejado el conflicto como un problema político-delictivo y por eso se ha aplicado la Ley Antiterrorista, pero en realidad es un problema de Estado, dice, y así se lo representó al ofuscado ex ministro del Interior José Miguel Insulza en 2005, durante el gobierno de Ricardo Lagos, con quien, en La Moneda, tuvo el siguiente diálogo:

JMI: ¿Y cuándo van a dejar de hacer problemas ?–me preguntó bien ofuscado-.

AM: ¿Y qué sabe usted de los mapuche?-le dije-.

JMI: Lo que aprendí en el colegio, pus huevón –me respondió-.

AM: ¡Ah! Ésa es la historia de (Sergio) Villalobos; le contaron la historia de los que vencieron en nuestro territorio; no la nuestra en que fuimos aniquilados y abandonados a nuestra suerte.

JMI: Sí, tienes razón –me dijo-.

AM: Y usted, como gobierno, que no tiene ideas de quiénes somos y cómo vivimos, ¿con qué autoridad pretende solucionar un problema?

JMI: Sí, pero estoy en el gobierno y tengo que tomar determinaciones-me contestó-.

AM: Le retruqué: ¿usted mandaría a su hijo a hacerse una cirugía con una persona a sabiendas que no es médico….?

JMI: No, -me dijo.

AM: Entonces, ¿por qué se ponen a tomar determinaciones sobre nosotros desde la ignorancia; se las dan de doctores no siéndolo; nunca han dialogado fraternalmente con nosotros y han tomado decisiones desde la desconfianza. Es el punto de quiebre de una ignorancia que falta develar.

-¿Y usted diría que hoy se mantiene la misma actitud a pesar de todos los esfuerzos que se están haciendo para una mejor calidad de vida entre ustedes?

Cuando uno se sienta a conversar con un funcionario de Estado, uno se da cuenta que tienen ganas de hallar soluciones, pero no tienen conocimientos; tienen voluntad, pero no saben cómo abordarlo. Parten de una serie de prejuicios negativos y el diálogo no se hace fructífero. Hemos tocado fondo, nos redujeron a la pobreza extrema, a los territorios menos apetecidos, a las montañas, a las zonas más agrestes y a las tierras menos productivas, pero como somos un pueblo con 14 mil años de historia nos hemos mantenido cohesionado. Ya tocamos fondo y nuestra gente está levantando cabeza; se está parando con autoridad, con conocimiento de causa. Ya aprendió a descifrar la cultura occidental.

   Hoy, tenemos la oportunidad de llegar a acuerdos por la vía del diálogo, del entendimiento sin tener que renunciar a nuestros derechos. Estamos en una etapa de reconstrucción de nuestra historia y del pensamiento como pueblo después de una guerra en que fuimos abatidos y reducidos por el Ejército chileno. En 140 años no ha existido –como en el fútbol- el fair play. Que se mueran, nos dijeron, y nos abandonaron a nuestra suerte. Hace 40 años, con las empresas forestales vivimos la contrarreforma agraria. La gran cantidad de tierras en conflicto con las madereras son tierras que estuvieron en nuestras manos durante la reforma agraria (gobierno de Frei Montalva), que volvieron a ser del dueño anterior o de la Conaf y la Conaf se las entregó a las empresas forestales. O sea, hace 40 años esas tierras eran de las comunidades, pero no teníamos el papel. Hay demasiada información que no ha sido develada, porque no conviene que se devele la verdad; en la medida que estemos ignorantes, tomamos decisiones erradas.

-¿Ha hablado con Héctor Llaitul?

Hace rato que no hablamos con Héctor.

-¿Participa de su causa o es partidario del diálogo a diferencia de él?

No me ponga en esa disyuntiva. Lo más probable es que hable bien de un mapuche, pero nunca voy a hablar mal ni a discutir ni a cuestionar la conducta de un mapuche. Hasta ahora no he tenido la necesidad de cuestionar ni poner en tela de juicio los caminos que siguen otros mapuche. La diversidad y las distintas vertientes de opiniones que tenemos, las distintas formas que tienen los mapuche las respeto aunque muchas veces no las comparta.

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