Amor por internet

¡Qué paradoja¡ En esta era multimedial en que estamos alienados por la sofisticada tecnología virtual, donde abundan los twitters, los blogs, los facebook, en la que algunos ejecutivos hasta duermen abrazados a sus i Pad y esperan con más ansias que a su propia señora la llegada del nuevo modelito, el i Pad 2, el ser humano se sienta tan solo y aislado existencialmente. En muchas grandes empresas han prescindido, por ejemplo, de las secretarias. En otras, aunque no lo crean, donde todo es automático, ni siquiera Rodrigo de Triana encaramado a un mástil podrá gritar ¡hombre a la vista! pues, literalmente, no hay ni un solo ser humano que esté medianamente cerca de otro.
Me preocupa este tema porque va “in crescendo”. Basta con ir a un aeropuerto y observar que la mayoría de los pasajeros en tránsito está irremediablemente ensimismada en sus juguetes virtuales o hablando como locos por su i Phone, a viva voz, haciendo alarde de sus redes, de sus contactos. Allí, salvo honrosas excepciones, nadie conversa relajado ni distendido, sino instalado en una lucha contra las horas, planificando su “timing”  segundo a segundo. Ese distanciamiento del ser humano, cuya apoteosis son las oficinas donde todos los asuntos funcionan por mail, ha llevado lógicamente a algo tan antinatura y descarnado como es buscar pareja por internet.  Preferencialmente en las grandes metrópolis. Santiago no escapa a dicho fenómeno. Mucha gente, hombres y mujeres de distintas edades, en vez de acudir a San Antonio, el patrono del amor, recurren a San Internet. Allí existe un nicho inmenso en el cual los que se sienten solitarios se internan para encontrar a su príncipe azul o princesa encantada. Me atrevería a decir que es temerario acceder a algo que puede ser muy engañoso y quizás siniestro como  las “speed dating”, o citas rápidas ¡Cuánto se puede engañar a través de Internet! Desde enviar fotografías falsas a esconder cuadros patológicos, maníaco depresivos o psicopáticos. También está el peligro de que el otro o la otra con quien se chatea se aferre solamente a una ilusión, es decir, a una percepción falsa que no coincide con la realidad.
Supongamos que un tímido por naturaleza, quizás a causa de un defecto físico, se involucre con una chica que responda a sus anhelos de contacto. Dicho galán jamás le va a hablar o a mostrar sus fisuras ni sus quiebres.
La tecnología virtual es un gran apoyo, pero yo me quedo con los amores a la antigua, con ese par de ojos que sucumben ante la inesperada alquimia y la liturgia de un estremecimiento; con el roce de unos labios que rozan sutilmente como un leve aleteo y encienden la piel, con la sensación de que algo nos imanta, cuando la sangre late y trepa furiosa por la nervadura de las venas. A mi abuela le bastó que un joven de mirada rutilante le hiciera llegar, a través de su chaperona, una esquela, para sentir el pálpito de que era el hombre de su vida. En la esquela había un verso de Gustavo Adolfo Bécquer.
Decía: “Por una mirada, un mundo. Por una sonrisa, un cielo. Por un beso, yo no sé, yo no sé que te diera por un beso”. Qué tiempos aquellos. El cuento termina así. Ambos se conocieron, él la visitaba a diario en su casa ante la presencia de una tía solterona, ella tocaba piano. Se casaron. Él era  mi abuelo.

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