El drama de los "olvidados de Antuco"

Salieron a marchar sin saber que enfrentarían a la muerte. Fueron 78 jóvenes ex conscriptos del Regimiento Reforzado Los Ángeles que sobrevivieron a la tragedia, mientras 45 de sus compañeros quedaron diseminados en la montaña. Aunque el tiempo ha diluido los recuerdos de esa marcha fatal ocurrida hace casi ocho años -este 18 de mayo se cumple el octavo aniversario-, para quienes estuvieron ahí se ha revelado un panorama preocupante: secuelas físicas que se acentúan dolorosamente a medida que pasa el tiempo,  de las que nadie les advirtió ni para las que tampoco les han ofrecido ayuda.


E n la mañana del 18 de mayo de 2005 se comenzó a escribir uno de los capítulos más dramáticos de nuestra historia reciente. Ese día, dos compañías de soldados conscriptos del Regimiento Reforzado Nº 17 Los Ángeles, con apenas unas cuantas semanas de instrucción, emprendieron una marcha entre dos refugios militares -Los Barros y La Cortina- ubicados en las faldas del volcán Antuco.
Se suponía que debía ser un simple ejercicio de término del  período de formación básica, ese donde los conscriptos aprenden a marchar, a dar los giros, a obedecer órdenes; es cuando por primera vez les pasan un fusil y aprenden a disparar, a desarmarlo y armarlo con rapidez y de memoria.
Sin embargo, una desafortunada suma de factores -humanos y de la naturaleza- se confabuló para que esa caminata concluyera en tragedia. Una de las peores de las cuales se tenga recuerdo en las últimas décadas.
Fueron 122 reclutas, de entre 18 y 19 años -mal vestidos, peor alimentados y con escasa preparación para una contingencia de ese tipo-, los que debieron enfrentarse, por un tiempo que parecía no acabar, al temido viento blanco, esa letal combinación de frío extremo y viento intenso de hasta 80 kilómetros por hora que causó que la sensación térmica se desplomara a  25 grados bajo cero.
Pero no fue todo. Porque algunos de ellos salieron de Los Barros con sus uniformes de algodón mojados, pues previo a la marcha sus superiores les habían encargado desarmar una carpa de campaña y recoger unos equipos que estaban en el exterior. El resto tuvo la misma suerte al atravesar el estero Los Pinos, ubicado a 800 metros del punto de partida de la caminata, cuyas aguas llegaban al borde del congelamiento.
Cuarenta y cuatro soldados y un sargento segundo quedaron diseminados en el trayecto de 19 kilómetros que unía a ambos refugios. Tiempo más tarde, la justicia diría que cinco oficiales del regimiento Los Ángeles fueron responsables de los hechos. Sólo uno, el mayor en retiro Patricio Cereceda, debió purgar esa responsabilidad con cárcel, aunque hace más de dos años está en libertad condicional.
Ahora que han pasado prácticamente ocho años de ese acontecimiento, los ecos de esa tragedia aún retumban en el grupo de jóvenes que salvó de la muerte: en aquellos que vieron morir al amigo, al compañero o dejaron tendidos a otros en la nieve sabiendo el fatal destino que les esperaba, o avanzaron buscando un camino a tientas, pasando entre cuerpos de soldados ya muertos que nunca lograron llegar a un refugio salvador. Porque cuando la tragedia estaba desatada, debieron ayudarse entre ellos mismos antes el desconcierto casi generalizado de los instructores y oficiales a cargo.
Curioso. Fueron 78 quienes salvaron de morir, uno más que los de la épica Batalla de la Concepción, en 1882, en plena Sierra peruana, en las postrimerías de la Guerra del Pacífico.
Un puñado de los sobrevivientes de Antuco siguió una carrera militar; la gran mayoría se fue del Ejército sin más recuerdos que una gorra de montañés lograda por la improvisada lección de sobrevivencia y un parche en la solapa del uniforme militar que mencionaba al destacamento Héroes de Antuco, aunque ellos nunca se sintieran como tal, sino sobrevivientes. Sólo sobrevivientes.

