Cristhian Mellado | Del aula a la rectoría de la UCSC

Académico desde hace dos décadas, llega a liderar la Universidad Católica de la Santísima Concepción tras una trayectoria en diferentes cargos dentro del plantel. Lugares desde donde siempre, dicen, se ocupó de mejorar la calidad de la formación que entregaban a los estudiantes. Su nombramiento es visto como un reconocimiento a quienes hacen carrera dentro de la UCSC, y a aquellos que, por vocación, jamás dejan la sala de clases. Un nuevo rector, con una peculiar historia de vida, que hasta el 2025 encabezará la gestión en esta institución regional.

Todo fue distinto esta vez. El salón donde Cristhian Mellado Cid asumió como rector de la UCSC, el martes 2 de junio, estaba casi vacío. Sin invitados, sin profesores, sin estudiantes presentes. Fue una investidura inéditamente privada, porque así lo exigían los aforos que establece la autoridad sanitaria en el contexto de la pandemia.

Lo acompañaban el Gran Canciller de la universidad y arzobispo de Concepción, Fernando Chomali; el rector saliente, Christian Schmitz; funcionarios a cargo de la ejecución del evento, y miembros de su familia. La comunidad universitaria observó la actividad de forma online desde sus hogares.

Pero no solo su ceremonia de asunción fue particular. La llegada de Mellado a la rectoría de la UCSC también marcará varios hitos en la institución, como que es el rector más joven en asumir el cargo (está a punto de cumplir 44 años) y, también, el primer exalumno de la Universidad Católica de la Santísima Concepción en desempeñar esa función.

Antes del nombramiento, dicen desde el interior del plantel, poco se sabía sobre la terna que el Comité de Búsqueda había propuesto al Gran Canciller para reemplazar al rector Schmitz. Se tenía una idea sobre cuál era el perfil buscado para ejecutar los desafíos estratégicos del periodo 2021-2025 y, también que tenía que ser alguien capaz de guiar a la comunidad universitaria en la fe y en los valores del catolicismo.

El 10 de mayo, el Gran Canciller comunicó que el escogido era Cristhian Mellado, hasta entonces decano de la Facultad de Ciencias Económicas y Administrativas (FACEA) de la UCSC.

Algunos vieron su elección como un premio a la carrera universitaria, pues el hoy rector fue ocupando y creciendo en distintos cargos hasta liderar la institución: ingeniero comercial de profesión, tuvo un breve paso por el retail, antes de llegar a la academia, en 2001, como profesor part time. El 2003 pasó a ser académico de planta de la UCSC, luego fue jefe de carrera de Ingeniería Comercial, secretario académico, director académico del MBA de la FACEA y los últimos cuatro años, decano de esa unidad. En todo este proceso, realizó un diplomado en Docencia Universitaria, después un Magíster en Administración en la Universidad de Chile y, en EE.UU, específicamente en la University of Texas Pan-American, se tituló como doctor en Finanzas.

Devoto de la Virgen y de San Sebastián

Profundamente católico, comenzó a temprana edad a participar en actividades de la iglesia. En cuarto básico ingresó a la infancia misionera, y al finalizar la enseñanza media en el Liceo La Asunción de Talcahuano, ya coordinaba la pastoral de los estudiantes. Un camino que siguió durante la universidad.

La particularidad de su fe es que se funda en un hogar donde su madre y su abuela profesaban la religión evangélica. “En mi casa siempre hubo respeto por la fe del otro. Junto a mis hermanos elegimos la religión católica, como mi padre. Lo acompañábamos a misa; los 8 de diciembre íbamos con él a la procesión de la Virgen, y los 20 de enero, a San Sebastián, en Yumbel, y nunca oí de mi madre un reproche por ello”, recuerda.

-Usted llega para fortalecer la identidad católica en la comunidad de la UCSC. ¿Cómo se aborda ese objetivo con una iglesia que hoy está tan cuestionada?

“Es una tarea difícil, pero no por eso vamos a renunciar a nuestra misión. Todas nuestras carreras tienen una formación de filosofía y teología, y los perfiles de ingreso deben contribuir a esa misión, pero debemos ir más allá. Con algunos cercanos ya hemos hablado de la importancia de crear la mística UCSC, y que esta se proyecte en nuestra coherencia institucional, donde, por ejemplo, el alumno vea que su profesor tiene un actuar acorde con nuestro proyecto educativo. Lo mismo los funcionarios de esta universidad. Que los estudiantes vean que, si nos equivocamos, reconocemos y rectificamos. Y que luego ellos, como profesionales, den testimonio de estos valores en su desempeño”.

