¿Debemos pronunciarnos sobre la salud mental de una figura pública?

Ps. Patricio Ramírez Azócar, Doctor en Salud Mental Docente Facultad de Psicología Universidad del Desarrollo

Durante la campaña de la primera vuelta presidencial surgió una discusión a raíz de los cuestionamientos que le hiciera un periodista al entonces candidato, Gabriel Boric, acerca de su diagnóstico y tratamiento de un Trastorno Obsesivo Compulsivo. Una materia que ya era de público conocimiento. Con el paso de los días, aparecieron voces expertas pronunciándose, esta vez, sobre las características de personalidad potencialmente preocupantes del otro candidato con posibilidades de llegar a La Moneda, José Antonio Kast, lo que también desató reacciones a favor y en contra.

Más allá de las opiniones políticas sobre Boric o Kast, algunos expertos en salud mental sostienen que es parte de su responsabilidad social levantar alarmas respecto de problemas de ese ámbito en los aspirantes a un cargo tan relevante, mientras que, para otros, pronunciarse públicamente acerca de aquellos los hace incurrir en una falta ética y, además, contribuye al estigma asociado a los problemas de salud mental.

Estas polémicas no son exclusivas de nuestro país. En Estados Unidos, por ejemplo, existe la regla Goldwater, en la Asociación de Psiquiatría Americana, que en uno de sus puntos señala que se considera una falta ética que un médico psiquiatra entregue su opinión profesional sobre una figura pública, a menos que haya participado de la evaluación de esa persona y tenga, obviamente, su autorización para darla a conocer. No obstante, puede compartir su opinión experta en términos generales de un caso donde un individuo ha hecho de conocimiento público su situación. Por el lado de los miembros de la Asociación de Psicología Americana hay opiniones encontradas al respecto, aún cuando su código de ética también aborda este punto.

Cabe recordar cómo en ese país corrieron ríos de tinta respecto a la personalidad del expresidente Donald Trump, lo que generó discusiones no poco acaloradas. Sin ir más lejos, su sobrina y psicóloga clínica, Mary Trump, en el libro Demasiado y nunca suficiente: cómo mi familia creó al hombre más peligroso del mundo (Editorial Urano, 2020), enumera una decena de trastornos mentales que, a su juicio, presentaba quien entonces era presidente de EE.UU.

Quizás la forma en que abordó ese tema el Doctor en Psicología Vicente E. Caballo resultó en una aproximación distinta. En su artículo, Un análisis psicológico de Donald Trump (Revista Psicología Conductual, Vol. 25, 2017) fue ejemplificando los criterios clínicos del Trastorno Narcisista de la Personalidad, a la luz de lo que Trump había dicho en entrevistas, en redes sociales o donde existía algún registro audiovisual suyo. Caballo no dio un diagnóstico clínico de alguien a quien no conocía profesionalmente, con lo cual se mantuvo apegado a la ética, pero sí se aventuró en ofrecer un entendimiento de ese trastorno de la personalidad, usando la conducta de Trump como ejemplo.

Aunque el Código de Ética del Colegio de Psicólogos de Chile es claro respecto a que en las apariciones en medios de comunicación social estos profesionales deben abstenerse de efectuar o comentar diagnósticos, y solo limitarse a dar orientaciones generales, la existencia de otros medios donde las cuentas son individuales (Twitter o Facebook), para muchos pone la duda sobre cuáles son los límites de la expresión de una opinión profesional en un contexto no profesional.

Es de esperar divergencias, en parte, porque no todos los problemas de salud mental son igualmente graves. No es lo mismo que una persona que ocupa un alto cargo público esté experimentando un trastorno depresivo o uno ansioso, para los que existen tratamientos psicológicos y psiquiátricos con probada efectividad, que el que una persona en situación de poder tenga, por ejemplo, rasgos de personalidad con tendencias psicopáticas o paranoides, que suelen ser permanentes y muy poco modificables. En el primer caso, es la propia vivencia la que provoca malestar a quien experimenta esos síntomas, mientras que, en el otro, el patrón en su forma de ser suele ser dañino en las relaciones con el entorno cercano y, potencialmente peligroso, para quienes se consideren “adversarios”.

En torno a esto, quisiera proponer dos preguntas invitando a la discusión: ¿Es equivalente la falta ética cuando el diagnóstico que se piensa tiene una figura de relevancia pública es entregado para un diario o la televisión, que cuando es puesto en una cuenta personal que solo pueden leer quienes sean sus seguidores? Y, siendo figuras cuyas decisiones tienen impacto en una nación completa, ¿es responsable abstenerse o ser neutral desde el rol profesional, o existen valores superiores que deben cuidarse, y donde sí es justificable poner acento sobre lo que se infiere de la salud o trastorno mental de quien aspira a tener un alto cargo político?

 

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