Tragedia vigente

Si bien los recuerdos de aquella extrema jornada se desdibujan en el tiempo, dicha tragedia toma una forma tangible en los efectos sobre los cuerpos de los 78 soldados que, con el pasar de los años, se van haciendo más evidentes.
Aunque hace algunas semanas la Corte Suprema ordenó al Fisco pagar una indemnización de 10 millones de pesos por “daño moral” a un grupo de 27 soldados que demandó al Estado, la mayoría ve con inquietud su futuro.
Es que si bien ese dinero les ayudará a pagar las deudas o estudios superiores o les servirá para financiar el pie de una casa o intentar hacer un negocio, lo cierto es que los efectos del extremo esfuerzo por escapar de la muerte blanca les está pasando la cuenta y temen que con el tiempo aquello se acentúe.
Pese a que la mayoría no tiene diagnósticos médicos -principalmente porque aseguran no tener tiempo o porque prefieren “aguantar” el dolor-, en sus rodillas se evidencian las secuelas de la marcha. Y cada vez que hace frío, éstas se enrojecen, se hinchan y duelen. A veces duelen demasiado. Tanto, que llega a ser inhabilitante. Algunos confiesan que amanecen llorando de dolor. Y que simplemente lo soportan o, por último, piden permiso por otras excusas para ausentarse en sus trabajos.
Si bien en los primeros años varios cayeron por estrés postraumático en el área de siquiatría del hospital militar, muchos prefirieron “tragarse” sus aflicciones para evitar ser tildados de “locos”.
Porque aunque no fueron a parar al recinto asistencial, en sus trabajos no faltó quien se enteró o asoció el año de egreso del servicio militar con la tragedia de Antuco. Y empezaron las preguntas incómodas o las consultas por los detalles morbosos. Y se instaló la idea que todos quedaron con secuelas, por lo que se les hizo mucho más difícil conseguir empleo. Muchos optaron por ocultar ese antecedente o hacerse los desentendidos.
Finalmente, se impuso el silencio. Porque si hay algo que comparten los que salvaron de morir en ese cementerio albo es el mutismo por lo vivido, un abrupto cambio de carácter que los hace tomar un aspecto taciturno cuando les piden rememorar esas horas. Ni sus familias, ni sus novias ni sus amigos son capaces de escudriñar lo que sucedió en esa mañana del 18 de mayo.
Y para esos problemas, prácticamente ninguno ha pedido ayuda médica o ha seguido algún tratamiento para sus trastornos físicos o sicológicos. Aguantan, como ellos mismos dicen. Aguantan con un estoicismo similar al que enfrentaron en la tormenta del implacable viento blanco.

Soportan hasta que el cuerpo diga no más

Alexis Fuentes (26, casado, padre de una hija de cinco años) lleva algunos meses trabajando en las obras de construcción del nuevo hospital de Los Ángeles. Antes, lo hizo en la mueblería de su padre. Ahí, cada vez que el lumbago crónico le impedía trabajar, podía tenderse un rato hasta que la molestia fuera más llevadera. Pero  los dolores en su rodilla eran tan insoportables que sólo lograba morigerarlos a punta de calmantes y anti-inflamatorios.
Según el diagnóstico médico, Alexis Fuentes -que fue parte de la compañía Andina- sufre de lumbago crónico y de una hipoplasia rotuliana en la rodilla derecha. “Los médicos me han dicho que tengo la rodilla de un hombre de 40 años. Si sigo así, en poco tiempo más ya no podré trabajar”.
Gilberto Mora, ex conscripto de la compañía de Morteros, tiene radiografías que demuestran que sus meniscos están destrozados y que debe operarse. Y lo más pronto posible.
Paulo Urrea también acusa dolores de la rodilla. Lo mismo que Gino Tassara, Yimmy Mellado Alveal, Yamil Parra, Pedro Muñoz, Juan Rivas, Jabiel Cea, Rodolfo Poblete y Walter Oliva. Es una rodilla o ambas. El dolor no hace distinciones. Todos ellos debieron someter su físico a un esfuerzo extremo, límite, extraordinario, avanzando a tientas, con la tormenta implacable golpeándolos de frente y caminando sobre nieve blanda.
Ninguno de estos últimos ha buscado un diagnóstico médico. Reconocen que sólo soportan, hasta que el físico les diga que no pueden más.
Pero no es la única afección. Otros, como Leonardo Vera, Gabriel Rivas o Carlos Álvarez tienen problemas por una severa irritación en sus ojos. Se trata de la queratitis, enfermedad que les provoca una extrema sensibilidad en la vista que los hace rehuir de la luz del día o evitar estar mucho tiempo frente a un televisor o el monitor de un computador. Carlos cuenta que cuando le vienen las molestias, siente mareos y debe alejarse de la luz por un rato prolongado. La paradoja es que el joven estudia diseño gráfico y buena parte del día está frente a un monitor.
Es que el día de la marcha llegaron al destartalado refugio de la Universidad de Concepción y ahí debieron hacer fuego para revertir ese frío infernal. Tuvieron que prender todo lo que estuviera a mano. Y la madera alquitranada del refugio fue usada como combustible para entibiar a los ateridos soldados. Sin embargo, ese mismo alquitrán tornó irrespirable el aire y les causó ceguera temporal a varios. Cuando al día siguiente debían caminar los dos kilómetros restantes para llegar a La Cortina, otros de sus compañeros oficiaron de lazarillos para guiarlos en medio de la tormenta. “Cuando llegamos al regimiento, nos pusieron gotitas y unos parches que usamos por unos días. Nada más, nunca más nos volvieron a revisar”, recuerda Leonardo Vera.
Pero eso no es todo. Jorge Miranda -“Camión” para sus compañeros por su gruesa contextura física- sufre intensos dolores en la planta de los pies, que se le quemaron por caminar en la nieve. Incluso ahora su piel se agrieta y forma heridas. Uno vez se hizo un examen pero de ahí no ha vuelto a buscar ayuda. También Jorge acusa dolores en la espalda y en las articulaciones, especialmente en los días fríos, tal como varios de sus compañeros. “Quién sabe que nos prepara el futuro más adelante”, se manifiesta  inquieto.