-¿De qué manera su idea incluye a los no católicos o no creyentes?

“No se trata de que personas que no sean católicas no puedan trabajar o estudiar acá. Ser un lugar que reciba a todos es parte de nuestros principios. Creemos en la libertad de culto y en que se puede convivir con base en el respeto por los otros. La riqueza que tiene respetar esa dignidad es, sin duda, un tremendo valor de nuestro proyecto educativo”.

25 kilos de pan, a mano

Los negocios y su administración fueron temas con los que el rector de la UCSC prácticamente creció. Cuando era muy niño, su papá inició un emprendimiento de venta de empanadas, que luego se transformó en una panadería con un anexo de mini market. “Mi historia en este tema se inicia cuando un día falla el panadero y me toca hacer 25 kilos de pan, a mano. Tenía 11 años más o menos”. Desde ese momento, siempre se mantuvo apoyando el negocio de sus padres, como también tuvieron que hacerlo sus dos hermanos. “Primero salíamos a hacer las entregas de empanadas a pie o en micro. Imagínese la plancha que uno pasaba por el olor a empanadas que quedaba impregnado en los microbuses que nos subíamos”. Ese problema se terminó cuando durante una Navidad recibió una bicicleta de regalo. “Pero no venía sola. Tenía instalada una parrilla que servía para llevar las cajas para los repartos. Mi papá siempre veía la utilidad de las cosas y de eso aprendimos”, rememora. De lunes a viernes iba al colegio, y los fines de semana y vacaciones trabajaba en la panadería. “Ahí me levantaba a las seis de la mañana, hacía las empanadas y luego las salía a repartir, eso era sagrado”. Era un trabajo sacrificado, donde internalizó el significado del rigor, de la responsabilidad y del esfuerzo, recalca.

-¿No pensó en seguir con el negocio familiar?

“Valoro muchísimo lo que hizo mi papá por nosotros. Él falleció en el 2018, y trabajó casi toda su vida. A pesar de mi conocimiento del negocio, el sacrificio familiar que implicaba no lo quería para la familia que yo estaba formando. En la casa de mis padres no se celebraban los 18 de septiembre ni tampoco Navidades o Año Nuevo. En esas fechas eran donde teníamos más ventas y, por lo tanto, más pan, empanadas y dulces que hacer. Curiosamente, mi primer trabajo como ingeniero comercial fue en un supermercado de una cadena, donde también el tema laboral era casi 24/7. Pero como dice el padre Cecilio de Miguel, mi amigo, la providencia divina me hizo tomar nuevos caminos.

Y así llegué a la universidad donde encontré una vocación que me trajo al cargo donde ahora estoy”.

Eso sí, hay cosas que no se olvidan, y por eso hasta hoy es él quien hace las empanadas en su casa. “Cuando estuve haciendo mi doctorado en Estados Unidos, hacer el pan o dulces después de una jornada de estudio era para mí como una terapia, porque es algo que disfruto mucho, pero solo como un pasatiempo”, enfatiza.

Aprendizajes significativos online

Además de su trabajo en el decanato de la FACEA -donde ya llevaba un segundo periodo-, dictaba el ramo de Finanzas Corporativas en la carrera de Ingeniería de Información y Control de Gestión. “Descubrí que en la sala de clases estaba mi vocación, que ahí dentro se iban los cansancios, el estrés… Mi área de especialización son las finanzas corporativas y con eso se relacionan las asignaturas que yo imparto”. Por eso, el año pasado, como al resto de los académicos, también le correspondió subirse rápidamente al carro de la virtualidad y de la educación remota, cuando las universidades cerraron sus puertas por causa de la pandemia.

-Hay un tema que preocupa a los estudiantes y a sus familias, y eso es cómo se garantiza la calidad de la formación a través de clases virtuales.

