Columna de Andrés Medina: Juan Martínez de Rozas, impulsor de nuestra independencia

Andrés Medina Aravena. Profesor UCSC.

El 16 de mayo de 1813, exiliado en la ciudad de Mendoza, se apagó la existencia de uno de los más importantes cabecillas del proceso que, iniciado en septiembre de 1810, culminó en la Independencia de Chile.

Se trata de Juan Martínez de Rozas, quien por sus ideas y acciones es destacado por varios historiadores como uno de los líderes del proyecto que buscaba ponerle fin a la etapa colonial en esta lejana gobernación americana. Hasta el cronista del sector realista, Melchor Martínez, no duda en catalogarlo como el “maestro de la revolución chilena”, mientras describe su oportuna llegada a Santiago, justo tras formarse la Primera Junta Nacional de Gobierno, donde recibió una multitudinaria recepción de los habitantes de la capital.

Rozas nació en Mendoza, en el seno de una familia de la elite cuyana, en tiempos en que esa ciudad aún formaba parte de la gobernación de Chile. Desde joven mostró inclinaciones intelectuales y, al igual que sus hermanos mayores, se trasladó a Santiago para estudiar Leyes en la Real Universidad de San Felipe, donde su talento le permitió obtener el título de abogado y el grado de licenciado, y luego los grados de Doctor en Derecho Canónico y en Derecho Civil.

Por un tiempo se desempeñó como profesor de Filosofía del Colegio Carolino, donde -paradojalmente- tuvo como alumno a José Miguel Carrera, el mismo que en 1813, en disputa del liderazgo del proceso emancipador, ordenaría su exilio a Mendoza.

En su ciudad natal, cuando aún era muy joven, Rozas anudó lazos de amistad con José Antonio de Rojas, considerado el intelectual de mayor ilustración en el reino de Chile. Poseía la biblioteca más nutrida, con textos que estaban prohibidos por la censura de la Inquisición, y era sospechoso de participar en un incipiente movimiento en contra del absolutismo de la corona española.

La relación con Rojas, quien habría instalado en él las ideas ilustradas, se mantuvo en el tiempo, y se dice que fue su influencia la que le facilitó el inicio de su carrera funcionaria, que comenzó en 1787 al ser nombrado Asesor Letrado titular en la recién creada Intendencia de Concepción, a cargo de Ambrosio O´Higgins. Sin embargo, a la vista de sus méritos académicos y profesionales, así como de su inteligencia y manejo político, es fácil ver la justicia de su designación.

Además de ganar la completa confianza de O’Higgins, Rozas también conquistó el corazón de María de las Nieves Urrutia y Mendiburu (hija de una de las más importantes fortunas de la gobernación, con intereses que se extendían a Perú y España), con quien se casó.

Ascendió como asesor jurídico hasta la gobernación del reino, pero no obtuvo la titularidad, y regresó a Concepción, donde su desempeño fue puesto en duda por el nuevo Intendente, quien planteó un posible conflicto de intereses por su relación con la familia Urrutia y Mendiburu. El problema terminó sacando a Rozas de las funciones públicas en 1806.

Sin embargo, en 1808 se fue a Santiago como asesor del nuevo gobernador, su amigo en Concepción, Francisco García Carrasco, a quien él mismo había impulsado a asumir ese cargo. Desde ahí, Rozas comenzó a pavimentar el camino para una futura autonomía política de Chile, sembrando en la capital sus ideas libertarias.

Tras un confuso incidente, que hizo tambalear el poder de García Carrasco, Rozas nuevamente volvió a Concepción. Aquí se encontraba cuando fue llamado para formar parte en calidad de vocal de la Primera Junta Nacional de Gobierno, presidida por Mateo de Toro y Zambrano.

Fue desde ese cargo que Rozas desplegó toda su astucia e inteligencia política, manteniendo -a la vez- su fuerte influencia en Concepción, donde al volver armó su propia “junta pencopolitana”.

Sin embargo, en 1812, tras darse cuenta José Miguel Carrera de que la única forma de ostentar el poder era sometiendo a la ciudad capital de la frontera -Concepción-, organizó una escaramuza militar que consiguió apresar a Rozas, quien fue deportado a Mendoza, donde falleció unos meses después.

Injusto parece el final de este personaje, cuya vida -e incluso su muerte- dan cuenta de la importancia que daba a su honra personal. Es así que en su testamento, en el que legó todo a sus hijos, aclara que no recibió dote de su mujer, lo que era costumbre en familias de rango y tradición. Con esto, seguramente, buscaba exhibir la inexistencia de conexiones crematísticas con el linaje de su esposa, así como su honestidad como funcionario público.

Si bien a lo largo de su carrera política, e incluso hasta hoy, su labor y trayectoria han sido juzgadas tanto con elogios como con críticas y acusaciones, nadie puede desmentir que sus ideas ilustradas, su gestión pública y su influencia política fueron clave para transformar a Chile en un país libre.

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