Che, El argentino

Primera escena: es México, el año es 1955, y un grupo de cubanos exiliados por la dictadura de Fulgencio Batista debate y se decide por la causa. Paradojalmente, la futura subversión es organizada en un cómodo departamento y a la hora de la cena, con comensales de distintas profesiones elegantemente vestidos: una genuina postal del estilo burgués. Aunque quizás ello no sea tan extraño después de todo, pues la historia ya nos ha enseñado que aquél es, justamente, el inicio y parto de la mayoría de sus más importantes revoluciones.
“Che, El argentino” es la primera parte de un ambicioso proyecto dirigido por Steven Soderbergh (“Traffic”), para llevar a la pantalla grande la historia de uno de los revolucionarios más míticos e importantes del siglo XX. Está dividido en dos volúmenes, titulados “Che: El argentino” y “Guerrilla”, cada uno de aproximados 130 minutos de duración. El rol protagónico es encarnado por Benicio del Toro (que también las ofició de productor), y su gran desempeño  fue reconocido con el Premio al Mejor Actor durante la 61º versión del Festival de Cannes.
La historia de “Che, El argentino” se cuenta a través de raccontos (cruce constante por las distintas épocas mencionadas) que logran un montaje alterno entre los inicios guerrilleros del Che en la Sierra Maestra, y sus declaraciones en entrevistas realizadas durante su viaje a EE.UU en 1964. Como ya es habitual en las películas de Soderbergh, estos diferentes montajes de época se diferencian mediante cambios de fotografía y colores, que en este caso particular logran con mérito una estética muy semejante al documental. Se entiende el esfuerzo de Soderbergh por distanciarse de un mito tan omnipresente como lo es el Che, aunque el trasfondo épico se obtiene, de todas formas,  a través del cambio de narradores: de una visión omnipresente que entrega el director, pasamos en momentos claves de un feroz combate a una interrupción del sonido ambiental, que da paso a las reflexiones íntimas del Che sobre la naturaleza de su misión y del guerrillero. Muchos confunden este recurso con una intención del director por entregarnos una verdadera hagiografía (historia de la vida de los santos), pero lo cierto es que Soderbergh es simplemente uno de los narradores más eficientes de la actualidad. Sin manierismos espectaculares ni genialidades que emocionen, pero correcto (característica presente en casi todos sus films más conocidos, como “Erin Brockovich”, el remake “Ocean’s eleven” y “Traffic”).
Desde el comienzo, los personajes están bien planteados y su parecido físico con los reales es notable. Fidel Castro (interpretado por el mexicano Demián Bichir) es un líder innato, tiene retórica y un sólido sustrato ideológico. La personalidad del Che, como un ser que vive, piensa y fuma por y para la revolución, se muestra a través de diferentes facetas: su lado menos romántico y más realista, como un asmático cuya enfermedad puede, incluso, poner en peligro las tácticas guerrilleras; por otra parte, tenemos a un Guevara que ofrece consultas médicas de forma gratuita a una aldea completa (aunque a todos les da el mismo diagnóstico) y que suma y suma voluntarios a la causa gracias a su carisma mesiánico. Su mito crece junto al éxito de la revolución, y su llegada por los pueblos -y posteriormente a la ONU, en New York-, despierta la misma parafernalia de un auténtico rock-star.
Sin embargo, es en el planteamiento de la historia donde se aprecian, a mi entender, algunos ripios. Es justamente el intento de Soderbergh por ser muy correcto e imparcial lo que quita cierto sabor al relato; qué distinto habría sido si se hubiese jugado por mostrar, además, el contexto en el que se creó la revolución, aún a riesgo de transformar la historia en un film político (¿es que “Traffic” acaso no lo era?); que hubiera existido, además, el personaje de Batista. La presencia de un villano (uno real, no una caricatura Hollywood) es básica para que todo relato épico funcione, y en éste, lamentablemente, no lo hay, y es un vacío que se nota. A ratos se cae en una sucesión de anécdotas sobre la vida en la guerrilla que casi llevan al metraje, con peligroso vértigo, a la monotonía.
Con todo, es un buen film. Durante las conferencias en la ONU, se puede apreciar el germen que ocasionará la futura caída del guerrillero en Bolivia: el rechazo de los representantes de otras naciones latinoamericanas a sumarse a “su causa” y recibir “su ayuda”. “Un guiño”, que nos incita a seguir presenciando el desenlace conocido -pero no menos fascinante- de la epopeya del “Che”.

“Che, el argentino”

Dirección: Steven Soderbergh.
Países: USA, Francia y España (2008)
Duración: 131 min.
Género: Drama, Biopic.
Interpretación: Benicio del Toro (Che), Demián Bichir (Fidel Castro), Santiago Cabrera (Camilo Cienfuegos), Elvira Mínguez (Celia Sánchez), Julia Ormond, Jorge Perugorría (Joaquín), Edgar Ramírez (Ciro Redondo), Victor Rasuk (Rogelio Acevedo), Armando Riesco (Benigno), Catalina Sandino Moreno (Aleida Guevara), Rodrigo Santoro (Raúl Castro), Unax Ugalde (Pequeño Cowboy), Yul Vázquez (Alejandro Ramírez).
Guión: Peter Buchman; inspirado en “Pasajes de la guerra revolucionaria” de Ernesto “Che” Guevara.
Música: Alberto Iglesias.
Fotografía: Peter Andrews.

O’Higgins 680, 4° piso, Oficina 401, Concepción, Región del Biobío, Chile.
Teléfono: (41) 2861577.

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