Conquistadores desde el sur

Qué tienen en común los negocios de los Imschenetzky, de los Mosciatti, de los Arriagada Prussing o de los Aravena. Un factor es el esencial: la familia. Todas las empresas que surgieron a su alero tienen orígenes distintos, condiciones y sueños distantes. Pero el emprendimiento y la visión que les da valor a sus empresas han surgido con el espaldarazo del núcleo familiar.
Mientras Wladimir Imschenetzky  comenzaba a construir casas en San Pedro de la Paz, Osvaldo Aravena iniciaba la primera etapa del gigante zapatero Albano. Los Arriagada Prussing no se conocían quizás, y no se imaginaban que forjarían con el tiempo una marca querida y respetada como lo es hoy Aitue. Y qué decir, los Mosciatti, siempre fueron sinónimo de Bío Bío, la radio, que hoy  tiene 42 estaciones, más un canal de televisión y contenidos en la web.
Son visionarios negocios que nacieron aquí, en Concepción, que se expandieron al resto del país, pero que siguen creyendo que desde la provincia se puede hacer cosas interesantes. “No se trata de encerrarse entre cuatro paredes para hacer región, sino de tener una visión del mundo desde ella”, dice inspiradoramente Mauro Mosciatti. Y así lo han hecho ellos. Cuatro empresas, cuatro marcas, cuatro familias y un horizonte: conquistar Chile partiendo 500 kilómetros al sur de la capital. Se puede, sí, se puede. Aplausos y felicitaciones para ellos, que se atrevieron a surgir desde abajo del mapa.

