Efecto pandemia en el desarrollo social de los niños y adolescentes

Paulina Spaudo Valenzuela, Psicóloga Clínica Infanto-Juvenil Perito Forense Infanto-Juvenil Terapeuta de Juego.

Al cumplirse un año desde que se decretó la pandemia por Covid-19, no podemos dejar de reflexionar sobre cómo esta situación afecta en forma directa el proceso de socialización de niños y adolescentes.

Si entendemos por socialización el paso mediante el que los niños desarrollan sus hábitos, habilidades, valores y motivos que los hacen miembros responsables y productivos de la sociedad, tendríamos que analizar en qué medida la condición de pandemia está complejizando esta evolución continua y dinámica del ámbito psicosocial de la población infanto-juvenil, que es un pilar de su desarrollo y posterior base de su estructura de personalidad.

En este escenario se deben pensar nuevas estrategias que permitan compensar este desfase que pudiera dejar secuelas a nivel de desarrollo socio-afectivo en la mayoría de los niños y adolescentes.

Si bien este proceso se inicia en el hogar, se complementa con la interacción que fuera de este tienen los niños con sus pares y personas adultas. Así, desde los lactantes hasta los adolescentes requieren de este contacto para fortalecer su andamiaje relacional.

Los lactantes, según reporta la literatura, generan su aprendizaje a través de la imitación. Asimismo, sus juegos sensorio- motores les sirven de base para conectarse con sus pares, estimulando su capacidad creativa para establecer juegos más complejos en años preescolares. También, la imitación de las acciones los lleva a una comunicación más fluida y continua. De hecho, está comprobado que la sociabilidad está influida por la experiencia, y que se espera un mayor desarrollo de esta en bebés que pasan más tiempo con otros niños en salas cunas o jardines infantiles.

En sus dos primeros años se inician las actividades de tipo cooperativas, que desde los tres años, o antes, instalan una comprensión social del entorno. En ese periodo, el juego contribuye en todos los dominios del desarrollo, estimulando sus sentidos, ejercitando sus músculos, coordinando vista con movimiento, ganando dominio de su cuerpo, tomando decisiones y adquiriendo nuevas habilidades.

Desde los seis años hasta los nueve, los niños se benefician de interactuar con sus compañeros, logrando desarrollar habilidades necesarias para la sociabilidad e intimidad, y adquiriendo un sentido de pertenencia. Se motivan a alcanzar logros, a obtener una identidad, a aprender habilidades de liderazgo, comunicación, reglas y roles.

En la adolescencia, la intensidad e importancia, junto a la cantidad de tiempo que se pasa con los amigos probablemente es mayor que en cualquier otro momento del ciclo vital. En este periodo las amistades se vuelven más recíprocas, equitativas y estables.

Hoy, por protección sanitaria todos hemos permanecido en nuestros hogares, exentos de realizar nuestra vida social con normalidad. En este complejo escenario, y a la luz de lo que nos entregan las investigaciones en Psicología del Desarrollo, no puedo dejar de preguntarme qué estamos haciendo para disminuir el impacto del confinamiento en el desarrollo social de los niños y adolescentes.

Según lo planteado, podríamos esperar un déficit en procesos de imitación, en comprensión social del mundo, en los recursos empáticos, en las habilidades de comunicación verbal y no verbal, en aspectos relativos al liderazgo e, incluso, una merma en las habilidades que permiten a los niños resolver sus conflictos

Tenemos que activar aquellas condiciones relacionales que pueden mitigar este esperado déficit. Por eso, quienes tienen la gran oportunidad de tener hermanos o primos, poseen una manera de practicar formas y patrones de relación que podrán proyectar en un futuro en sus interacciones con sus pares.

Las interacciones, las conversaciones, las prácticas de juegos y hasta los desencuentros les dan la oportunidad a los hermanos para ensayar la resolución de conflictos y el aprendizaje social que hoy no están desarrollando en los colegios. Así, los padres junto a sus hijos deben dar curso a actividades sistemáticas en sus hogares, con rutinas lúdicas que les permitan a los niños liberar energías, reforzar lazos afectivos, aprender y repasar normas y reglas de convivencia social.

Todas las prácticas de crianza que incluyan el juego, la resolución positiva del conflicto, con una mirada en la negociación y el razonamiento, reforzarán aspectos que en normalidad los niños y adolescentes hacían en sus colegios.

Como padres estamos llamados a reforzar nuestras prácticas relacionales positivas y velar así por el buen desarrollo y bienestar de nuestros niños y adolescentes.

El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial de Revista NOS.

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