Golpearán las mismas puertas

Rodrigo Morales, que ha oficiado de vocero de los soldados sobrevivientes, está cansado de tanto reclamar. Estuvo internado por estrés postraumático en un par de ocasiones y esa situación le torna muy difícil encontrar empleo porque, según él, creen que “quedó loco”. Además, acusa un severo problema en su rodilla que frustró su intención de ser militar. Es que aunque casi muere en la marcha de Antuco, de niño soñaba con entrar a la institución. Casi lo logra, pero la rodilla destruida dijo lo contrario.
Ya lo han operado dos veces y ahora quizás deba enfrentar una tercera intervención quirúrgica. A veces cojea. Cuando hace mucho frío usa una venda especial para evitar que ésta se salga de su sitio y para que le proporcione también un poco de calor que amortigüe sus dolencias en las jornadas gélidas, especialmente cuando trabaja en la noche, en un camión que riega prados y áreas verdes en Los Ángeles.
Ha golpeado varias puertas. Ha hecho protestas, se ha reunido con autoridades del más alto nivel del Ejecutivo y del Ejército. Una vez protagonizó una huelga de hambre para exigir que a los sobrevivientes se les tomara en cuenta, para reclamarle al Ejército que ellos existían y que no debían quedar en el recuerdo.
El año pasado, el Ejército se comprometió a recibir en el hospital militar a quien pidiera ayuda. Rodrigo fue el único. Se hizo exámenes y quedó con una fecha asignada para una operación que finalmente no se realizó, porque como no era militar  no había quien asumiera el costo.
Rodrigo Morales hace presente que perfectamente todos pudieron haber muerto. De hecho, aún le resuena esa sensación de que quizás hubiese sido mejor rendirse en la batalla en solitario que libró contra el viento blanco. “Muchas veces he pensado que valía mucho más muerto que vivo. Ahora soy un lastre para mi familia”, sentencia este padre de dos hijas.
Pero no pierde la fe. Dice que ahora está recopilando los antecedentes de los soldados sobrevivientes para demostrar que sí tienen problemas médicos atribuibles a la desgraciada marcha de Antuco.
“Es que temo llegar a los 40 años y no poder trabajar, porque mis rodillas me lo impedirán. Sé que no soy el único, que casi todos estamos igual. Unos más y otros menos, pero todos estamos con problemas médicos que nadie se ha encargado de verificar”, señala.
Todo apunta a lograr una pensión, una ayuda permanente, dice. Una compensación que, a su juicio, requiere sólo de la voluntad de las autoridades y del Ejército para hacerse realidad.
En mayo de este año volverá a golpear las mismas puertas de quienes le han dicho que lo ayudarán, a la espera de que ahora sí lo hagan. Para que los ex conscriptos reciban una pensión, para todos, sin excepción, los 78 sobrevivientes del infierno blanco en Antuco.