Radio Bío Bío, la más grande de Chile


Mauro Mosciatti le hace el quite a las entrevistas. Dice que para estos afanes están sus hermanos, Tomás y Nibaldo. Recuerdo que alguna vez estuve ahí en una de esas oficinas haciendo un artículo de su padre, el fundador del imperio radial,  y que me sentía pequeña, pequeña ante su tono de voz, su estampa de actor y su estilo de jefe. Mauro sonríe y comenta que su padre era teatral, que efectivamente su romance con la radio comenzó por el teatro en los 50 y que la concepción que tuvo Bío Bío, cuando surgió en la segunda mitad de los 60, es la misma que mantiene, intacta, hasta hoy en sus 42 estaciones a lo largo de Chile: servir a la gente.
Una imagen en la pared del despacho de Mauro muestra un frontis de calle Carrera. Resalta un letrero hecho a mano que dice: “Gracias, Bío Bío, la radio”… El terremoto, claro. Después del 8,8 imágenes como ésa se repitieron en varias calles de la ciudad en gratitud a la tarea del medio que acompañó a la comunidad en los momentos difíciles post catástrofe.
El hombre que no es informado, no puede tener opinión. Esa frase marcó generaciones que crecieron escuchando Bío Bío, y Mauro Mosciatti, gerente general de la empresa de comunicaciones, explica que para entender la visión de ese medio hay que tener claro algo muy sencillo: “La radio tiene que ser de servicio y tiene que estar abierta a la gente. No saco nada con un medio donde tenga guardias en la puerta, porque el concepto nuestro es una radio que aspira a preservar espacios de libertad. Claramente Bío Bío no es una radio liberal, somos bastante conservadores. Pero sí es absolutamente libertaria, cualquier cosa que atente contra las libertades individuales nos altera, nos indigna, nos violenta”, enfatiza.
Los años duros
Nibaldo Mosciatti padre estuvo ligado al teatro cuando joven y por ello más tarde se vinculó a las radios de Concepción. Trabajó con los Arjona, obtuvo la concesión de la radio El Carbón en Lota en 1959, y recién en 1966 tuvo la oportunidad de comprar una concesión de espacio radial en Concepción.
No fue fácil echar a andar la emisora, recuerda el ejecutivo, cada década tenía dosis de complejidad. “Eran años duros, a fines de los 60, con un país absolutamente estatizado.  Al tiempo vino la Unidad Popular con intervención de cadenas casi diarias a las radios y a la televisión, después llegó lo brutal de la dictadura. Si uno mira el trabajo que se ha hecho en la Bío Bío, evidentemente los últimos 20 años han sido más fáciles que los primeros 20. En la primera etapa resultó muy difícil tener un medio independiente y libre, pero se logró y eso es un espaldarazo a la credibilidad que hasta hoy mantiene”,  asegura.
A las ligas mayores
Mauro Mosciatti recalca que Bío Bío siempre ha sido primera en audiencia en Concepción, no hay estudio que la marque segunda. “Se consolidó muy rápido y ya en los 70 era una radio tremenda. En los tiempos de la dictadura fue lejos la radio más libertaria de Chile; lejos, la radio en que se daba más noticias, la que nunca se intervino. Fue la primera emisora en salir después del Golpe con su marca y no como cadena. Tiene un montón de cosas que la han marcado como un medio independiente y creíble”, sentencia con orgullo evidente.
