Coloquial: Fronteras y límites


Toda su vida fue distinguidísimo. Un caballero por donde se le mirara. Don Isidoro Vásquez de Acuña, “Marqués del Postigo”, dueño de un auténtico título nobiliario, fue reconocida autoridad en relaciones internacionales, llegando a ejercer como Director de Fronteras y Límites de nuestro Servicio Exterior. Su esposa, una elegante condesa austriaca sabía de estos temas tanto como él. Celebramos una reunión-comida en el magnífico departamento del académico chileno, Dr. en Derecho Internacional Público y Privado de la Facultad de Derecho de la Universidad de Chile, Jaime Navarrete Barrueto, mi gran amigo, a la sazón postgraduado en Inglaterra, Estados Unidos, Austria y España. Y, por aquellos años ochenteros, el tema de conversación también giraba en torno a las Relaciones Internacionales entre Chile y Perú.
Aún recuerdo nuestra coincidencia con Isidoro y Jaime al suscribir la teoría de que, en un tiempo inmediato, Perú fabricaría un falso conflicto de límites marinos y/o terrestres con nuestro país. Eso es lo que ha ocurrido: Perú elaboró a su amaño una casuística que dio pie a lo que vivimos hoy ambas naciones en el ethos jurídico internacional del cono sur de América.
Otra variable coloquial. Tuve como compañero de curso en la Academia Diplomática Española al hijo del entonces Presidente del Perú, Francisco Morales Bermúdez, para nosotros Paco Morales. Desde el primer día manifestó total rechazo hacia mi persona dada mi condición de chileno. Una anécdota coloquial así lo refleja: un par de días antes de iniciar las clases en ese palacio ubicado en lo alto del paseo Juan XXIII, colindante con el Barrio Universitario de Madrid, recorriendo salas, bibliotecas y auditorios, nos encontramos cara a cara. Paco fue el primero en decir a voz en cuello: “Yo seré el mejor alumno de este curso de postgrado”. Soberbio y altanero, lo decía mirándome de reojo. Le espeté: “Sí, serás el primero, después de mí”. La controversia limítrofe coloquial quedaba firme y todo el período académico debí soportar sus malos modos. Pero, en una de las últimas discusiones observé públicamente, y con cifras, el mal período político que significó el gobierno de su padre, respondiendo así a sus constantes pullas y menosprecios hacia nuestro país.
En fin, estadio coloquial que tuvo un final feliz: en el principal salón de la Escuela Diplomática Española, en ceremonia protocolar con presencia de todos los cuerpos diplomáticos acreditados en Madrid. Los soberanos hacían solemne entrega de los respectivos diplomas a los alumnos del curso diplomático. Feliz y honrado estuve cuando el Director de la Academia Diplomática, don José María Moro, que había sido embajador de España en Perú, entregándome el diploma dijo: “Primer Lugar: Chile” y mencionó mi nombre, mientras que Francisco ocupó uno de los últimos lugares del curso.
…Es que la Diplomacia está llena de coloquios insustituibles, cuentos de palacio e intrigas venecianas ¡Que razón tenían los notables Isidoro, Jaime y la condesa austriaca!

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