Alvin y las ardillas

Por Nicolás Sánchez
¿Quién vió The Alvin Show en sus días de infancia? Para los que no recuerdan, se trataba de un cartoon animado por ardillas que tenían un tono de voz similar a un casette acelerado al doble de revoluciones por minuto, y cuyo momento estelar era cuando reproducían clásicos del rock and roll mediante trabajadas armonías vocales. La serie, creada en 1958 por Ross Bagdasarian, llegó a mantenerse por cuatro décadas en sucesivas encarnaciones para la TV, acumulando grammys y discos que quedaron en la memoria colectiva.
Siguiendo las tendencias actuales del show bussiness, Alvin y sus hermanos, Simón y Teodoro, están de vuelta, pero esta vez en la pantalla grande. Claro que en un formato adaptado a los nuevos tiempos: con buenos efectos especiales más hip hop y música dance incorporados a su repertorio. Realidad con animación 3-D se conjugan para despertar una inmediata familiaridad con los más pequeños, que por esta temporada gozan de una cartelera cinematográfica especialmente orientada hacia ellos.
Dave Seville (Jason Lee) es un músico frustrado y negativo cuya existencia se ve interrumpida por la llegada del trío de ardillas accidentalmente sacadas del tranquilo bosque en que vivían. La hiperkinesia (tipo “niño ritalín”) y sus travesuras ponen desde el comienzo en aprietos a Dave (a quien ya habíamos visto interpretando a un músico huraño en Almoust famous), generando una serie de gags y situaciones divertidas que de seguro sacarán risas entre los peques. Sin embargo, estos simpáticos animalitos tienen una característica que los hace extraordinarios: hablan y cantan. Y muy bien. Dave se da cuenta de ello y les propone un trato: él los deja vivir en su casa a cambio de que canten sus composiciones y lo ayuden a levantar su carrera artística. Y aunque en un principio las cosas no salen precisamente fáciles, el talento sobrenatural de los roedores se hace notar, logrando que Ian Hawk (David Cross), el millonario y arrogante dueño del sello Jet Records les implore por un contrato. El éxito mundial es fulminante, pero termina separando a Alvin y sus hermanos de Dave. Pronto se verán ante una disyuntiva: seguir por el engañoso y superficial camino de la fama (lleno de muchas golosinas, vida fácil y los constantes engaños del villano de Ian) o volver al hogar que habían empezado a formar junto a Dave.
Quizás la mayor debilidad de Alvin y las ardillas está en la forma light en que se desarrolla la historia, que se resuelve de forma muy simplona: el aparente conflicto está puesto casi como una excusa y uno prácticamente no se da cuenta del momento en que el argumento terminó (muy alejado, por ejemplo, de las cargas dramáticas de los viejos clásicos de Disney). De la misma forma, las escenas entre personajes de carne y hueso (salvo las que suceden entre Dave y el dueño de Jet Records) son poco gravitantes y absolutamente supeditadas a la aparición de las ardillas, lo que arriesga una peligrosa saturación del recurso.
Sin embargo, y como punto muy importante a su favor, podemos decir que esta producción de 20th Century Fox tiene todos los elementos para ser un buen panorama familiar: aunque sus situaciones divertidas no tienen la hilaridad infalible de Shrek o Mi pobre Angelito, funcionan muy bien entre los más chicos (que gozan viendo adultos en ridículo o chistes de pedos). Otro importante factor es la experticia de quienes están a cargo, como Jon Vitti en la escritura de guiones (del staff de Los Simpsons). Además, la personalidad entrañable de las ardillas hace olvidar su naturaleza digital y entrega -sin caer en discursos salameros- valores formativos: la importancia de la disciplina, de lograr cosas con esfuerzo y que el verdadero éxito está en encontrar una familia (y ojo, en el sentido más amplio del término). Y lo más importante, dura lo preciso: 90 minutos. Un panorama veraniego seguro.

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