Cristian Warnken y su retiro del mundanal ruido

Al enterarme que Cristián Warnken, esa suerte de joven sabio, conocedor profundo de mundos estéticos, poéticos y literarios, lo abandonaba todo, trabajo, comodidades, para sumirse en un año sabático dedicado a pensar, me causó admiración. El explica que tocó fondo y que necesitaba meditar y reordenar las prioridades en su vida. Recordé los versos de fray Luis de León: “Qué descansada vida la del que huye del mundanal ruido y sigue la senda por donde han ido los pocos sabios que en el mundo han sido”. Me temo que su valiente alejamiento de esta sociedad narcisista, ególatra y consumista no será tan descansado, pues dejará de lado muchos placeres para vivir, como él mismo afirma, “un sabático de pobre, de precariedad, de caminar y caminar y no usar ni siquiera taxi, en lo posible”. Dice que tomó esta decisión, por el dolor no superado aún de la muerte de su hijito Clemente, quien se ahogó en la piscina de su casa hace dos años.
Tajante, afirma que hoy predomina lo rápido. Si tenemos un duelo, tiene que ser exprés. Lo abruma que el ser humano no asuma la tristeza y le entregue su yo más íntimo a los que define como “administradores”. Si estamos deprimidos, acudimos a siquiatras y sicólogos, sin atrevernos a hurgar en nuestros miedos más profundos. Obviamente, se refiere a depresiones leves, no a aquellas que se tratan con fármacos u hospitalización pues se puede llegar al suicidio. También se cuestiona la religión, argumentando que dejamos en manos de sacerdotes  la administración de nuestra fe. Afirma que en Chile es poca la gente que lee la Biblia o la estudia y que habitamos en un país culturalmente católico, pero espiritualmente pobrísimo.
¿Se puede vivir con menos dinero? Warnken responde que sí, que estamos llenos de artículos y artefactos que no necesitamos y que nuestra economía está pensada por ingenieros comerciales que estudiaron en universidades norteamericanas y para los cuáles no existen otras dimensiones que las económicas.
Le encuentro mucha razón. Rememoro con nostalgia la época en que estudiaba periodismo en Santiago. Un período muy feliz. Vivía en Las Condes y diariamente viajaba en las micros villa El Dorado-Vitacura, a veces repletas. Ninguno de mis compañeros de curso tenía auto. Jamás me faltó nada. En  mi casa había una nutrida biblioteca y una nana, la Dominga, que cocinaba exquisito y nos hacía empanadas, sopaipillas con chancaca, panqueques y jugos de fruta natural en una antigua juguera de mi abuela. En esos tiempos no se dilapidaba, había sólo un televisor en la sala de estar, en blanco y negro donde por las noches veíamos Barnabás Collins. Era otro Chile, quizás más ingenuo y precario, pero todavía el pensar calculante no se había apoderado de todo. “Yo valgo 150 UF la hora”, me han dicho algunos relatores que he tratado de traer a dictar charlas. ¿Casi 2 millones de pesos por disertar 60 minutos? ¿En qué mundo de locos estamos si aceptamos esas condiciones? Depende de nosotros bajarnos de este tren, propone Warnken. Y esa propuesta me parece muy, muy sabia.

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