¿DESCREÍDOS O DESORIENTADOS?

¿Somos una sociedad descreída? ¿O solo estamos desorientados por el zamarreo que nos dio el coronavirus, enfrentándonos, sin darnos la posibilidad de desviar la cara, a nuestros flancos más débiles?

Si la respuesta es positiva para la primera interrogante, quiere decir que ya dejamos de creer en otros y, sobre todo, en quienes tienen el poder de tomar decisiones. Y eso es tan grave como preocupante. Si nos inclinamos por la segunda, nos ubicaríamos entre quienes se definen como confundidos. Entre los desconcertados por las excusas, omisiones, errores y las faltas cometidas por la clase dirigente durante esta pandemia, pero que están en busca de referentes porque entienden que la confianza es el capital más valioso para aguantar y superar una crisis como la que hoy vivimos.

En el caso chileno, el coronavirus llegó a atacar a una sociedad a la que le faltaba mucho para superar las divisiones que había generado el estallido social. A ciudadanos que, como a comienzos de año demostraba la encuesta CEP, no le creían ni al gobierno ni a las instituciones. Por eso el desafío frente a la pandemia se veía doblemente complejo, y por eso también, se esperaban -y se necesitaban- liderazgos conocedores de nuestras realidades, claros en la entrega de información y convocantes de aquellas voces realmente autorizadas.

No sería sensato cuestionar las buenas intenciones de quienes nos dirigen, pero los errores que hoy nos tienen padeciendo el escenario más complejo desde el primer contagio conocido de Covid-19 en Chile, hacen que, como ciudadanos responsables, les hagamos ver que se necesita un cambio de estrategia, de prioridades y una modificación en el actuar.

Qué posibilidades existen de que las personas sigan las recomendaciones de autoridades de las que desconfían. Qué legitimidad tienen líderes que no predican con el ejemplo, que a vista y paciencia de todos se saltan los protocolos que los demás se ven obligados a cumplir. Qué poder de convencimiento tienen representantes que están ensimismados en sus luchas partidistas, y que en lugar de generar unidad, dividen y confunden todavía más, como una forma solapada de acarrear agua para su molino.

Apelar a la responsabilidad individual, al quédate en casa, al cuídate para cuidar a otros no fue suficiente, y es necesario reconocerlo. La gente no entiende o no quiere entender porque no cree en el mensajero. De allí que es tan importante recuperar esa confianza perdida, porque una sociedad descreída no tiene futuro.

En esta situación de pandemia dependemos de las decisiones de otros. De que los demás también sean responsables, se cuiden y respeten las medidas sanitarias, del buen juicio de las autoridades, del compromiso de los medios por informar, de las empresas, sobre todo de las grandes, para cuidar el trabajo y el bienestar de sus trabajadores, y para poner a la salud y a la integridad de las personas sobre cualquier otro interés. No es posible, por ejemplo, permitir la irresponsabilidad de empresarios que se disfrazan de esenciales para que su gente obtenga permisos y así puedan trabajar en un área donde existen instrucciones de confinamiento absoluto.No se pueden seguir permitiendo que algunos sigan cometiendo actos soberbios e indolentes. No ayudan, nos separan y nos ponen en peligro.

Equipo editorial

 

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