Doctor Fernando Monckeberg Barros: “Obesidad: epidemia de los pobres”

Asegura que la “gordura” afecta a quienes en su infancia sufrieron desnutrición precoz grave por el ajuste de su organismo a menos calorías, y luego, en la adultez además llevan una vida sedentaria y una alimentación hipocalórica. Aboga porque el Estado promueva una alimentación sana e incentive el ejercicio y el deporte para atacar el sobrepeso que padece el 39,9% de los chilenos. La clase política debe entender-dice- que, sin una gran inversión en ciencia, tecnología e innovación, “nunca seremos desarrollados”.


Parece contradictorio, pero la epidemia de sobrepeso y de obesidad que afecta a 1.000 millones de personas en el mundo y al 39,9% de la población chilena, “es de los pobres”, advierte el doctor Fernando Monckeberg Barros (85), Premio Nacional de Ciencias Aplicadas y Tecnológicas 1998, y pionero en nuestro país en la disminución de los altos índices de desnutrición infantil.
Ese no es el único mérito de este destacado científico y visionario. Han sido muchas sus batallas con sus mejores argumentos ante la elite gobernante desde la década del 70 abogando por medidas que, admite con cierta frustración, “ya nos tendrían como una nación moderna y desarrollada”.
Para el creador y primer director del Instituto de Nutrición y Tecnología de los Alimentos (INTA) y Presidente de la Corporación de la Nutrición Infantil (CONIN), cargo que ocupa en la actualidad, quienes sufrieron cuadros de desnutrición precoz en su niñez ajustaron su metabolismo a menos calorías y luego normalizaron su alimentación. El drama, sin embargo, es que ese cambio les afectará por el resto de sus vidas, pues frente a una alimentación normal comienzan a acumular grasas, porque su organismo considera excesivo ese aporte de energía. Además, eso se agrava por dietas no balanceadas y por la vida sedentaria de la mayoría de los chilenos. Monckeberg, que dictó una clase magistral sobre “El desafío del Desarrollo y la Innovación”, en la Facultad de Ingeniería de la Universidad del Desarrollo en Concepción, admite que fue una labor titánica convencer a la clase gobernante chilena en la década del 70 respecto de desarrollar programas de largo plazo para revertir los altos cuadros de desnutrición que afectaban a gran parte de población infantil. “Las elites sólo acogen lo que les entrega resultados inmediatos, ya sea para mantener el poder o acceder a éste”, precisa. Ante la resistencia, debió cambiar de estrategia “y jugármela para que se fueran tomando algunas medidas, pero omití decir que los resultados eran de largo plazo”. El experto aboga por políticas de Estado que ayuden a un cambio de hábitos en la alimentación de los chilenos, una tarea que no es fácil, porque siempre serán más atractivas las comidas con alto contenido de grasas y aceites que las verduras o frutas, “debido a que fortifican el sabor”. También insiste por la existencia de una infraestructura de recintos deportivos y recreativos con programas accesibles a los sectores socioeconómicos de bajos ingresos, donde se concentran los cuadros de sobrepeso y obesidad.
Hace 39 años, en su libro Jaque al subdesarrollo, Monckeberg ya señalaba cuatro recomendaciones básicas para alcanzar la meta de un país desarrollado, pero sólo dos de ellas fueron acogidas. Hoy, advierte que Chile tiene que dar un salto cualitativo en ciencia, tecnología e innovación para alcanzar esa condición. “Es muy difícil convencer a la clase política que hay que gastar en esas áreas 100 mil millones de dólares de aquí a los próximos 20 años. Mientras no se rompa ese esquema, seguiremos con rezagos y posponiendo decisiones. Conspira también la estructura del Estado chileno que exige resultados inmediatos; los presupuestos anuales de la nación y la discusión por las distintas partidas son el mejor ejemplo de ello”, sentencia.
-Hoy, el 21,1% de los escolares tiene problema de obesidad contra el 5% en 2005. Usted que luchó para erradicar la desnutrición en Chile ¿Qué explicación tiene para esa nueva realidad?