Si la radio Bío Bío dio buenos frutos en la región, después llegó la hora de la expansión. En 1989 se abrieron las radios de Temuco, Osorno y Puerto Montt, y comenzaron a cubrir el sur de Chile. Y en los 90, se extiende a Valdivia, Los Ángeles y Lonquimay, luego Chiloé. En 1997 se instaló en Santiago y entre esa fecha y el 2000 se levantó toda la red norte que -según explica el gerente- fue muy complicado en medio de la Crisis Asiática.
“Había mucho que realizar en el norte y crecimos en un momento complejo. Siempre lo hemos hecho con recursos propios, porque nosotros no tenemos ‘dadores de sangre’. Paralelamente Bío Bío en Santiago empezaba a marcar muy bien y eso fue un paso importante. Cuando uno tiene una radio informativa, te escuchan porque te creen, no porque les gustes, y para que te crean tienen que conocerte. Este proceso es muy lento, pero lo conseguimos”, asegura el  ejecutivo.
Y si esta radio de provincia logró esa consolidación poco antes de 2010, con el terremoto entró definitivamente a las ligas mayores. “Si Bío Bío no hubiera estado firme en Santiago, si la gente no hubiera sabido de qué se trataba, entonces no habría tenido el efecto que tuvo. Habíamos hecho convenios con CNN y SPN y creo que con ellos alcanzamos bastante visibilidad, fue un acierto donde todos ganamos”, dice.
Hoy Bío Bío es la radio informativa más importante de Chile y también la más querida. La gente que escucha Bío Bío la defiende, porque hay un tema afectivo muy fuerte. “La identidad se logra porque la gente sabe que más allá de que nos equivoquemos o no, no existe mala fe en lo que hacemos y ellos dan por seguro que siempre vamos a estar a su lado. El público puede estar de acuerdo o en desacuerdo con alguna noticia o alguna línea editorial que nosotros demos, pero sabe que nosotros creemos que estamos haciendo lo correcto. La gente no es tonta. Si en algo nos equivocamos, también lo decimos. Eso en el curso de los años te va creando un acumulado que es muy fuerte”.
La gente quiere a la Radio Bío Bío, no es una marca indiferente, no es neutra la relación. Tampoco tiene intereses creados. “Yo no creo que haya otro medio con la participación de auditores como la Bío Bío, por la cantidad de personas que llama, que sale al aire. En todos los años que llevo trabajando en la radio nunca ha salido un garabato al aire, nunca un auditor ha llamado para hacer una pitanza, porque la gente siente que es de ellos y uno no se hace trampa a si mismo. Cuando uno escucha a los auditores que quieren opinar o que quieren informar en general lo hacen con un nivel de respeto impresionante”.
Mauro Mosciatti agrega que los auditores son una tremenda fuente de información y de colaboración y, además, despachan muy bien, pues han aprendido intuitivamente la dinámica. Guardan el número de prensa en el celular y esperan que pase algo para poderlo contar.
Ése es uno de los porqué la radio en Concepción marca 30 puntos de audiencia. Le sigue Punto Siete (también de Bío Bío), con 11 puntos, y la otra más cercana marca 6.
“Si uno se encuentra con esos números podría caer en la tentación, por ejemplo, de hacer una radio más barata. Quizás podríamos tener la mitad del departamento de prensa y ser primeros igual… pero no. No es la idea, porque para servir a la gente hay que tener respeto por lo que hacemos y darle la mejor calidad profesional. Ése es nuestro foco y aunque las cosas cambien por un asunto natural, de evolución, estamos conscientes que la idea que formó este medio va a ser siempre la misma: una radio de todos, donde todos participan”.

