Dos amigos, dos ejemplos de coraje

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María Angélica Blanco Periodista y escritora.

A veces los sueños encuentran gente dispuesta a prestarles todas las noches de su vida para que se hagan realidad. Esos sueños no son otra cosa que luchar con coraje de fuerza telúrica para seguir viviendo con plenitud y dignidad. Tengo la fortuna de contar con dos amigos entrañables que, día a día, reinventan el mundo, su mundo, para que resplandezca otra vez en el vértigo de lo negado, el sentido de lo no consentido, el resplandor de lo oculto. Uno lucha contra un cáncer que la medicina alópata considera terminal. El otro, contra una diabetes que a sus 82 años le arrebató la vista, le gangrenó algunos dedos de los pies y ha mermado su capacidad de caminar. Pero jamás se han rendido. Heroicos, aguerridos, han enarbolado la bandera de la voluntad y la esperanza como acto de resistencia, quebrándole la mano al destino.

 Ambos han hecho de la diferencia un arte de vida, usando su inteligencia en contra de los oscuros pronósticos de los agoreros, celebrando la vida, viviéndola tal como les gustaría ser recordados.

A su lado me siento pequeña, indigna y efímera. Ellos tienen el poder de iluminar y encender la luz en la pequeña aldea de mi corazón y mi conciencia. Hemos tenido profundas conversaciones. A través de ellas, me han trasmitido que la única verdad, la que no puede ser rebatida, es la certeza de que aquello que perdura y trasciende del precario ser humano, lo fundan hombres fuertes que dejan memoria de sí.

Carlos Domínguez, esposo de mi hermana Carmen, fue diagnosticado de cáncer al pulmón hace dos años. Le dieron seis meses de vida. Su decisión fue desafiar la medicina convencional que le ofrecía sólo quimioterapia. Alternó dichas sesiones con medicina alternativa. Comida vegetariana libre de toxinas, baños de tina caliente con sal de mar, ozonoterapia, reflexología, acupuntura y meditación. No bebe ni come nada que contenga químicos, colorantes, azúcar o sal. Hoy, su tumor se redujo al mínimo y su sistema inmunológico es mejor que el mío.

Eduardo Meissner, queridísimo amigo, combate su diabetes desde los 17 años. Muchas veces me ha dicho que toda su vida ha sido un gran acto de voluntad. Los médicos convencieron a sus padres de que moriría joven. Pero la vida de Eduardo ha sido bendecida por el misterio y la genialidad. “Soy inmenso, contengo  multitudes”, escribió el poeta Walt Whitman. Eduardo es inmenso en la diversidad de sus talentos. Odontólogo, músico, pintor de renombre, grabador, catedrático, ensayista, escritor, pensador, autor de innumerables publicaciones en el área de la arquitectura, profesor emérito, y premios, muchísimos premios. Carlos Domínguez y Eduardo Meissner se convertirán en mito y jamás serán tristeza dentro de un copón de cenizas. Porque son árboles fuertes, bajo cuyas hojas guardarán por siempre la memoria de su valentía. Grandes y queridos amigos, gracias por enseñarme que vale la pena vivir alimentando la hoguera del corazón con las pasiones que soñó Shakespeare una noche de verano.

O’Higgins 680, 4° piso, Oficina 401, Concepción, Región del Biobío, Chile.
Teléfono: (41) 2861577.

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