Alejandro Zambra “Hay experiencias que sólo la lectura puede proporcionar”

Su carrera despegó desde la publicación de Bonsái, en 2006. Fue incluido en la denominada “Generación Bogotá 39”  -que destaca a los talentos latinoamericanos sub 39 más importantes- y en 2010 elegido por la revista británica Granta entre los 22 mejores escritores de lengua española menores de 35 años. Hoy, nuevamente goza del reconocimiento gracias al éxito de Formas de volver a casa (2011), su última novela, y el estreno de la aplaudida versión cinematográfica de Bonsái. Sin embargo, aunque parezca irónico, asegura que aún le cuesta escribir historias.  Aquí nos cuenta por qué.


Se cuenta que cuando Alejandro Zambra Infantas (1975) escribió su primera novela, Bonsái, en 2006, no hubo mayor interés en publicarla. Aquél era su primer intento en el mundo de la novela de ficción, pues antes se inclinaba más por la poesía, género en el que ya había publicado sus obras Bahía Inútil (1998) y Mudanza (2003).
La trama de aquella ópera prima, a grandes rasgos, era bastante singular: la historia de amor y separación de dos estudiantes de literatura, Julio y Emilia, supuestos seguidores de Proust y amantes de utilizar la cama para -además del sexo- fumar marihuana y realizar lecturas de sus autores favoritos. Diez años después, todo es muy diferente y Julio asume una impostura: mientras la vida pasa, él se dedica a cultivar un bonsái.
Zambra, lejos de desalentarse, optó por enviar vía correo postal el manuscrito de Bonsái a la prestigiosa firma española Anagrama. Cinco años después, el joven escritor santiaguino figura como el tercer autor chileno (después de Roberto Bolaño y Pedro Lemebel) que escribe para la reconocida editorial. Y tras la publicación de su debut novelesco, los reconocimientos no tardaron en llegar: fue seleccionado en 2007 por el Hay Festival y en Bogotá Capital Mundial del Libro (2007) como uno de los 39 escritores latinoamericanos menores de 39 años más importantes, y elegido en 2010 por la revista británica Granta entre los 22 mejores escritores de lengua española menores de 35 años. También ha sido traducida a numerosos idiomas.
En Chile, Bonsái obtuvo en 2006 los premios de la Crítica y del Consejo Nacional del Libro ¿Qué tuvo de singular? En lo inmediato, sus particularidades: como un árbol en miniatura, Bonsái es una mini novela, un micro libro, de 90 páginas de extensión -en rigor, cuarenta y tantas de texto propiamente tal- que se puede leer en menos de tres horas. Todo, redactado desde un “minimalismo narrativo”  en cuanto a descripciones, diálogos, construcción de personajes, cuya norma se resume en una cita que suele hacer el escritor:
“No quería escribir una novela, sino un resumen de novela. Un bonsái de novela. Borges aconsejaba escribir como si se redactara el resumen de un texto ya escrito. Eso hice, eso intenté hacer: resumir las escenas secundarias de un libro inexistente”.
Novela corta o cuento largo, Bonsái fijó los pilares del estilo de Zambra. Uno que también se vale de cierta ironía “rupturista”. Ya en los comienzos del libro, el escritor revela: “Al final ella muere y él se queda solo, aunque en realidad se había quedado solo varios años antes de la muerte de ella, de Emilia. Pongamos que ella se llama o se llamaba Emilia y que él se llama, se llamaba y se sigue llamando Julio. Julio y Emilia. Al final Emilia muere y Julio no muere. El resto es literatura”.
Dos nuevas obras aparecieron durante los años siguientes, La vida privada de los árboles (2007) y, la más reciente, Formas de volver a casa (2011). Esta última, muestra el Chile de mediados de los años ochenta a partir de la vida de un niño de nueve años, y apunta, como ha dicho el autor, “a la necesidad de una literatura de los hijos, de una mirada que haga frente a las versiones oficiales” que suelen contarse sobre el periodo de la dictadura. Como ya es habitual en sus textos, Zambra hace despliegue del minimalismo en su narración, de su renuencia a encasillarse a un género determinado, y de una progresiva tendencia al uso de su propia biografía y referencias.
-Se suele decir sobre tus novelas que “son concisas, tienen un tono reflexivo y cierta “musicalidad” que las convierte en una “prosa poética” ¿Compartes esta descripción?¿Qué definición darías al estilo de ellas?
-No usaría ninguna definición. Creo que soy el menos indicado para describir mi trabajo. Para mí, por ejemplo, en mi cabeza, a pesar de que comparten cantidad de cosas, las tres novelas (publicadas a la fecha) son realmente muy distintas, pues nacen en momentos vitales casi imposibles de conciliar. Al verlas casi no veo lo escrito, ya no puedo verlo, sino el tiempo en que las escribí.
-Se ha descrito la construcción de tus novelas como un proceso personal: así, en Bonsái (2006), controlabas desde lejos a los personajes; luego, en La vida privada de los árboles (2007), te aproximaste hasta muy cerca del protagonista, y en Formas de volver a casa llegas a la no ficción, incapaz de tomar distancia de los personajes ¿Lo ves así?
-¿Quién dijo eso? Parece que yo mismo, ¿no? Pues pienso que es un modo de verlo. Ahora, supongo que esa clase de preguntas solamente se pueden responder en el contexto de una terapia…
-Algunos ensayistas propusieron que Bonsái y La vida privada de los árboles deberían publicarse como parte de un todo, es decir, la primera novela podría ser un primer capítulo de la segunda; o que ambas podrían ser dos capítulos de una más grande ¿estás de acuerdo?
-Es que, como te decía recién, para mí son libros muy distintos. Están unidos, sí, incluso literalmente, porque Bonsái está dentro de La vida privada de los árboles. Hace poco se publicaron juntas en otro idioma y me gustó, aunque la verdad es que ambas novelas son para mí libros, unidades.