La ruleta rusa


Wladimir es padre de Nicolás y abuelo de Nicolás junior. Son los nombres fuertes de la dinastía Imschenetzky, apellido que suena a construcción, a desarrollo inmobiliario y a dinero. Sí, a dinero. Porque aparte del imperio económico que han logrado construyendo viviendas, creando barrios, transformando la urbe, los Imschenetzky tienen un espíritu aventurero que los llevó a saltar de su clásico rubro a la arena del juego.
Desde que el casino Marina del Sol encendió sus neones, el entretenimiento cambió para siempre en esta ciudad.  El éxito fue rotundo y para Nicolás Imschenetzky Popov, la motivación es cada vez más grande. “Hay mucho que mejorar todavía, pero hemos aprendido mucho… y, lo principal, a mí me gusta ver a los clientes contentos, felices y eso es lo que hemos intentado reflejar en todos los proyectos que tenemos”.
La oficina de Nicolás Imschenetzky Popov es acogedora y no tan imponente como pudiera pensarse. En las paredes están los rostros de sus hijos, los hijos de sus hijos y, cómo no, de sus abuelos que le dieron el nombre a la inmobiliaria Valmar (Valentín y María).
“Mi padre, Wladimir, llegó a Chile el año ‘48 con su familia, arrancando de la guerra, con lo puesto… Y el primer trabajo que tuvo fue limpiar los baños del Estadio Nacional… Trabajó en varias partes en Chile y donde más tiempo estuvo fue en industrias forestales, en el complejo de la celulosa y llegó a esta zona a construir celulosa Arauco, donde yo empecé a trabajar. Estudiaba y trabajaba, y ahí llegamos a Concepción. Me vine a estudiar a la Universidad de Concepción y vivíamos en Villa San Pedro”, relata Imschenetzky Popov.
Recuerda que terminaron trabajando como contratistas, se transformaron en una empresa de mantención de industrias y luego derivaron a trabajar para el Servicio de Vivienda y Urbanización, Serviu. Reconoce que su empresa comenzó a ser conocida en los tiempos de Pinochet, cuando Miguel Ángel Poduje era ministro de Vivienda. “Vino este señor en un plan de convencer a los contratistas para que se transformaran en empresarios y ahí partimos. Le creí. Mi padre le creyó y empezamos a comprar terrenos. Los primeros que adquirimos fueron en las Lomas de San Andrés, después compramos en Boca Sur y empezamos a armar negocios. Yo diría que la clave de nuestro éxito fue hacer las cosas pensando esto: Si yo fuera un cliente, qué quiero para vivir, qué compraría”. El empresario explica que en ese tiempo empezaron con el subsidio habitacional y que su empresa fue la primera en Chile que construyó viviendas para una cooperativa. “Tal vez eso fue la clave del éxito: ser siempre más arriesgado, como que íbamos adelante, mientras los demás no creían y decían ‘esta cuestión no va a ser’, nosotros creímos. Entregué la primera cooperativa de vivienda en Chile en 1978, la cooperativa Purema de Tomé, 20 casas de 40 metros cuadrados cada una con los primeros subsidios que se entregaron en forma masiva en el país. Pero nos hicimos famosos en Concepción o pasamos a estar dentro del jet set de los constructores cuando tomamos Huachicoop, que fue lo mismo… un carril. Huachipato ya tenía su propuesta, todo claro, en la prensa salía en todos lados que lo iba a hacer Fourcade, y aparecimos nosotros. Y ¡pum…!”
Nicolás Imschenetzky sigue contando cómo pasó de hacer viviendas sociales a viviendas para otros sectores, de acuerdo con las nuevas necesidades y a la nueva situación económica del país. A pensar barrios, a crear ciudadelas con equipamientos y servicios de un mayor estándar. Son miles de millones de millones construidos hasta aquí y el afán sigue. Su proyecto querido: Brisas del Sol, ahí con el casino en el vecindario.
El casino fue otro de los negocios a los que llegó por casualidad. Estaba en las termas, lo comentó con José Luis Giner (casino de Chillán). Se dio cuenta que eran bases similares a las propuestas del Serviu… “Me acuerdo que le hice una pregunta (a Giner) ‘ahora te vas a poner mafioso, de viejo te vas a meter en un casino’, y me dio toda una explicación, que los casinos no tienen nada de mafiosos, está todo regulado. Y tiene toda la razón, porque es uno de los negocios más regulados que he visto en mi vida. Es como una notaría. Si me pregunta qué soy yo ahí: un recaudador de impuestos. Me revisan cada 30 días, no puedo hacer nada solo. Si quiero cambiar una máquina, no se puede y tengo que ir a Santiago”.
Dice que lo convencieron que había que hacer un casino en la provincia de Concepción y ahí empezaron. “Qué es lo que querían de nosotros: los terrenos y nos metimos. Y por qué nos ha ido bien en el casino: porque no sabíamos de casinos, yo no sé ni jugar. Si yo fuera jugador de casinos nos iría mal, pero como no sé ni me interesa jugar, hemos seguido el reglamento, aprendimos con esta ley”.
El éxito de Marina del Sol es innegable y la estrategia de asociarse con el grupo canadiense Clairvest Group fue un acierto. Es el casino más grande de Chile, con más de 20 mil metros cuadrados construidos y con el flujo de público más importante en el país.
Imschenetzky recalca que su visión de empresario es querer realizar cosas más que ganar dinero. “Lo que pasa es que ahí hay un tema. ¿Haces algo porque quieres ganar plata o porque te gusta hacerlo? Son dos cosas distintas. Yo, por lo menos, las cosas las hago porque me interesa hacerlas. Ahora cuánto gano, es un tema que no me preocupa. Yo quiero ver clientes felices. ¿Cuántas veces he mirado el balance? Nunca. De pronto hay que entender que los negocios son un bien o un servicio, que tienen que ser útiles a quien los consume y le deben reportar un beneficio a quien los produce. A mí en el tema de las casas me interesa más que mis clientes queden contentos, a que yo gane o pierda. Y la suma de la felicidad es lo que te da la utilidad”.
Y con cara de felicidad Nicolás Imschenetzky Popov abre un diario y muestra un reportaje sobre su familia. Lo mira, se ríe, se enorgullece. Dice que quiere a Concepción, porque es la ciudad que le dio todo y que espera seguir aportando. Que tiene en mente cosas “grandes” que no puede adelantar. Grandes, como la ilusión que trajo a esta parte del mundo a los primeros Imschenetzky, y grandes como el trabajo, el éxito y el prestigio que genera hoy su marca incluso fuera de esta región.

