Uno de los reconocimientos que me enorgullece es aquel del Colegio de Periodistas de Chile, Consejo Regional Concepción. Me lo entregaron en julio de 1992, cuando su presidente era Remijio Chamorro Rodríguez. El pergamino dice: “Por su valiente y ejemplar defensa de la dignidad profesional de los periodistas”.

Sonnia Mendoza,
Periodista. Premio Lenka Franulic 1994. Académica de Periodismo UCSC.

Por entonces, el país sonreía. Los amantes de la democracia sonreían. Yo también. Cerrábamos una etapa difícil para nuestra profesión, la de los ’70 y ’80. Muchos reporteros de Concepción nos habíamos jugado la vida en defensa de los principios del periodismo aún en condiciones adversas Esa generación, egresada de la Escuela de Periodismo de la U. de Concepción en su mayoría, bregó para cumplir con su misión, para buscar y difundir la verdad. En la calle recogimos la palabra, el dolor, la desgracia y la esperanza de trabajadores, de intelectuales, de políticos, de académicos, de pobladores, de organizaciones, de la gente misma. Muchas veces nos aplaudieron como héroes.

¿En qué momento, entonces, nos empezaron a ver como villanos, a pesar de develar en el último tiempo graves hechos de corrupción en Chile?

En este volcán social en erupción en 2019, los ataques a El Mercurio de Valparaíso y a Radio Bío-Bío en Concepción no pueden sernos indiferentes. El maltrato a periodistas en terreno, con riesgo de su integridad, duele, y debemos buscar respuestas. El trasfondo es profundo: hay una deslegitimación de los medios tradicionales. El ciudadano común confunde hoy al reportero con el medio, y atribuye a estos profesionales los pecados que pueden ser en esencia los de las empresas, por su complacencia -en general-con las medidas conservadoras y restrictivas de los poderes político y económico. El gran empresariado periodístico no ha hecho -TV incluida- un ejercicio contundente sobre la connivencia que tuvieron con muchos hechos sórdidos y criminales del pasado.

Avanzamos en tecnología, pero esta nos sacó de la calle, y dejamos de tomarle el pulso in situ a la sociedad penquista y por qué no, al país. Dejamos de ir al sitio del suceso por lejano y dificultoso que fuese para hablar con la gente, para escucharla, para ser el puente de sus pesares y aspiraciones frente a la autoridad, para alertarnos incluso de sus silencios sobre que algo no estaba bien. Nos desconectamos. Sin chequear, nos rendimos a la inmediatez de las redes sociales con sus aciertos y desaciertos, a sus datos dudosos, descontextualizados y, a veces, interesados. Con libertad desmedida nos entregamos de lleno a cubrir a la socialité de la farándula-política-deportiva y sus secretos de alcoba. Se impusieron rating y ventas. Nos olvidamos de la vecindad y su cotidianidad.

Los tiempos han cambiado. Es cierto. Pero en este nuevo caminar, debemos revisar nuestro rol e informar –sin adjetivar- de lo que pasa allá o acá. Dejemos de atropellarnos, de descalificar, de difundir sin verificar porque “una prensa seria, bien informada, responsable, objetiva e independiente es la mejor garantía para tener y mantener una democracia estable, una nación sana y unas autoridades incorruptibles”, como escribió la destacada Premio Nacional de Periodismo 1991, Raquel Correa Prats.

La prensa debe ser fuerte, escéptica y objetiva. Solo así cumple con su misión, concita el respeto y la credibilidad de la sociedad, dos valores inseparables para un periodista. Para el de ayer y para el de hoy.

O’Higgins 680, 4° piso, Oficina 401, Concepción, Región del Biobío, Chile.
Teléfono: (41) 2861577.

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