“Casa de remolienda”: cuando las re-lecturas sí funcionan

En una entrevista a Alejandro Sieveking realizada hace no mucho por este medio, el destacado dramaturgo manifestó su rechazo a la idea de ver registros audiovisuales de obras teatrales. Salvo algunas excepciones producidas por la Radio y Televisión Italiana (RAI), para Sieveking la puesta en escena teatral era insustituible e imposible de apreciar en cualquier formato audiovisual, principio que aplicó severamente incluso con versiones televisadas de sus propias obras.
Sin embargo, resulta diferente cuando hablamos de una buena adaptación de la acción mimética y en tiempo real del teatro al lenguaje narrativo del cine. Y ello es lo primero que podemos agradecer de “Casa de Remolienda”, uno de los estrenos más sólidos en lo que va del año de la cartelera nacional. Joaquín Eyzaguirre (“Tres noches de un sábado”) usó sólo como referencia al texto del clásico “La remolienda” de Sieveking (creado en 1965 y re estrenado exitosamente hace un par de meses), casi como una buena excusa para dar su versión de la chilenidad. Y claro, aquel era el mismo propósito de Sieveking, sólo que en este caso Eyzaguirre va más allá del costumbrismo o el folklorismo para dar con una historia que se pasea de la visión más cruda y directa de lo que es un prostíbulo –la primera secuencia podría incomodar a más de alguien- a finísimos detalles de montaje y puesta en escena que otorgan una textura casi onírica al relato. La relación entre los personajes y su entorno resulta impecable; una sensibilidad estética que por cierto no abunda por estos pagos.
El argumento es básicamente el mismo del texto original: en plena década de los cincuenta, en otro tiempo y en otro campo chileno, una viuda de nombre Nicolasa (Amparo Noguera) baja desde el aislamiento de las montañas al pueblo de Cunco para visitar a su hermana Rebeca (Paulina García). La acompañan sus tres hijos, huasos de tomo y lomo, ansiosos –al igual que su madre- por pegarse una buena canita al aire (encarnados por Álvaro Espinoza, Andrés Eyzaguirre y Luis Bravo). Pero, Nicolasa no ve hace años a su hermana, e ignora que regenta un cotizado prostíbulo local. Para guardar las apariencias, Rebeca hace pasar su burdel por una chingana (o quinta de recreo) y a sus ahijadas por sus garzonas (un adorable grupo compuesto por Daniela Llorente, Luz Valdivieso y Francisca Eyzaguirre)
Además del logrado tratamiento fotográfico y una notable reunión de actorazos, esta adaptación permite obtener lecturas contemporáneas de sus conflictos: a la pérdida del campo antiguo por la urbanización y “el progreso”, se puede advertir la relación entre la clase política y el pueblo, donde los funcionarios municipales prefieren las apariencias populistas al pragmatismo de sus técnicos (encarnados en la dupla conformada por Luis Gnecco y Alfredo Castro como Renato, el viejo amor de Rebeca).
Eyzaguirre supo sacar partido a la metáfora de la luz: la aparición de la entonces nueva tecnología en plena fiesta de casa de huifas marca el clímax de la historia; se devela la verdad, se quitan las máscaras y todos los personajes, ebrios y patéticos, atinan a sacarse la cresta sólo como en las peleas de pueblos se puede hacer. Todo, bajo la comparsa de las cuecas de Daniel Muñoz y los músicos de su grupo Tres por siete = 21, más el logrado trabajo incidental de Andreas Bodenhofer.
Si bien algunos personajes -añadidos supuestamente para otorgar mayor conflicto a la historia- podrían resultar innecesarios, “Casa de remolienda” salva la prueba con méritos: sus  92 minutos de metraje son un viaje placentero y casi poético a un Chile antiguo que resulta creíble y no de postal, y sin dudas gustará a quienes extrañaban el viejo cine chileno artesanal de la escuela de Silvio Caiozzi, Raúl Ruiz o al Andrés Wood de  “El desquite”.
Por Nicolás Sánchez

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