Desde el terreno querido


“Las cosas no nacen de un día para otro”. Andrés Arriagada lanza esa frase, estructura sus palabras, cuenta que es ingeniero civil industrial y que es de Mulchén. Que conoció a su mujer, Claudia Prussing, en la Universidad de Concepción cuando él estaba en tercero y ella era “mechona”, proveniente de Osorno. Es un hombre inquieto, viene de una reunión,  al término de la entrevista lo espera otra… en unas horas más se va a Los Ángeles y busca en su agenda un espacio para las fotos de esta revista.
El presidente del directorio de Aitue comenzó su relación con las inmobiliarias en Lagies y luego con Valmar, en los 90, donde se vinculó con el mundo de la construcción y el sector  vivienda. Y le gustó, le encantó. Dice que aprendió mucho y tuvo la posibilidad de generar en este rol profesional una experiencia única.
Viajó 13 veces a Rusia cuando estaba radicado en Santiago, recién casado y con niños pequeños. “Durante tres años estuve más en Rusia que en Chile, fue agotador. Y llegado un momento conversé con Claudia sobre que era el tiempo de cambiar de área y buscar algo propio. Teníamos el bichito y decidimos irnos por el lado donde teníamos más experiencia y nos habíamos formado: la parte ingenieril, en el área inmobiliaria y, bueno, decidimos venirnos a Concepción por ser el lugar donde yo me sentía más cercano y más conocedor. Es decir, volvimos a Concepción a formar Aitue”, recuerda.
Andrés tenía fuertes lazos en esta ciudad. Había formado redes en lo social, en lo laboral y también en lo político. “Era 1996 y no había lucas,  pero sí mucha gente que confió en nosotros…  desde familiares, como mi hermana y mi suegro, y logramos montar nuestro primer proyecto en los Huertos Familiares de San Pedro de la Paz, el condominio Doña Isidora. Lo hicimos pensando en nuestras necesidades y, de hecho, nos fuimos a vivir ahí con otras 14 familias”.
Ésa ha sido la tónica de los proyectos de Aitue. Hacer viviendas donde sus mismos gestores podrían vivir, basados en sus experiencias y en sus necesidades. La clave es “interpretar lo que yo quiero para vivir, tanto en los espacios, los diseños, terminaciones y el proyecto urbanístico. Ése es un sello que marcó a la empresa en su primera fase. Apostamos a San Pedro y así construimos todos los  condominios ‘Doña’, con más de 350 viviendas en este concepto. Era una etapa en la que hacíamos de todo. Claudia, que es descendiente de alemanes, es metódica, ordenada, buena en los números… y yo que soy un poco más extrovertido  y que  me cuesta menos lo comercial,  armaba proyectos, conformaba equipos y echaba a andar la compañía. Cada cual en lo suyo… Hacíamos de todo: construíamos, vendíamos y hacíamos post venta”, explica Arriagada.
Toda esa experiencia, de la vivencia diaria ayudó a sortear la crisis del 98. Estaban en una etapa de flexibilidad y de un crecimiento normal, pero el momento crítico de la economía hizo que levantaran la cabeza y que, definitivamente, Aitue mirara hacia nuevos horizontes.
“Soñamos una empresa de tamaño distinto. Con un modelo de negocio que permitió que Aitue se expandiera”, sentencia. Y ese modelo fue básicamente buscar socios para el desarrollo de los proyectos. Así se incorporó Península de Andalué, San Pedro del Valle, y de ser constructores de grupos de viviendas pasaron a ser desarrolladores de barrios.  “Tuvimos la suerte de tener socios de primer nivel y dejamos de ser la empresa pequeña, para ser una empresa con liderazgo dentro del rubro en el Gran Concepción con estos dos barrios”, explica el ingeniero.
Ésa fue la segunda etapa, donde se consolida la marca.
Aitue viene del mapudungun, significa “terreno querido”, y tiene que ver con un lugar de valor sentimental para Claudia Prussing.  Este nombre tan pegajoso y, hasta musical, estaba a esas alturas al borde de una tercera etapa: hacer una inmobiliaria de carácter nacional. Ahí se incorpora otro socio estratégico, que es la familia Stengel, que aportó el capital para hacer sólido este tercer estado de la empresa.
Ya en esta fase han diversificado sus productos habitacionales, oficinas, centros comerciales. Han salido de las fronteras de Concepción creando barrios en Los Ángeles, las Termas de Chillán, en Santiago y viendo inversiones en la Sexta y Séptima regiones. “Queremos tomar esta experiencia, liderazgo local y transformarnos definitivamente en una empresa nacional. Para eso hemos incorporado un equipo de excelencia a nivel gerencial. Hemos tratado de traer talento a la gerencia general, comercial, técnica y a la administración, porque a esta altura uno no puede hacerlo todo solo. En eso estamos desde Concepción. Tenemos una vocación acá  y no pretendemos llevar nuestra oficina central a otro territorio”, recalca el ejecutivo.
Andrés dice que Concepción  es la ciudad  donde constituyó familia, crecieron sus hijos  y la que le dio la posibilidad de educarse y emprender. Por eso también viene la vuelta de mano. “Esta ciudad tiene todo para orientarse a una calidad de vida de excelencia. Tenemos ríos, lagunas, estamos cerca de la cordillera. Es un lugar  que está  equipado con servicios de primera como en educación y salud.  La crítica  es un poco que el crecimiento ha sido desordenado. Por eso nuestros proyectos tienen un aporte al desarrollo urbano y es también un desafío para quienes trabajan con nosotros, porque planteamos una forma de querer hacer ciudad. Sea aquí en Concepción o en otros lugares donde queremos estar”.
Y no, no se imaginaron que llegarían tan lejos. Su modelo de negocio era mucho menos ambicioso, pero las cosas se dieron, las oportunidades se tomaron y las cosas se hicieron. Y se hicieron bien. Por eso los sueños vuelan más lejos aún, pero siempre con la intención de mantener una empresa desde esta parte de Chile, que es su terreno querido.