“De pronto pierdes el control y el libro empieza a decirte: soy así”

-En Bonsái coexisten varios planos: el de la historia misma del libro; el de la historia que Julio comienza a escribir a partir de la premisa de la novela de Gazmuri; el de cómo esa historia que escribe Julio –con citas autobiográficas- comienza a apropiarse de su propia realidad, de su vida, con coincidencias en el trágico desenlace amoroso que sufre su personaje y él mismo ¿Qué intención o efecto buscabas al crear este cruce de dimensiones? (¿un surrealismo poético, laberíntico, por ejemplo?)
-¡Qué buen resumen hiciste! Digamos que buscaba muchos efectos simultáneos con el mínimo de elementos. Definitivamente me gusta cómo suena eso de surrealismo laberíntico. Pero no lo sé bien. Buscaba también perder el control. Es algo que tarda pero de algún modo siempre sucede, o debería suceder, venturosamente. De pronto pierdes el control y el libro empieza a decirte: soy así.  Me gusta ese momento en que dos imágenes o dos momentos que parecían totalmente desconectados, se acercan y empiezan a relacionarse en armonía.
-La versión cinematográfica de Bonsái cosechó una positiva crítica extranjera y buena distribución internacional. No obstante este éxito ¿qué impresión te dio a ti cuando la viste por primera vez? ¿Se acercaba a lo que habías imaginado o vislumbrado al momento de escribir tu novela?
-No, para nada. Y esa era la gracia. Cuando vi Ilusiones ópticas, la primera película de Jiménez, tuve plena confianza, pues del mismo modo que yo soy un escritor que ama la literatura, Jiménez es un cineasta que ama el cine. La película se parece poco a lo que podría ser mi imaginación literal de la novela, y sin embargo conserva una afinidad espiritual que por momentos me parece asombrosa. Las diferencias son numerosas, significativas y evidentes, y sin embargo, hay una zona en común, incluso una sensibilidad no tan distinta. Me encanta que le vaya  bien a la película, pero no es un proyecto mío.
-Bonsái, tanto en su versión escrita como cinematográfica, transmite una cierta nostalgia y evocación generacional, la de los que hoy tienen treinta y vivieron los 90. De alguna forma se relaciona a La vida de los peces de Matías Bize o incluso al Alberto Fuguet de Se arrienda ¿Por qué crees que se da ese afán de remembranza por parte de esta generación que es la tuya?
-No veo con claridad esas relaciones que tú ves. Con Fuguet, por ejemplo, somos de distintas generaciones. Esas dos películas que mencionas tienen mucho que ver entre sí, incluso argumentalmente, pero no les veo tanta relación con Bonsái, que alude a otra generación y a otra clase social. Si mal no recuerdo, son personajes que triunfan y luego fracasan (afectiva o profesionalmente). Los de Bonsái nunca triunfan, y seguro que fracasan, pero no se plantean la vida en términos de triunfar o fracasar.
-¿De qué manera el mundo que quisiste plasmar en Bonsái se construye y complementa entre tu novela y la versión que muestra la película de Cristian Jiménez?
-Para mí la película es una lectura muy atenta del libro. Una lectura importante, que de algún modo me ha demostrado algo que ya sabía pero que no está de más recordar: que la novela ya no es mía, o que lo es de una forma colectiva.

