Cambio de gobierno en tiempos de guerra

Prof. Andrés Medina Aravena Licenciado en Historia UCSC.

En el normal devenir de su vida democrática, el país acaba de vivir un cambio de mando, que llevó a Gabriel Boric a asumir como Presidente de la República en medio de un conflicto bélico que sacude directamente al continente europeo, pero que mantiene en vilo al resto del mundo.

Sin pretender realizar un ejercicio comparativo, que sería absolutamente ahistórico, resulta de interés luego de transcurrido casi un siglo, recordar que también en medio de una guerra iniciada en el viejo mundo se produjo en Chile en 1942 la asunción a la presidencia del cañetino Juan Antonio Ríos, gobierno que acuñó el lema: “Gobernar es producir”.

Se trataba de la Segunda Guerra Mundial, conflicto militar que se libró en Europa, África y Asia, pero cuyas consecuencias devastaron a gran parte del planeta. Se inició en 1939, y partió con la invasión de Polonia por parte de Alemania. Hoy, la nación invadida es Ucrania y el agresor, Rusia. Y si bien en ese tiempo, como ahora, el teatro bélico se encuentra a miles de kilómetros, sus secuelas nuevamente tienen (y seguirán teniendo) dimensiones mundiales.

En ambos casos, ayer y ahora, quienes gobiernan en Chile son políticos que surgieron de regiones (Ríos, de la provincia de Arauco; Boric, de Punta Arenas) quienes reciben los negativos efectos económicos de dichos conflictos sobre el comercio internacional. En la actualidad, afectando el precio del petróleo y sus derivados, lo que genera una amplia cadena inflacionaria sobre otros productos, muchos de primera necesidad.

En tiempos de la Segunda Guerra Mundial, la realidad económica de Chile era directamente dependiente de dos factores. Por un lado, la explotación del cobre, con yacimientos de propiedad estadounidense, una pertenencia que se prolongaba a la comercialización internacional del mineral, situación que lo hacía extremadamente vulnerable a las contingencias mundiales. Segundo, un abastecimiento energético basado en el carbón, que resultaba insuficiente para responder a las crecientes necesidades que requería el despegue de la industria y el aumento poblacional urbano. La conflagración sorprendió a Chile, además, fuertemente dañado por el terremoto de 1939, que destruyó desde Linares hasta Arauco, y ambos hechos obligaron a la clase política a pensar en la creación de organismos que unieran esfuerzos públicos y privados para impulsar un trabajo nacional. La primera misión era reconstruir, y luego dar un empuje constante a la economía. De ahí surge la Corporación de Reconstrucción, y luego la Corporación de Fomento a la Producción.

El conflicto actual, en tanto, ocurre cuando todavía sufrimos los efectos de una pandemia que asola al mundo desde 2020, generando trágicas consecuencias que van desde la pérdida de vidas humanas y la caída de las condiciones de vida de la población en general, hasta las paralizaciones del aparato productivo nacional e internacional.

Resulta interesante e inspirador tener a la vista que el desafío que representó el estallido de la Segunda Guerra Mundial, con su secuela de muerte, destrucción y miseria, que en Chile se unió al daño causado por el terremoto, fue aprovechado por el gobierno como una oportunidad para enfrentar los problemas de fondo. Es así que se crea Corfo, organismo que unirá esfuerzos de agentes públicos y privados para impulsar el desarrollo de nuevas fuentes energéticas, y con la creación de ENAP se empieza elevar el nivel industrial, y se proyecta la creación de la primera industria pesada del país, CAP, que se instalará a fines de los años 40 en nuestra región.

Haciendo eco de aquello, es de esperar que el conflicto bélico que hoy se vive también nos inspire. Sabemos que nos golpeará fuerte en lo económico. Y, de seguro, también en lo humano, porque es terrible ver a mujeres, niños y ancianos escapando, temiendo por sus vidas, y con toda su historia contenida dentro de solo una maleta. Ojalá que esta tragedia nos infunda el afán de ser mejores personas; nos recuerde la importancia de la paz, y del diálogo como solución a las diferencias; nos empuje a diversificar nuestra matriz productiva y, sobre todo, al igual que en el gobierno de Juan Antonio Ríos, a abogar porque los mundos público y privado se unan para trabajar en pro del crecimiento del país y del bienestar de todos quienes habitan su territorio.

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