Credibilidad y degradación de la política

Roger Sepúlveda Carrasco, Rector de la Universidad Santo Tomás Región del Biobío

Sin duda que uno de los mayores capitales que puede tener un político es (o debiera ser) su credibilidad. De ella derivan muchos aspectos positivos donde, a partir de su trabajo, acciones, palabras e iniciativas -entre otros-, quienes desde un cargo de elección popular se dedican al servicio público, honran el voto de sus sufragantes, precisamente, con su actuar.

No obstante, la pérdida de credibilidad es tan fácil de producirse como, a la vez, difícil de recuperar. Esta situación produce en la población una actitud de rechazo e incredulidad, con lo que se va degradando la calidad de la democracia al no encontrar, aparentemente, eco las demandas de la ciudadanía en el actuar de sus líderes.

Asimismo, se verifica una desafección con el quehacer de la política, actividad humana por cierto tan relevante como necesaria. Este asunto en particular es muy serio si se piensa que los sistemas democráticos se basan en el accionar de sus representantes. Así, por ejemplo, la abstención de voto frente al padrón electoral es un fenómeno demasiado recurrente. En Chile la participación en las últimas elecciones no ha superado de manera constante ni el 50 % de los potenciales sufragantes, sumado a ello, además, el efecto del voto voluntario.

Esta situación se ve reflejada, incluso, en las recurrentes encuestas con el denominado “voto de rechazo”, donde frente a la consulta ¿por quién nunca votaría usted?, las respuestas de los ciudadanos denotan un rechazo abierto a ciertas personas y sin vuelta atrás. Pero ¿por qué se produce este complejo fenómeno?

La respuesta a dicha incógnita puede parecer multifactorial, pero hay algo que se repite con frecuencia: frases inoportunas o muy desafortunadas de quienes detentan un cargo de elección o directivo en el llamado “mundo público”.

De estas expresiones en Chile parece que tuviéramos una incómoda abundancia, como afirmar que la gente va a un consultorio a hacer vida social; decir que las ferias libres pueden repartir sus productos por delivery; hablar de sueldos “reguleques”; sugerir la organización de un bingo para juntar fondos para reparar una escuela; pedir a usuarios del Metro que lo tomen más temprano para ahorrar, o un ministro mandando a preguntar a las vacas por qué no “dieron más leche”. Todas frases muy desafortunadas.

Es por ello que tenemos que convencernos, de una buena vez, que cuidar nuestras instituciones y, más aún, nuestra democracia, es tarea de todos. Tanto la forma como el fondo debieran ser armónicos y objeto de cuidado en política. Eso demanda un esfuerzo por evitar este tipo de conductas, las frases populistas, y todo aquello que afecte la credibilidad y cercanía de los ciudadanos frente a sus autoridades y representantes. Citando al Senador Ted. Kennedy: “En la política es como en las matemáticas, lo que no es totalmente correcto, está mal”.

El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial de Revista NOS.

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