Del campus al sector productivo

Roger Sepúlveda Carrasco Rector Universidad Santo Tomás Concepción – Los Ángeles.

Indudable es el rol público que deben tener las universidades para aportar al desarrollo económico y productivo de las comunidades a las que pertenecen. No obstante, la mayoría sigue siendo vista -prioritariamente- como centros de formación y transmisión de conocimiento, cuyo aporte a la industria es aún insuficiente.

La formación de capital humano avanzado que realizan las casas de estudio debe necesariamente unirse a la entrega de soluciones a problemas concretos, un desafío que busca el trabajo conjunto con empresas y el Estado, colaboración virtuosa que, sin duda, impacta positivamente en el crecimiento de la economía.

Y este aporte se inicia en el trabajo de I+D+i que ya realizan varias universidades chilenas, agregando al rol docente funciones de asistencia técnica y de servicios especializados por medio de centros de investigación, spin-offs y licenciamiento en áreas específicas, por ejemplo.

La academia tiene hoy el desafío de plantearse también como una plataforma de entrega de tecnología y ciencia aplicada. Y parece que así lo están empezando a entender los principales actores involucrados. Hoy se observan esfuerzos importantes en pos de este objetivo. La innovación ha demostrado ser una herramienta vital de creciente interés para la educación terciaria, elemento que se logra, necesariamente, a través de la sinergia y retroalimentación del proceso de enseñanza-aprendizaje y la investigación.

Las empresas deben sumarse a esta meta, pues ellas trabajan con tecnologías que rápidamente cambian y que el mundo académico puede actualizar y mejorar, buscando alternativas y creando nuevas opciones. Si bien existen casos exitosos de grandes empresas vinculadas a universidades trabajando en innovación, para las Pymes, no es tarea fácil ligarse a un centro de investigación, siendo éste un punto pendiente importante que considerar.

Entonces, la triada exitosa se cumple sumando el trabajo de las casas de estudios, los privados y también el Estado. Este último debe propiciar el trabajo conjunto de investigadores y científicos en distintas áreas del conocimiento, creando ecosistemas que permitan transformar el conocimiento en tecnología y articular redes. Algo en ese camino hemos avanzado (Fondef, Proyecto Anillos, entre otros).

Sin embargo, quedan por superar algunos importantes desafíos. Por ejemplo, aumentar la inversión en I+D, que sitúa a Chile en el último puesto de la OCDE, con un 0,32 % del PIB, mientras que el promedio de los otros países alcanza un 2,38 %, conjuntamente con pilotar la adecuada instalación del futuro Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación, iniciativa de seguro necesaria pero que, a la hora de la verdad, deberá demostrar su real capacidad para acercar nuestro país al desarrollo.

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