Columna de Luciano Silva: El caso Rojas Vade y una reflexión de los tres primeros meses de la Convención

Luciano Silva, Escritor. Teólogo. Convencional constituyente.

En este proceso constituyente se han popularizado conceptos como “refundar Chile” y “estado plurinacional”, en detrimento de la tradicional república. Y en el plano de la Ética, se comenzaron a condenar los llamados “negacionismos”, entendidos como las ideas de un sector ideológico que rechaza “la” verdad, y que es necesario exponer, así como los considerados discursos de odio, que podrían ofender a grupos antes excluidos.

Pero son justamente estos grupos los que en este proceso tienen la sartén por el mango, es decir, tienen el poder para imponer un nuevo estándar en la forma de pensar, decir y actuar. Un estándar que, al parecer, podría ser exigible en el nuevo mundo que se diseña con palabras a través de este proceso constituyente, pues no se puede olvidar que los humanos somos seres narrativos que habitamos el lenguaje.

En esta línea, el caso Rojas Vade -que toca a uno de los convencionales que encarnó este cambio de paradigma orientado hacia un nuevo mundo igualitario- dejó al descubierto una verdad que duele. Y que duele porque es verdad: no podemos hacer mundos perfectos con nuestra humanidad imperfecta. La refundación de la sociedad desde una hoja en blanco es compleja, porque solo la experiencia humana constituida en instituciones puede librarnos del caos y la subjetividad individual.

Sin embargo, esa actitud mesiánica y pasional no es mala del todo, es una pulsión evolutiva de la sociedad: cuando las cosas están mal, deben mejorarse. La ciudadanía cansada de abusos confió en personas “del pueblo” para que cambiaran el estado de las cosas. El problema fue que se presentaron con una actitud de superioridad moral, de revanchismo y de hacerlo “todo de nuevo”, rechazando el diálogo y los acuerdos. Por eso, para no seguir cayendo en los males descritos, la convención debe enfocarse estrictamente en el mandato ciudadano -crear una nueva constitución-, evitando el infantilismo político revolucionario y los lujos ideológicos. Las personas pasan, las instituciones quedan.

Rodrigo Rojas llegó con engaños y manipulaciones a la convención. Por eso, no debía continuar ahí. Por eso, y por los miles de chilenos que no tienen la misma suerte -como él- de decir: “no tengo cáncer”. Es por ellos, por quienes sí tienen esa terrible enfermedad, que no pueden caber sentimentalismos en el análisis práctico del caso.

Visto desde el punto de vista de la persona, el dilema merece misericordia en cuanto a la fragilidad humana, pero en lo público, el convencional debe dar cuenta legal y ética de sus acciones. Si deseamos reconstruir el país desde la decencia y los “nunca más”, debe evitarse la subjetividad de los juicios personales y la justificación ideológica sectorial.

Ante esto, es válido preguntarse por qué una oportunidad tan maravillosa, como la de escribir una nueva constitución, trae este tipo de contradicciones. La respuesta se encuentra en que este proceso también ha coincidido con un cambio generacional y cultural sin precedentes en la historia de Chile.

Esta nueva generación tiene envidiables habilidades tecnológicas, sociales y de adaptación a los cambios, pero es altamente sentimental. Sufre de anomia y de una subjetividad individualista que le hace girar en torno a sí misma, provocando la relativización de la verdad. En la práctica, les impide identificar la línea que divide el desarrollo real de la utopía.

Esta visión suele no apreciar los hechos de la realidad económica comparada y las estadísticas objetivas de nuestro país. Prefiere el discurso sentimental, o la canción “del derecho de vivir en paz”, acompañada de emotivas imágenes en un video construido solo con partes de la realidad.

Y es que Chile, con todos sus males e injusticias, continúa siendo el país de los sueños de millones de inmigrantes, aun cuando -sin duda- necesita mejorar su distribución de riqueza y avanzar hacia nuevos derechos sociales. Asimismo, debemos cambiar el paradigma de la economía, una tremenda herramienta para la productividad y la distribución, que en Chile se ha utilizado para acumular abusivamente el capital en pocas manos.

Finalmente, las reflexiones ganadas tras el caso del convencional Rojas Vade, de la actitud de la Lista del Pueblo y de los excesos ideológicos de algunas comisiones, como la de Ética, nos pueden servir para salvar la convención constitucional, dejando atrás los tropezones de estos primeros meses. Chile no merece menos que un proyecto “nacional”, que respete su tradición e instituciones, que hoy se abren a un proceso regionalista descentralizador; un proyecto “popular”, donde los sectores más desposeídos logren efectivamente alcanzar los beneficios del desarrollo, y “valórico”, en el que los derechos anteriores al estado, como la libertad de expresión, de culto y conciencia, continúen siendo la base de nuestras relaciones sociales.

O’Higgins 680, 4° piso, Oficina 401, Concepción, Región del Biobío, Chile.
Teléfono: (41) 2861577.

SÍGUENOS EN NUESTRAS REDES SOCIALES