Desafíos de la inmigración en Chile

Roger Sepúlveda Carrasco,
Rector Universidad Santo Tomás Concepción – Los Ángeles.

Hace algunas semanas fuimos testigos del avance a pie de migrantes centroamericanos rumbo a Estados Unidos. Días después, las imágenes nos mostraron a niños y adultos refugiándose en Tijuana y, luego, intentando cruzar la frontera, donde fueron detenidos por la policía.

Esta realidad vuelve a poner sobre la mesa una temática candente. Nos muestra cómo un drama humano se transforma en un problema político. También vimos cómo el presidente Trump dio la orden de reforzar la frontera con México, para impedir el ingreso ilegal a su país, movilizando más de 15 mil soldados.

Chile no está ajeno a este fenómeno. Particularmente por el llamado Plan Retorno, del Gobierno, que ofrece la oportunidad al pueblo haitiano de regresar voluntariamente a su patria, sin costo económico, pero con el compromiso de no regresar en un lapso de nueve años.

Desde nuestros orígenes como nación, nuestro territorio ha acogido a gente de muy diversa procedencia, pues somos un crisol de pueblos provenientes de distintas geografías. Alemanes, franceses, ingleses, italianos, croatas, sirios, judíos o palestinos son algunas de las colonias fácilmente reconocibles, y con más tradición en nuestro país, dándole un toque especial a nuestra patria, y aportando enormemente a nuestro crecimiento y desarrollo.

Hoy en día, según datos recientes del Instituto Nacional de Estadísticas, son cerca de 750 mil los migrantes que viven en Chile, lo que representa menos del 5 % del total de la población, cifra muy lejana al 10, 15 o 20 % de algunos estados en los EE.UU., o en países occidentales de la Unión Europea, tales como Alemania, España, Francia, Italia o Reino Unido.

El crecimiento económico, la estabilidad política y la paz social han contribuido a hacer de Chile un destino atractivo para los migrantes. A ello se suma la inexistencia de conflictos y problemas sociales y políticos, como los que aquejan a varios países de nuestro entorno, como la crisis política en Venezuela, la pobreza extrema en Haití, o la violencia y el caos de la guerrilla, la delincuencia y narcotráfico en Colombia.

La relativamente reciente migración de los países recién mencionados ha despertado ciertas susceptibilidades que debemos erradicar. De ninguna manera es aceptable muestra alguna de racismo o xenofobia, puesto que la tolerancia y el pluralismo son dos de los valores de la postmodernidad sobre los que se ha levantado buena parte de la arquitectura social que hoy nos sostiene.

Para el caso nacional, el actual gobierno ha dado señales de querer ordenar la casa, modificando la actual Ley de Extranjería, ajustándola a las necesidades actuales. El proyecto busca acoger y dar un trato más humano y justo, combatir las redes de tráfico de inmigrantes, impedir el acceso a personas con antecedentes penales, y la creación de una nueva institucionalidad migratoria: el Servicio Nacional de Migraciones, así como establecer un sistema flexible de categorías migratorias, según sea el caso.

Lo positivo de esto es que se rescatan iniciativas provenientes de distintos colores políticos. Es decir, avanzamos con los dos pies y no a saltos de izquierda o de derecha. Por tanto, todo hace pensar que, si el proyecto llega a buen puerto, podremos decir que como país nos acercamos, otro poco, al sueño del desarrollo.

O’Higgins 680, 4° piso, Oficina 401, Concepción, Región del Biobío, Chile.
Teléfono: (41) 2861577.

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