Bomberos de Chile, herederos de una tradición heroica

Andrés Medina Aravena. Profesor UCSC.

En abril se celebra el 138° aniversario de la 1° Compañía de Bomberos de Concepción, fecha que me da el marco para escribir sobre una institución altamente valorada por la ciudadanía, lo que en lo personal representa un doble motivo de satisfacción.

El primero tiene que ver con que Bomberos de Chile se distingue de otras instituciones creadas en el mundo para combatir incendios y ayudar ante desastres naturales o accidentes de la más variada naturaleza, por su carácter de afiliación y permanencia voluntaria. Un rasgo único y admirable que convierte a quienes hoy la conforman en herederos de una tradición que los eleva a la categoría de héroes y heroínas pues, sin exigir nada a cambio, arriesgan su vida para ir en auxilio de quienes ven en peligro su existencia y sus bienes. Ellos personifican la más alta expresión de solidaridad y de entrega a la comunidad, olvidando su seguridad y sus propias vidas para ayudar a quienes lo requieren. ¡Solo nuestros Bomberos exhiben tan alto grado de valentía y altruismo!

A ese meritorio aspecto se suma mi propio orgullo como hijo de un destacado miembro de la Primera Compañía de Bomberos de Tomé, institución en la que mi padre colaboró por varias décadas. De hecho, entre otras, atesoro sus historias de cuando, muy joven aún, debió servir a su comunidad en medio de la inmensa catástrofe que representó el terremoto de 1939, desastre natural que dejó gran parte de las construcciones del Gran Concepción en el suelo y causó un lamentable récord en Chile, entre 24 y 30 mil muertos.

En nuestro país fueron grandes incendios los que impulsaron a la comunidad a dar vida a estas instituciones de base comunal. En 1850, por ejemplo, el siniestro que afectó a un sector comercial céntrico de Valparaíso empujó a los vecinos a crear al actual decano de las instituciones bomberiles del país. Asimismo, el 8 de diciembre de 1863, en la celebración de la Inmaculada Concepción, el gran incendio de la Iglesia de la Compañía, en Santiago, que causó la muerte de más de 1.500 mujeres, dio el impulso para crear el cuerpo de bomberos capitalino.

En Concepción, en tanto, el incendio de gran magnitud que afectó a la Maestranza de Ferrocarriles del Estado en 1883 fue el estímulo para que un grupo de vecinos tuviera la idea de crear un cuerpo de bomberos. Lideraba la iniciativa Jorge Blackburn, quién se había avecindado en nuestra ciudad proveniente de Valparaíso, donde había visto nacer la primera institución de combate al fuego.

Fue el 13 de abril de 1883 que nació la 1° Compañía de Bomberos de Concepción, con especialidad de agua. Cinco años más tarde, también en abril, se constituyó oficialmente su órgano directivo superior: el Directorio General del Cuerpo de Bomberos de Concepción, que partió reuniendo a cuatro compañías y que hoy dispone de 10, las que se desempeñan cubriendo una amplia gama de emergencias.

Desde esos años, la institución ha ido crecido en la zona, sumando a nuevos voluntarios y voluntarias, y agregando nuevas especialidades que le permitan hacer frente con más preparación, implementos y profesionalismo a los cada vez más complejos eventos que afectan a la población, aunque sin lugar a dudas las mayores amenazas han derivado de los movimientos telúricos. Así, al terremoto de 1939 le sucedió el de 1960, que dejó un centenar de muertos y muchos edificios destruidos, y en este siglo, el ocurrido en 2010 puso nuevamente a prueba la valentía y entrega de los voluntarios.

Sin embargo, esos mega eventos son solo una parte de las muchas urgencias cotidianas que demandan sus servicios y que los bomberos enfrentan sin quejarse, aun cuando a lo largo de esta trayectoria centenaria eso haya implicado la pérdida de algunos compañeros, mártires que han rendido su vida para salvar la de otros.

Si bien existe un reconocimiento ciudadano a su abnegada labor, su entrega no parece ser suficientemente valorada por la sociedad y el Estado. Es así que vemos a estos voluntarios, que acuden al llamado de la ciudadanía a cualquier hora del día o de la noche para hacer frente a múltiples emergencias, forzados a pedir en la vía pública recursos que les permitan seguir funcionando.

Es cierto que se destinan recursos públicos para ayudarlos a financiar su equipamiento, pero ello no alcanza para cubrir la necesaria renovación de sus equipos que, por el uso y las contingencias del trabajo, sufren daños que los inhabilitan. Es por eso que el Estado y todos nosotros debemos involucrarnos más directamente, buscando maneras de apoyar a estos verdaderos héroes que entregan su tiempo, su esfuerzo y hasta su vida para ayudarnos… y sin pedir nada a cambio.

El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial de Revista NOS.

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