“La noche del terremoto pensé mucho en Concepción”

-¿Es cierto que la noche que sucedió el terremoto del 27/F pensaste que se acababa el mundo? ¿De qué manera incluyó este cataclismo en las decisiones finales que tomaste para Formas de volver a casa?
-Lo pensé, sí. ¿Tú no? Pensé que se acababa el mundo y me afectó enormemente lo que sucedió. Pensé mucho en Concepción, porque hacía poco había estado allá y pasaron días sin tener noticias. Yo había estado pensando mucho en los terremotos, llevaba un tiempo recordando los relatos que hacía mi abuela del terremoto de Chillán, el 39, cuando perdió a casi toda su familia, y también había escrito ese comienzo de Formas de volver a casa, con el terremoto del 85. Y entonces vino el 27F. Yo pienso que el terremoto me corrigió la novela. Con toda seguridad Formas de volver a casa sería un libro distinto si no hubiera sucedido.
-En 2007, en una entrevista a Página 12 en la que hablabas de Bonsái, dijiste “No me siento demasiado capaz de contar historias, no me siento seguro al momento de hacerlo” ¿Sigues sintiendo esa inseguridad?
-Sigo pensando más o menos lo mismo, pero es un énfasis, más bien. Por ahí lo dice Jacques Derrida: “Nunca he sabido contar una historia”. Y el hecho de contarlas, el deseo de hacerlo, tiene que ver justamente con esa dificultad.
-¿Por qué sostienes que la ficción “es una forma de decir la verdad”? (O cuál es, al momento de escribir, la relación que haces entre el crear ficción y el uso de la realidad, de tus propias experiencias)
-Juan José Saer tiene un ensayo muy bello sobre eso, donde enfatiza esa idea: la ficción no es lo contrario de la verdad. Si uso o no mis propias experiencias al escribir es un asunto secundario, muy poco relevante. La gran diferencia entre Formas de volver a casa y las novelas anteriores es que está en primera persona, y eso genera la sensación autobiográfica o autoficcional; pero la novela no importa en la medida en que sea la historia real de uno, sino en cuanto otros sujetos puedan reconocerse en ella.
-Hagamos un ejercicio ¿Cómo imaginas que se desarrollará en un futuro próximo el quehacer literario? ¿Ves un mundo en el que desaparecerá el soporte papel (sólo existen e-book), en que las obras se podrán descargar gratuitamente como hoy ocurre con el mp3 (ruina de la industria) y en el que la extensión de los textos será muy breve, pues poca gente tendrá un real hábito lector? ¿Cómo influiría esta situación en el quehacer del escritor?
-No lo veo tan así, pero comparto algunos de tus vaticinios. No creo que el libro desaparezca, pero sí creo que se va a concentrar en su materialidad. O sea: que los libros serán cada vez más libros, más “objetos”, y menos un objeto estándar. Imagino que los libros se parecerán cada vez más, materialmente, a los libros para niños. Imagino que efectivamente en vez de teclear le hablaremos a alguna máquina y supongo que eso determinará varios cambios, aunque no me atrevo a conjeturar alguno por ahora. Sobre los hábitos lectores, no soy tan pesimista. Tampoco optimista, pero me parece que hay cosas, que hay experiencias que sólo la lectura puede proporcionar.
-Eres el tercer autor chileno que es publicado por la prestigiosa firma española Anagrama. Luego vino tu éxito editorial, las críticas favorables en el extranjero, la buena recepción de Bonsái, la película ¿Cómo manejas tu ego de escritor frente a estos sucesos?
-Con mucho sicoanálisis y yoga. No, es broma. Hay cosas de las que me siento orgulloso, pero básicamente lo que me interesa es seguir teniendo tiempo para escribir. No me aferro demasiado a lo ya hecho, al mismo concepto de obra, por ejemplo, que me parece un lastre. Y en cambio, siento que todo está por hacer.
-¿Cómo has enfrentado el famoso “chaqueteo” del medio literario nacional, siendo que además eres crítico literario?
-Algunos de mis mejores amigos son escritores, me siento parte de una comunidad, no me aíslo. Y aunque hay chaqueteo, creo que eso tiene poca importancia. Finalmente somos toda gente dedicada a buscar algo en las palabras. Crítico literario ya no soy hace años, lo fui durante un tiempo, pero lo abandoné.
-¿Algún escritor nacional que desees destacar?
Muchos, muchos. ¿Jóvenes, dices? Cynthia Rimsky, Alejandra Costamagna, Diego Zúñiga, Matías Celedón, Rodrigo Olavarría, entre los narradores. Y poetas como el valdiviano Andrés Anwandter, que publicó hace poco un libro extraordinario que se llama “Amarillo crepúsculo”.
-¿Qué proyectos literarios se vienen?¿Te sigue pareciendo atractiva una literatura que ponga en duda al género novela de ficción, “esos libros raros, menos estables, que uno no los entiende mucho, aunque sean cristalinos”?  
-Estoy escribiendo varias cosas, entre ellas un libro de poesía que se llama Borradores y que espero publicar el próximo año, y una novela que es mucho más rara que todo lo que he escrito hasta ahora.
-Una vez dijiste “los poemas de Bolaño parecen escritos por los personajes de Bolaño. Me gusta el efecto de conjunto que provoca su obra” ¿Buscas un resultado parecido con tu trabajo?
-No busco algo conscientemente ni consistentemente. Soy incapaz de pensar más allá del próximo libro, la verdad. Seguro que las obsesiones o las recurrencias se hacen visibles, pero no lo controlo.

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