“Primero con disposición. La disposición demostrada por los estudiantes en el primer semestre del año pasado ayudó mucho a sacar adelante este desafío y esta transformación. Lo mismo el empeño y la voluntad de los colegas académicos, de pasar de la noche a la mañana de clases presenciales a clases virtuales. Lo otro es la planificación con los profesores, para trabajar en metodologías activas y con mucha interacción con los estudiantes. Nosotros previo a la pandemia contábamos con una plataforma virtual de aprendizaje, y la mayoría de los cursos la usaba. Eso nos ayudó, y también la preparación en estas tecnologías que nos entregó nuestro centro de innovación”.

-¿Y cómo se aseguran los aprendizajes?

“Tenemos que disponer a los estudiantes para un aprendizaje ciento por ciento online, al menos por este semestre. Sabemos que este sistema no reemplaza ni se parece a la comunicación que se da en el aula. Que en este formato tampoco a los alumnos les gusta encender sus cámaras para así verlos, y lo entendemos, porque algunos no lo hacen porque no se sienten cómodos mostrando su entorno. Sin embargo, también debemos traspasarles la responsabilidad del aporte que les corresponde para generar aprendizajes significativos. Entendemos que los estudiantes están agobiados, pero por lo mismo, los guiamos sobre cómo llevar esta educación remota, cómo usar los recursos y cómo organizarse. Además, cada tres semanas se hace un receso de una semana, que sirve para ponerse al día y avanzar tanto a estudiantes como a sus docentes. Asimismo, los ramos que requieren presencialidad no se cerraron hasta que se pudieron hacer las actividades prácticas que estipulaban los planes de estudio. Hoy le estamos dando prioridad a ellos con esta ventana que nos está dando el plan Paso a Paso”.

-Esta crisis sanitaria puso aún más en evidencia las desigualdades del sistema en cuanto a conectividad, acceso a tecnología o incluso del entorno que tiene un joven para estudiar. ¿Cómo abordan esa situación en la UCSC?

“El 71 % de nuestros alumnos recibe gratuidad, y el 94 % viene de colegios municipalizados o subvencionados, entonces es una realidad que conocemos, y como institución tenemos una experiencia al respecto. Es complejo cerrar esa brecha, pero hemos trabajado entregando más de 3 mil becas de conectividad y préstamos de notebook para nuestros estudiantes. Se fortaleció la asistencia social y también la psicológica, pues hemos monitoreado la salud mental de nuestros alumnos. Sabemos que la pandemia ha agravado este aspecto y nos estamos ocupando de ello”.

-La crisis económica que la pandemia trajo a las familias chilenas también ha provocado que muchos estudiantes abandonen o congelen sus estudios universitarios. ¿En qué situación están ustedes?

“Analizamos nuestras cifras, y no observamos un efecto pandemia. Nuestras tasas de retención, que llegan a un 81 %, no son distintas a las de años anteriores”.

-Su experiencia como estudiante en una universidad norteamericana le sirvió para tener una mirada distinta de los planteles de educación superior. ¿Qué replicaría acá en la UCSC?

“Nosotros tenemos un plan estratégico basado en el desarrollo de la docencia, de la investigación, de la gestión y la vinculación con el medio que debemos potenciar. Ya hay un camino bastante avanzado desde el que debemos continuar. Ahora, qué me gustaría… allá el sistema de financiamiento es distinto, hay un importante aporte del Estado a las universidades públicas. Me gustaría que acá el Estado reconociera el aporte que nosotros sin ser una universidad estatal hacemos a la educación pública. Nuestros estudiantes vienen de los primeros seis deciles de la población más pobre del país, y hay un aporte con la gratuidad que paga el arancel, pero también están los aportes basales que permiten financiar más allá del arancel. Hay un tema de los aranceles regulados que la nueva ley establece, y la pregunta es si eso financia todo lo que una universidad hace en investigación y vinculación con el medio, como en nuestro caso, que tenemos una matrícula de casi 15 mil alumnos, y presencia en las tres provincias del Biobío y también en la región de Ñuble. Eso es un desafío y es algo que, como allá, también debiera darse acá”.

-¿Y en temas de gestión?

“Allá todo funciona muy bien, todos tienen muy claras sus funciones y están muy orientados a sus tareas. Los académicos se dedican a hacer clases y a investigar. Ese es su norte. Además, hay toda una parte extracurricular muy rica, un desarrollo de la cultura que se proyecta al entorno, hay campos sustentables. Eso, sin dudarlo, es algo por lo que debemos trabajar”.

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