El código del miedo


Es cierto, la mayoría de las películas de este año parten igual: es sólo cine de evasión, pero ¿qué tan buena evasión es? Probablemente El código del miedo (Safe) sea candidata a una de las mejores entretenciones del año porque aquí hay acción 3.0 de la buena. Y más.
New York, 2012. En medio de una ciudad manzana más selvática y depredadora que nunca, una joven muchacha china (Catherine Chan) sufre la persecución de las principales mafias de la ciudad. ¿la razón? Posee una inteligencia que la faculta para realizar cálculos asombrosos y memorizar números imposibles. Y los secretos que guarda no son menores: dos claves. Una, para abrir una millonaria caja fuerte; la otra, para acceder a un CD con secretos de armas de destrucción masiva y cuentas extranjeras. En medio de esta bomba de tiempo, su única esperanza es la protección de un ex luchador y policía llamado Luke Wright (Jason Statham). Así, entre gángsters rusos y chinos, políticos y policías corruptos, la misión de Wright a ratos parece imposible y sin tregua.
Lo primero que se puede decir de El código del miedo es que es una película hecha con inteligencia. Es acción y adrenalina a raudales, puro género, pero hay más: un guión magnífico, lleno de giros, que en poco tiempo da vida a personajes memorables, gracias a diálogos a ratos excepcionales y las actuaciones de villanos con clase, como James Hong (con papeles en Blade Runner e innumerables series de tv) y Reggie Lee como el malvado jefe Chan.
Como en todas las películas en que trabaja Jason Statham, acá todo es exagerado y frenético. Sin embargo, entre la secuelas El transportador (2002) y Crank (2006), ésta es la más calibrada de todas. El ritmo sigue un in crescendo perfecto, con un correcto planteamiento del conflicto en la primera secuencia, las motivaciones de Wright, y con una presentación de los villanos que no deja lugar a dudas: no existe nadie más perverso en la Tierra que la mafia rusa o Bratva, ni sus rivales, las Tríadas chinas. La policía, corrupta como en las novelas Noir, no se queda atrás. Una ambientación que realmente deja como un juego de niños a otros clásicos de la Gran Manzana como Escape de Nueva York o Duro de Matar. Crédito aparte merece el trabajo de producción de Lawrence Bender (que ha trabajado para Tarantino) y Dana Brunetti. Cuando comienza la acción, el arsenal de Statham se despliega en todo su esplendor: primero los golpes, luego su rapidez con las armas y, finalmente, una de sus especialidades: conducir autos contra el tránsito.
Mención aparte merece el contexto y ambientación de la actual New York, una Sodoma más fría, deshumanizada, caótica y paranoica tras el 11/09/01. Un verdadero campo de batalla, donde la cámara de Boaz Yakin nos pasea desde los albergues para vagabundos a los hoteles cinco estrellas, junto a una dirección que se permite licencias creativas no habituales, plena en claroscuros, tomas subjetivas y una psicología hiperkinética. Licencias que tal vez provengan de la versátil experiencia de Yakin: como guionista, tras los textos de Vengador (1989) o El principiante (junto a Clint Eastwood, 1990); como director, a cargo de Prince of Persia: Las arenas del tiempo (2010) o como productor de Hostel 2.
Por cierto, el entusiasmo que generó este muy bien armado combo tras su debut motivó comparaciones con clásicos del sub-sub género “niños-testigos”, como, valga la redundancia, Testigo en peligro (1985, con Harrison Ford y dirigida por Peter Weir) o El profesional (de Luc Besson, con Jean Reno y una adolescente Natalie Portman). Personalmente creo que es una exageración, y que sólo el tiempo dirá qué lugar ocupa Safe. Por ahora, es un pasatiempo asegurado que agradecerá quien sólo desee pasarla fantástico en este estresante y apocalíptico diciembre de 2012.

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