De Covid-19 a la Gripe Española: Experiencias de las que debemos aprender

Prof. Andrés Medina A. | Licenciatura en Historia UCSC.

Este ha sido un año extraordinario. Nuestra comunidad ha vivido un momento dramático, primero por las noticias que surgieron a fines del año pasado desde China, anunciando la aparición de un virus letal y, luego, por la rápida expansión que ya en marzo lo trajo a nuestro país.

Considerando solo el siglo XX y lo que llevamos del actual, en Chile podemos enumerar la tenebrosa visita de patógenos que causaron: peste negra, viruela, fiebre amarilla, tifus exantemático epidémico, gripe española, influenza asiática, fiebre de Hong-Kong, sida, hanta virus, listeriosis, gripe porcina y, hoy, la dolorosa llegada del Covid-19.

Una mirada superficial sobre estos indeseados visitantes nos permite descubrir algunos rasgos comunes, como el aumento evidente de las tasas de mortalidad y la sensación de que las autoridades no han reaccionado a tiempo y no entregan la información verdadera. También los incidentes provocados por grupos sociales que rechazan las restricciones impuestas a las libertades personales, por negar la realidad de la pandemia o por desafiar a la autoridad, y la extensión de una sensación de angustia por la crisis económica generada, donde fácilmente proliferan falsos rumores.

La realidad revela que hoy, y así lo ha entendido la gran mayoría de la población, lo que nos queda es cumplir las medidas de autocuidado: uso de mascarillas, lavado constante de manos, distancia física, evitar al máximo las salidas y ojalá, en un lapso breve, contar con la ansiada vacuna.

Pensamos que resulta atingente a nuestra actual realidad, por su semejanza, conocer los rasgos que tuvo la más mortal pandemia que afectó al mundo el siglo pasado, la llamada “gripe española”, que nos impactó entre 1918 y 1920.

En esos años, el mundo tenía cerca de dos mil millones de habitantes, y las víctimas mortales oscilaron entre 50 y 100 millones, afectando de manera especial a la población juvenil y a aquella que presentaba enfermedades preexistentes, y derribando la confianza en la ciencia y en el progreso, y profundizando el sentimiento de crisis que creó la Primera Guerra Mundial.

Chile en esa época tenía aproximadamente tres millones y medio de habitantes, y los recursos médicos -en un país con una miseria extendida- eran escasos: menos de 500 doctores, alrededor de 100 hospitales, y camas públicas y privadas que bordeaban las diez mil. A eso se sumaba el hacinamiento, que se mostraba en los famosos conventillos, donde se estima que vivía el 40 % de la población.

Los relatos periodísticos indican que el contagio comenzó en julio de 1918 en Tarapacá y Antofagasta, y que en septiembre se extendía por todo el territorio nacional. Se menciona el inicio de campañas para educar en higiene a la población y, en medio de denuncias del cuerpo médico por la escasa previsión en aseo y limpieza, se procede con campañas de saneamiento y desinfección de los espacios públicos de uso masivo. Por esos días se recomiendan inhalaciones de aceite mentolado, y son muchos quienes acuden a remedios caseros.

Las medidas de aislamiento son resistidas por algunos sectores y el temor a la hospitalización lleva a ocultar a los familiares contagiados. Se restringen algunos ritos sociales, como saludos de mano, besos y conversaciones cercanas, y se clausuran conventillos y ferias.

Pero más allá de las restricciones, también surgió la idea de impulsar la medicina preventiva y de fortalecer la gestión del Estado para activar la salud pública. De hecho, el gobierno de Juan Luis Sanfuentes obtuvo recursos extraordinarios para organizar servicios de inspección, aislamiento y vigilancia médica.

El balance final indicó que la gripe española contagió a un tercio de los habitantes de Chile, y provocó el deceso de 43 mil personas, el 1.2 % de la población.

De eso ha pasado un siglo y, nuevamente, un jinete del apocalipsis asola nuestra comunidad que, a pesar de las experiencias previas, no estaba preparada para enfrentar esta amenaza. Sin embargo, es de esperar que esta vez sí saquemos lecciones.

Una vez superado el trance, debemos lograr transformar el sufrimiento vivido en una gran alerta, que nos permita estar preparados para los patógenos venideros. Es un llamado a que organizaciones internacionales y actores públicos y privados de nuestra sociedad adopten las medidas de precaución necesarias para reaccionar con mayor rapidez ante eventuales futuras amenazas.

Esa sería la manera más lógica e inteligente de reaccionar, de modo de evitar repetir la tragedia que hemos padecido este fatídico año 2020.

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