El último soldado

Alonso Cifuentes cayó gravemente enfermo a principios de marzo. Una trombosis lo tuvo en la UCI del hospital de Los Ángeles al borde de la muerte. Alonso nuevamente debía luchar por su vida, tal como hace casi ocho años en las faldas del volcán Antuco.
Ahora se recupera en la casa de parientes en Santiago, tras ser llevado de urgencia al hospital militar. Es visitante frecuente de ese recinto asistencial. Semanas después de ocurrida la tragedia de Antuco, fue el primero en sufrir los efectos del estrés postraumático y fue trasladado en el más completo sigilo hasta el hospital militar para evitar que trascendiera a la prensa que había soldados con complicaciones. Alonso ha estado ahí más de una docena de veces.
Su caso es excepcional. Integrante de la Compañía de Morteros, sobrevivió a la tragedia de Antuco, pero a diferencia de sus compañeros que finalizaron su servicio militar hasta en el periodo legal, él siguió siendo soldado, aunque sin uniforme y con una renta de 30 mil pesos mensuales.
Debido a sus problemas médicos, durante seis años estuvo con licencia médica y bajo tutela permanente del regimiento, con controles médicos periódicos para contener eventuales recaídas, de las que hubo varias.
Sin embargo, durante todo ese tiempo, el Ejército lo mantenía con un escuálido sueldo mensual, que podía retirar desde cualquier cajero automático. No podía trabajar con contrato, so pena de perder los beneficio de salud, así es que sólo hacía trabajos menores: limpió caballerizas, lavó autos o simplemente perdía el tiempo haciendo nada en su casa.
Sin embargo, en marzo de 2011, una junta médica castrense finalmente lo pensionó y ahora recibe un sueldo equivalente a un suboficial. Es el único de los soldados sobrevivientes que recibe un pago de esa naturaleza, que ahora buscan para el resto de sus camaradas de armas.

Secuelas sicológicas “crónicas”

La sicóloga Priscilla Moya no duda en plantear que los soldados sobrevivientes debiesen ser sometidos a la evaluación de un especialista para saber el estado de cada uno de ellos e iniciar un tratamiento que les permita lidiar con los recuerdos.
Aunque no conoce alguno de los casos en particular, hace referencias a lo que dice la literatura especializada en torno a quienes han vivido situaciones límite y traumáticas.
“Hay estudios de sobrevivientes del Holocausto que lo demuestran, lo mismo que de soldados a quienes las consecuencias los persiguen de por vida. En el caso de los sobrevivientes, las imágenes ya no se bloquearon, sus mentes no lo hicieron y ahora deben aprender a vivir con ellas”, señala.
Sin embargo, advierte que “el problema se presenta cuando ese recuerdo los invalida. Después de cierto tiempo ya no se habla de estrés postraumático, sino de secuelas sicológicas que, por decirlo de alguna forma, son crónicas. Sobre todo si no se han tratado, éstas pueden desencadenar incluso trastornos de personalidad o depresiones endógenas”, señala la sicóloga.

Traumatólogo Juan Carlos Rojas:
“Este caso debería estudiarse detalladamente”

El traumatólogo Juan Carlos Rojas sugiere que los casos de los soldados sobrevivientes de la tragedia de Antuco podrían ser motivo de una investigación por parte de una universidad para dimensionar el impacto causado en su salud.
El profesional, sin embargo, es cauto a la hora de hacer evaluaciones, pues afirma que es necesario conocer la situación de cada paciente para hacer un diagnóstico preciso y, a partir de esto, tomar las mejores decisiones médicas.
Aunque en teoría, la marcha protagonizada por este grupo de jóvenes pudo dejarles secuelas físicas que se evidencien a largo plazo, Rojas sugiere que el tema sea asumido por un equipo de especialistas que con los antecedentes médicos y un cúmulo de exámenes -como radiografías, densitometrías óseas, tomografías computarizadas-, pueda establecer el tipo de daño físico, especialmente en las extremidades inferiores.
Sí señala claramente que casos como el de la tragedia de Antuco deberían estudiarse detalladamente desde un principio por parte de un equipo médico multidisciplinario que fuera capaz de evaluar y seguir la situación de salud de los sobrevivientes. De esa forma, sostiene, se puede prestar atención de salud oportuna y, a la vez, ver la evolución de cada uno de los pacientes, de forma de poder tener resultados empíricos acerca de lo que es someter al cuerpo humano a una condición de sobreexigencia extrema.
Pese a ese panorama, el traumatólogo plantea que aún es tiempo de hacer ese tipo de estudios para, a la vez, ayudar a quienes efectivamente tengan secuelas por la experiencia vivida en la montaña.

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