Con una sonrisa, Monckeberg manifiesta que esa es la pregunta del millón, y añade que “en los últimos 20 a 30 años, estamos viviendo a nivel mundial una verdadera epidemia con 1.000 millones de habitantes con sobrepeso, especialmente en los países en vías de desarrollo. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), hay una población de 300 millones ya con cuadros clínicos de obesidad. Es una situación rara, porque significa que, en el organismo de los seres humanos no está funcionando un equilibrio exacto entre la ingesta y el gasto de calorías, en las distintas etapas de la vida. En los animales ese fenómeno no sucede, porque es muy difícil ver un tigre obeso en las estepas de África, especialmente en los mamíferos que viven en condiciones naturales. A ellos les funciona la regulación entre lo que comen y gastan de calorías. Otro factor extraño es que la epidemia de la obesidad es de los pobres. Sería lógico pensar que sólo afecte a los ricos, debido a que tienen acceso a una mejor alimentación, pero los cuadros de gordura se dan, mayoritariamente, en las personas de bajos ingresos socioeconómicos en todas las naciones del mundo. En Estados Unidos, el alto porcentaje de obesos está en la población negra y latina”.
-¿Qué genera ese flagelo que cuando deriva en cuadros de obesidad mórbida requiere de operaciones y tratamientos costosos?
“Hay mucha relación entre la desnutrición precoz y la posterior obesidad. Hace 30 años tuvimos en Chile una muy grave que afectó a un número importante de la población. A los cinco años de vida, el 60% de los niños tenía algún grado de ella, desde los primeros períodos del embarazo hasta los dos o tres años de vida, donde teóricamente el gasto de calorías es muy alto. Hay que tomar en cuenta que en los primeros seis meses un infante dobla su peso y lo triplica en un año. Si en los primeros años de vida no se ingiere el alimento requerido, el hipotálamo queda con la información grabada que el organismo humano funciona con pocas calorías y nutrientes. El gran problema es que esa modificación del metabolismo repercute para el resto de la vida de las personas. Luego, cuando mejora o aumenta la alimentación, lo extra se transforma en grasa acumulada. Una mala alimentación y conductas sedentarias contribuyen a los casos más graves de obesidad mórbida”.
-¿Estamos frente una situación compleja de superar?
“Hay que considerar que se requieren de dos generaciones para normalizar el metabolismo de quienes sufrieron desnutrición precoz, y en Conin atendimos a más de 80 mil casos graves de lactantes”.
-¿Qué hacer cuando la última Encuesta Nacional de Salud revela que el 39,9% -8 millones de chilenos- sufre problemas de sobrepeso?
“Lo primordial es un cambio en la dieta con un mayor consumo de verduras, frutas y alimentos que no aporten tantas calorías. Algo complejo, porque los hábitos son difíciles de cambiar si no se hace desde los primeros períodos de la vida. Siempre será más apetecible comer carne, huevos y papas fritas o comida procesada con aceite o que contengan grasas, porque fortifican el sabor. Los niños hoy pueden elegir sus alimentos e incluso en los restaurantes se les ofrece un menú de alto contenido hipocalórico. El problema no es la excesiva oferta de alimento chatarra, sino la modificación de los hábitos partiendo de los adultos, porque no resulta el mejor ejemplo pedirles a sus hijos que coman sano, cuando ellos tampoco lo hacen. Un informe emanado del Ministerio de Salud indica que el 46% de la población infantil chilena presenta problemas de sobrepeso y mala alimentación”.
-¿Hay que terminar con la creencia que niño gordito es sinónimo de estar sano?
“Hace 30 años era un razonamiento lógico, estábamos llenos de niños desnutridos, pero ahora estamos frente a un problema de excesiva acumulación de grasas. Hay que incentivar la actividad física y el deporte, aunque no existan unos kilos demás, para ello el Estado debe dotar de recintos, canchas y programas gratuitos. Es decir, toda una infraestructura a la que puedan acceder niños y las familias de niveles socioeconómicos más bajos. Es prioritario además educar incorporando el conocimiento de los alimentos y sus beneficios en la etapa escolar, pese a lo complejo que es luchar contra la atracción de alimentos que causan más placer al paladar. Lamentablemente, son los de más alto nivel calórico”.
-¿Qué medida es fundamental para terminar con la obesidad que muestra una curva ascendente en la sociedad chilena?
“Si logramos evitar que haya más desnutridos en las primeras etapas de la niñez en Chile, en las próximas dos décadas irá disminuyendo la obesidad, que es distinta al sobrepeso. Hay que considerar que cuando las expectativas de vida eran de 30 años no había personas con gordura extrema, pero ahora son de 80 años. Es evidente que después de los 50 años uno empieza a acumular grasa y diría que un sobrepeso a esa edad es normal. Si hacemos esa clara distinción, la obesidad mórbida podría sólo alcanzar al 10% de la población. Sin desconocer su preocupante impacto, también se exagera con los kilos de más. Mido un metro 70 centímetros y con 80 kilos tengo diez demás, pero no creo que ello me cueste la vida o derive en patologías complejas. Nadie ha podido demostrar que el sobrepeso acorte la vida, pero debemos modificar nuestros hábitos alimenticios y evitar en sedentarismo que afecta a más del 80% de la población”.
