EDITORIAL | ACUERDOS COMUNES “MÍNIMOS”

La última versión de la encuesta CEP, de fines de abril pasado, mostró las bajas expectativas o, derechamente, la muy negativa perspectiva que la ciudadanía tiene sobre el futuro de Chile.

La recolección de datos se realizó entre el 12 y 23 de abril 2021, y consideró un universo de 1.655 personas, quienes por la contingencia sanitaria que vivimos, fueron consultadas telefónicamente sobre diversos temas. Además de la aprobación presidencial y de la evaluación de personajes políticos, la CEP integró preguntas sobre la pandemia y sobre la confianza en instituciones que les fueron mencionadas.

El estudio de campo de la encuesta se realizó antes de la elección de los constituyentes; antes de la propuesta de Agenda de Mínimos Comunes que la oposición presentó al gobierno; antes de que se inscribieran los candidatos para las primarias presidenciales del 18 de julio, y que la DC se quedara (por el momento) sin aspirante a La Moneda, a raíz de la renuncia de Ximena Rincón a su precandidatura.

Antes también de que el presidente propusiera un IFE universal equivalente a la línea de la pobreza y un bono de alivio para pymes. Antes, de que la oposición le respondiera casi al instante, que lo ofrecido se alejaba de lo propuesto en los Mínimos Comunes.

Antes del sorprendente anuncio que el Mandatario hiciese en su Cuenta Pública sobre poner urgencia al proyecto de Ley de Matrimonio Igualitario, que desde 2017 se tramita en el Congreso y, antes de la ola de respuestas que tuvo su inesperada noticia. Antes que desde su sector se le acusara de querer perjudicar con esto a la candidatura presidencial de Lavín y de respaldar la de Sichel, y que un diputado UDI intentara poner vallas a los acuerdos que el IFE Universal estaba logrando en el Parlamento, queriendo prorrogar la ayuda hasta diciembre. Antes de que otro diputado UDI lanzara la idea de un cuarto retiro, pero del ciento por ciento de los ahorros previsionales, por temor a una expropiación si es que Jadue llegaba a ser presidente. Y, antes, de que la parlamentaria Pamela Jiles se le adelantara y decidiera ella presentar esa iniciativa.

Antes de ese remolino de acontecimientos que en menos de un mes desarmó lealtades, pactos y acuerdos, y antes del asombro que todo aquello provocó, la CEP había arrojado que la confianza de la gente en los partidos políticos no superaba el 2 % y que la que sentía por el Congreso apenas alcanzaba el 8 %. Mientras, la aprobación presidencial seguía sin llegar a los dos dígitos y se quedaba en un escuálido 9 %. Una desconfianza que se extrapolaba, además, hacia la percepción sobre la situación económica y social del país, que el 70 % calificaba como mala o muy mala, en tanto que un 53 % creía que Chile estaba “estancado”. ¿Cómo habrá cambiado el panorama tras los recientes sucesos ocurridos en el mundo político?

Tal vez la próxima versión de la CEP refleje ese sentir. Lo que sí sabemos es que lo creado por este clima no es bueno. Que la desconfianza en otros genera pesimismo e incertidumbre, emociones que, juntas, pueden afectar desde la economía y la inversión, hasta la salud mental de las personas. De allí que Chile necesita que quienes dirigen su destino se ordenen, dialoguen, transen, lleguen a “mínimos” acuerdos y piensen que fueron elegidos para contribuir al bienestar del país. El desorden, los arrebatos y desacuerdos vergonzosos vistos en el último tiempo en nada ayudan, menos en una pandemia que por sí sola trae malestar, desgracia y caos.

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