En los pies de Chile


Los ojos de Osvaldo Aravena tienen la dulzura de una historia larga y de esfuerzo. Ya había leído que su padre fue zapatero remendón. Ya sabía que su primera fábrica estuvo en Coronel. Ya me quedó claro que cambió su dirección del imponente edificio de Paicaví a su antigua propiedad en Aurora de Chile por un asunto de espacio. Pero no intuía que el fundador del gigante zapatero, Albano, cosió su primer par de zapatos a los ocho años, que un par de años después decidió sacrificar los estudios para los cuales tenía harta cabeza, por darle de comer a sus hermanos y para que ellos siguieran estudiando.
Se sienta al lado de su mujer, Adelaida Rivera, la mira, la destaca como su partner más leal, la aplaude con sus palabras. Y empieza a recordar la historia de sus inicios en la industria del calzado, cuando hacía todo en forma artesanal, a pedido, sin máquinas ni operarios y sin todo el monstruo que se advierte en la fábrica hoy.
Albano es un nombre italiano y en honor al cantante, a la sofisticación del diseño de ese país, Osvaldo Aravena quiso llamar así a su empresa. Desde antes de 1975, cuando comenzaba su negocio en Coronel, él le tenía fe a su trabajo, a la calidad de su tarea de artesano. Y así comenzó a mirar a Concepción. Se instaló justo en el lugar donde hoy se encuentra, en Aurora de Chile.
“Mis primeros clientes masivos fueron tiendas pequeñas de Concepción. Instalamos la primera tienda en la galería Plaza”, explican Adelaida y Osvaldo.
Y vieron que el negocio era bueno. Y quisieron agrandarse. Estaban para hacer otras cosas más sofisticadas, a la moda y siguiendo los cánones de las principales tendencias del mundo. Con ingenio salieron a mirar vitrinas, aquí, allá, en Europa incluso. Y se encendió la máquina y el negocio fue un éxito.
“Estábamos suscritos a revistas, asistía a eventos de moda, tenía que viajar a Europa si quería conocer más del negocio. Me iba con mi cámara fotográfica y miraba, aprendía no sólo la forma de  hacer zapatos, sino la forma de venderlos”, explica el patriarca de Albano.
Era un desafío importante para su formación, porque Osvaldo -en honor al trabajo-  llegó hasta tercero de humanidades. Sorteó las barreras del idioma y no había modelo que no fuera analizado, resuelto y mejorado en sus manos.
“Imagínate que yo en Italia me sentaba en un lugar donde se reunían los diseñadores de todas las áreas para crear una tendencia. Los textiles, los del calzado, los del maquillaje y de los accesorios… Todos se ponían de acuerdo y desarrollaban una línea. Aprendí quiénes y cómo dictan los patrones de la moda. Eso es tremendamente interesante”, asegura.
Es día de show room en  Santiago y Concepción. En exposición decenas de “tareas” o pares de zapatos.  Se fotografían y se exponen a los clientes. Se está mostrando lo que viene en la temporada primavera verano. Es el sueño de las mujeres una exposición de todos los colores, diseños, alturas. Todo en talla 36.
Osvaldo dice que mantenerse no ha sido fácil. Que los zapatos chinos han sido la muerte para la industria zapatera, pero que hay algo que ningún producto puede ganarle. “Nosotros hicimos una excelente descendencia. Nuestros hijos aman el negocio y ellos han aportado con sus conocimientos a la comercialización  de nuestros zapatos. Los niños hablan inglés,  estudiaron para el negocio y por ellos todo esto funciona”, enfatiza.
Hoy están trabajando cerca de 300 personas en su empresa y sus colecciones se venden en tiendas desde Arica hasta Punta Arenas, incluidas las grandes tiendas. Todo esto ha valido la pena, dice Aravena. Se han pasado tristezas y sacrificios, pero el amor al rubro del calzado es tanto que es un orgullo decir que lo que no pudo con el estudio, sí lo logró con el trabajo arduo.
“Y es un gran orgullo también, porque nosotros somos los únicos que vamos quedando después de tantas industrias zapateras que hubo en esta zona”, comenta Osvaldo que sigue firme en la administración.
El  zapato de calidad tiene que ser cómodo, de cuero, que no dañe el pie. El que hace calzado plástico tiene su nicho y está bien, dice Osvaldo, pero que no vengan con cuentos. El que reconoce la importancia de vestir seguirá siendo cliente leal de productos como los suyos y él, con su familia, está dispuesto a seguir haciendo los esfuerzos para poner los mejores diseños a los pies de Chile.

O’Higgins 680, 4° piso, Oficina 401, Concepción, Región del Biobío, Chile.
Teléfono: (41) 2861577.

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