-¿Qué falta en ciencia y tecnología para dar el gran salto y ser definitivamente un país desarrollado?
“En 1972 escribí el libro Jaque al subdesarrollo, donde expresaba la necesidad de políticas de largo plazo que nos permitieran hacer de Chile una nación desarrollada. Advertía que el mundo entraba a una gran etapa de creatividad e innovación científica y tecnológica, y los países que tuvieran ese capital mejorarían progresivamente la calidad de vida de sus habitantes. Incluí cuatro recomendaciones: La más importante y difícil -y a la que dediqué todos mis esfuerzos- era impedir el daño a los niños por problemas de desnutrición. Es decir, preservar el recurso humano, que los recién nacidos tuvieran la posibilidad de expresar su potencial genético, y evitar que el medioambiente limitara su crecimiento físico e intelectual, lo que en gran medida se ha logrado. Hace 40 años, el 60% de la población estaba afectada por una deficiente alimentación en los primeros períodos de su vida y en su condición de pobreza. Si bien un tratamiento integral (nutrición y estimulación psico-afectiva y motora temprana) recupera, la mayoría no alcanza su plena normalidad en las etapas posteriores de su vida. Eso se traduce en una menor talla para su edad y dificultades progresivas para el aprendizaje. Otro requisito era darle al recurso humano la educación y capacidades necesarias para enfrentar la creciente dinámica de la nueva sociedad de la información y del conocimiento. Eso iba aparejado con una estructura capaz de sustentar el desarrollo científico y tecnológico del país, lo que tampoco se hizo. Sólo en los últimos años hay algunas iniciativas más concretas en ese aspecto.
La cuarta era incorporarse a la globalidad que comenzaba a regir la economía mundial de mercado. Eso, afortunadamente, se hizo con la utilización de los recursos naturales abundantes en Chile, mineros, agropecuarios, forestal y del mar. Este último logro, más la disminución de la desnutrición infantil le permitieron al país progresar. De haberse considerado en su totalidad, hoy seríamos una nación desarrollada con niveles similares a España y Portugal”.
-¿A qué atribuye que el Estado y las distintas autoridades políticas del país no acogieran sus recomendaciones?
“Es el gran drama de los países subdesarrollados. La contingencia política y quienes están en el poder buscan resultados inmediatos, no impulsan estrategias de largo plazo. Debo reconocer sí que fuimos exitosos en el objetivo de superar las altas tasas de desnutrición. Eso nos permitió reducciones considerables a partir de los tres años de aplicados los primeros programas. Chile tiene hoy índices de nutrición y también parámetros biomédicos de salud y de mortalidad infantil similares a los de las naciones de desarrolladas, pese que todavía no lo somos”.
– El ex ministro de Educación Martín Zilic dice que la Región del Biobío sería una potencia alimenticia con una inversión 400 millones de dólares en ciencia y tecnología ¿Qué le parece?
“Es un planteamiento lógico. En los ’70, sugerí invertir US$ 23 mil millones hasta el año 2000 para prevenir daños por desnutrición y potenciar en salud primaria y control de niño sano, alimentación, educación y saneamiento ambiental, entre otros programas. Hablé con la elite gobernante más de 20 veces, pero cuando les decía que los resultados de esos planes sólo se verían 20 ó 30 años después, no había respuesta e incluso lo encontraban utópico. Para avanzar en el combate de la desnutrición, tuve que jugármela, convencerlos de tener programas, pero omití decirles que sus resultados no serían inmediatos”.
-¿Cómo mejoramos la competitividad de la economía chilena, todavía basada en recursos primarios?
“La estrategia de exportación de recursos naturales está tocando fondo. Lo prioritario es su transformación en productos con alto valor agregado, y para ello hay que hacer alianzas con quienes generan conocimiento en el orbe. El mejor ejemplo de una gran oportunidad que perdimos, ocurrió hace unos diez o quince años, cuando la empresa trasnacional Intel vino a Chile, quería fabricar chips de computador. Aquí le dijeron que al capital extranjero se le trataba en la misma línea del nacional. Eso mismo, pero sumado a mejores condiciones en el tratamiento de la inversión se lo ofreció Costa Rica. Intel optó quedarse en esa nación centroamericana que hoy exporta 10 mil millones de dólares anuales en chips de computación. Tenemos que cambiar nuestra mentalidad, entender que el mundo se globalizó y considerar políticas mucho más atractivas para captar el capital y la tecnología”.

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