Ataque de pánico

La misma semana que el jugador de fútbol Mauricio Pinilla, más conocido como “Pinigol”, tuvo un ataque de pánico, yo también tuve uno. No, no se ría. La verdad es que para festinar un tanto lo horroroso que es tenerlo, he decidido tomármelo con una dosis de humor.


Uno de mis hijos tenía un problema y yo, que soy de esas mamás hiperprotectoras, cargué con la mochila de ese problema y me sobrevino un golpe de angustia. Como también suelo ser un poco hipocondríaca, sentí una leve taquicardia. Pero la mente me juega malas pasadas. Esa taquicardia se convirtió en un galope feroz del corazón.


Mi mente se convirtió en una máquina infernal, vislumbrando un infarto que yo no podía parar. Mi corazón crecía y se convertía en una especie de músculo gigante que bombeaba como si fuera a estallar hasta hacerme pedazos los tímpanos. Sentía que me estaba muriendo. Aterrorizada, salí hasta la calle, empapada de transpiración y jadeando, en busca de oxígeno. Inhalando y exhalando. No podía dominar la furia de mi corazón. Necesitaba una voz humana que me sostuviera. Necesitaba un médico.


Así es que corrí, empapada en sudor, a buscar un teléfono y rogué a Dios que me atendiera mi gran amigo, un conocido psiquiatra penquista. Confieso que su voz tranquilizadora, segura, imponente, me sostuvo por 15 minutos en el teléfono hasta que mi corazón encabritado se apaciguó. Ese sí es un médico que sí sabe lo que puede ser un paciente aterrado y entrega quince minutos de su valioso tiempo en ayudarle a salir de la crisis.


Dicho episodio me hizo pensar lo importante que es la voz humana, la voz amiga o, simplemente, la voz de alguien que está al otro lado de la línea y dispuesta a ayudar. Ahora que casi todos los servicios tienen contestadoras automáticas con grabaciones standard que parecen de otra galaxia, frías e impersonales, impávidas, inmisericordes frente al dolor, que sólo van indicando como robots, para este servicio marque uno, para este otro, marque dos, si desea este servicio adicional, marque tres ¡Qué terrible! Espero que jamás alguna de estas instituciones de emergencias médicas utilice grabaciones exógenas, carentes de emoción y piedad.


Imagínese escuchando lo siguiente en plena crisis: “si tiene un infarto al miocardio, marque uno, en caso de aneurisma, marque dos, si se le rompió la placenta y está a punto de dar a luz, marque tres, si está agónico, espere a que lo atienda alguno de nuestros ejecutivos y marque cero. Siempre que uno desea comunicarse con un ejecutivo, esa línea está ocupada. Entonces en la grabación uno escucha música elegida ad-hoc. Algo así como: “Don’t worry. Be happy”, acompañado de una musiquita festivalera, que nos acompaña largo rato, pero que no puede salvarnos la vida. Viva la voz del ser humano, más aún si está impregnada del sentimiento de ayuda hacia otro semejante. Ninguna máquina puede reemplazarla. Muchas veces he estado a punto, cuando pido urgente mi cartola del banco por la línea 600, y de esperar larguísimo rato que el número del ejecutivo esté desocupado, de proferir un garabato bien chileno y gritar ¡Aló! ¿HAY ALGUIEN, UNA PERSONA AHÍ?
TEXTO: María Angélica Blanco

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