Columna de Lorena Basualdo González: La importancia de una buena autoestima

Lorena Basualdo González Psicóloga Educacional Licenciada en Psicología Universidad de Viña del Mar Universidad Católica de Temuco

“¡Me encanta como salgo en esta foto!” o “No me gusta cómo se ve mi pelo” son expresiones que solemos usar a diario y que contribuyen a construir nuestra autoestima. Algo similar ocurre con los niños, niñas y adolescentes, solo que en su caso muchas veces -en vez de autocriticarse- reciben las críticas de sus pares o, incluso, de su familia.

Para partir hablando de este tema es necesario hacer la diferenciación entre autoconcepto y autoestima, aclaración que nos permitirá entender mejor cómo funciona nuestra mente y cómo influye la opinión de los demás en la idea que tenemos sobre nuestra identidad.

Así, el autoconcepto es la imagen que se tiene de uno mismo y que suele ser expresada sin problemas frente a los demás. Fija las bases de nuestras apreciaciones de una manera más declarativa, y suele comunicarse a otras personas con frases como: “sí, soy sensible”, o “a veces soy un poco orgullosa”. Dicho de otro modo, el autoconcepto está relacionado con una serie de concepciones más bien objetivas que hemos construido con la idea del “yo soy así”.

La autoestima, en cambio, tiene relación con la valoración subjetiva y personal que hacemos de nosotros, a partir de los distintos aspectos que conforman el autoconcepto y que hemos ido verbalizando. También tiene componentes emocionales que son difíciles de expresar, pues dejan en evidencia la forma cómo nos juzgamos y que se fundamenta en el juicio de valor respecto de cuánto valgo como ser humano. Es por eso que, cuando nos preguntan cómo se encuentra nuestra autoestima, a veces sentimos pudor de responder ya que, de cierta manera, nos desnuda frente a los demás, pudiendo ser la declaración más sincera y profunda de nuestras valoraciones personales.

Por tal razón, forjar una buena autoestima a lo largo de nuestra vida, partiendo desde nuestra niñez, es fundamental, pues es ahí que se asientan las bases de nuestras valoraciones personales.

En la primera infancia (0 a 3 años), niños y niñas cuentan con una elevada autoestima, que se debe principalmente a que sus percepciones de sí mismos son irrealmente positivas. Sin embargo, durante la adolescencia la autoestima tiende a disminuir debido a todo lo que se experimenta: apreciaciones negativas sobre el cuerpo, conflictos amorosos, comparaciones con los pares o expectativas de futuro.

Ya en la adultez la autoestima suele volver a aumentar por diversas circunstancias, como ascensos en el trabajo, reconocimientos, formar familia, desafíos cumplidos, mientras que al entrar a la vejez puede volver a disminuir debido a sensaciones de soledad, abandono y duelos.

Ahora bien, si hemos desarrollado una elevada autoestima a lo largo de nuestra vida, de la mano de autoconceptos positivos de nosotros mismos, es muy posible que esas sensaciones negativas que se presentan en la vejez no se intensifiquen y logremos mantener una autoestima sólida.

Pero, en este sentido, el trabajo debe comenzar a temprana edad. Para ello, como padres o cuidadores debemos procurar que nuestros niños, niñas y adolescentes vivan en un ambiente familiar sano, en el que encuentren amor, contención, escucha activa y estímulos que fortalezcan emociones positivas y conductas propias de su edad. Con ello, aumentaremos las posibilidades de que desarrollen capacidades que les permitan, a lo largo de su vida, adquirir herramientas para enfrentar exitosamente los desafíos, ser autónomos y aprender nuevas habilidades, lo que redundará en una adecuada autoestima.

Los niños, niñas y adolescentes con una alta autoestima suelen ser más empáticos y asertivos en su vida diaria, tienen más facilidad para adquirir aprendizajes y ostentan mayores habilidades creativas. Más importante aún: son niños que se quieren, se respetan y se valoran y, en consecuencia, logran amar y respetar a los demás como algo natural.

Por ello es tan importante que los adultos entendamos el fundamental papel que jugamos en el fortalecimiento de su autoestima. Cualquiera que cumpla el rol de cuidar -padres, profesores, hermanos mayores, abuelos- debe colaborar en ayudarles a crear una autoestima fuerte, evitando emitir juicios despreciativos (“eres inútil”) o generalizando sus errores (“todo te sale mal”). Debemos transmitirles seguridad, diciéndoles que son buenos en lo que hacen y que tienen la capacidad para realizar cosas increíbles.

También debemos recordar que las aprobaciones o críticas deben ir dirigidas a su conducta y nunca a su persona, y tener extremo cuidado en la forma cómo nos comunicamos con ellos, cómo los corregimos, criticamos y reforzamos en los diferentes contextos. Esto, sobre todo en el núcleo familiar, ya que ellos formarán las bases de su autoestima y de su seguridad en las interacciones con su entorno más cercano: la familia.

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