El fin al DACA y la actual lucha de toda una generación: Los soñadores de Hillsboro

/ 19 de Diciembre de 2017

En septiembre de este año, el Presidente Donald Trump anunció el fin al programa DACA, una protección migratoria que ha permitido a más de 700 mil jóvenes indocumentados trabajar y estudiar en los Estados Unidos.

En Hillsboro, en el estado de Oregon, conocimos las historias de cinco de ellos, quienes reciben este beneficio y que forman parte de una generación de “dreamers” que se niega a abandonar un país que, aseguran, es su hogar.

Texto y Fotografías Por Natalia Messer.

 
Para la joven mexicana Fox Flores es inolvidable. Ese martes 5 de septiembre de 2017 salió a cenar con un par de amigos. Todo iba bien, hasta que se le ocurrió mirar su celular. Allí se encontró con una noticia de último minuto que la dejó en shock: El Presidente Donald Trump había anunciado el fin al programa DACA.
“No es posible”, se repitió a sí misma.
En la calle, con impotencia y frente a sus amigos y desconocidos, estalló en llanto y vomitó lo que recién había comido. Sentía que ahora su futuro dependía de otros.
Struggle in the State of Oregon Copyright Natalia MesserEl episodio de Fox Flores probablemente también se repitió con otros jóvenes indocumentados que viven en los Estados Unidos y que, ese día, se enteraron del fin de este programa federal llamado DACA (en inglés: Deferred Action for Childhood Arrivals).
Se trata de una iniciativa que surgió en el 2012, bajo el gobierno de Barack Obama, y que ha permitido a casi toda una generación de “dreamers” -así llamados porque entraron al país junto a sus padres siendo niños o adolescentes en busca de un mejor futuro-,  trabajar y estudiar en el país del norte a pesar de su situación de “ilegales”. Con este programa, el gobierno acordó que “diferiría” por dos años y con posibilidad de renovación, el estatus migratorio de un poco más de 700 mil jóvenes que ingresaron a los Estados Unidos en la década de los ’90 y a comienzos del 2000 sin documentos.
La razón que argumentó Trump para poner fin a este programa fue que todas las políticas migratorias deberían respetar a los ciudadanos estadounidenses y a los inmigrantes que allí vivían de forma legal.
Gran parte de los recipientes o destinatarios del DACA son de origen latino. Los mexicanos son la mayoría (8 de cada 10 de quienes lo consiguieron tienen esa nacionalidad); le sigue El Salvador, con cerca de 28 mil personas, y ya más abajo otros países como Guatemala, Honduras, Perú, Brasil, Ecuador, Colombia, Argentina e incluso Chile, que no superaría los 2 mil beneficiarios.
Actualmente, varios grupos de dreamers, integrados en su mayoría por mexicanos, han salido a protestar a las calles. Piden al gobierno reconsiderar la decisión o que se otorgue otro tipo de beneficio similar e incluso mejor que DACA.
Entre ellos se encuentran Fox, Ignacio, Jhoana, Liliana y Petrona. Sus historias son reveladoras. Nos hablan de un Estados Unidos que cuesta imaginar, y donde para los inmigrantes sólo abundan las barreras, porque aseguran que las oportunidades aquí escasean.
 

La sublevación

Es temprano, hace mucho frío, pero Liliana Luna, activista mexicana de 27 años, ya se encuentra trabajando con entusiasmo en su colorida oficina que ocupa en el colegio comunitario Rock Creek en Hillsboro, estado de Oregon. Su historia en los Estados Unidos comienza cuando tenía 15 años.
“Yo no vine aquí porque quería, fue porque mis padres que tenían la ilusión de un mejor futuro”, recalca.
Esos primeros años fueron muy difíciles. Estar en un entorno con hablantes nativos de inglés, idioma que además desconocía, fue lo más desafiante. Sin embargo, con esfuerzo logró aprender bien la lengua. Aunque, y al poco tiempo, apareció otra dificultad, que hasta el día de hoy la persigue: “Ser indocumentada. Me enteré de que no tenía papeles y que no podría seguir yendo a la escuela. Ese día me acuerdo que me puse a llorar y deseaba no estar en los Estados Unidos, porque sentía que aquí no había un futuro para mí”, recuerda.
Y ésa fue una de las tantas barreras. Liliana tuvo que trabajar un tiempo en un restaurante mexicano porque en ese entonces no se vislumbraban mejores oportunidades para ella. Luego apareció la posibilidad de retomar los estudios superiores en el colegio comunitario Rock Creeek, donde hoy trabaja ayudando a otros estudiantes, pero ahí de nuevo aparecían las trabas.
“Siempre por no tener papeles y dinero para pagar, porque aquí en los Estados Unidos la educación es muy cara”, asegura.

Liliana Luna_Dreamer_Copyright Natalia Messer
Liliana Luna, activista mexicana de 27 años.
Para cuando ya cursaba los últimos años del college, Liliana quiso aplicar a la universidad para finalizar ahí su maestría de terapista de familia y parejas. Entonces se dio cuenta de que definitivamente las universidades estadounidenses no iban a aceptar a jóvenes indocumentados como ella.
“Pensé que nada iba a cambiar si yo no hacía algo. (…) Entonces decidí juntarme y hacer una desobediencia civil con otras personas, que también tenían mi misma mentalidad, de querer superarse, de pensar que también las leyes para los inmigrantes en los Estados Unidos son muy injustas”, relata.
La protesta, ocurrida en 2012 en Portland, estado de Oregon, antes de que la administración de Barack Obama creara el programa DACA, le costó dos días de cárcel a Liliana y a tres activistas más.
“Queríamos contar nuestra historia a todos. Decirle al gobierno que nos diera la oportunidad de ir a la escuela, que nos entregara un permiso de residencia permanente y que también ya no siguiera arrestando a más miembros de la comunidad latina simplemente por ser indocumentados”, cuenta.
Una de las cosas que más llamó la atención, tanto a la prensa como a los mismos policías y civiles, fue el atuendo que lució el grupo durante la protesta. Todos iban vestidos con las clásicas túnicas y sombreros de universitarios “para representar que somos estudiantes y que queremos graduarnos. Ésa era nuestra meta”, añade Liliana.
El arresto de estos cuatro activistas marcó un precedente dentro de la comunidad latina en los Estados Unidos. Otros dreamers se motivaron a salir a las calles a reclamar por sus derechos. Ahora  ya no tenían miedo, considerando que a Liliana y a su grupo nunca le aplicaron ningún tipo de cargo judicial por bloquear las calles de Portland.
Hoy, ella y un grupo cada vez más grande de jóvenes lidera la organización Oregon Dream Activies. La agrupación espera abrir, en los próximos meses, el primer centro de recursos para estudiantes indocumentados de todo el estado de Oregon.
 

La piel

Fox Flores también es DACA recipiente. Llegó con su familia cuando tenía dos años a los Estados Unidos. Hoy es una activista que trabaja por los derechos de los migrantes.
“Nunca tuve problema en asimilar este país, porque llegué muy pequeña. Aunque de un tiempo a esta parte he comenzado a reflexionar qué significó para mí absorber esta nueva cultura y todo lo que dejamos atrás en México”, dice.
Fox está muy enojada con la decisión respecto al programa DACA. Siente que su comunidad, la latina, debe demostrar repetidamente que se merece el derecho a vivir en los Estados Unidos. Además, asegura que su generación hoy está siendo tratada por algunos como una especie de objeto.
“Nos quieren ver como un número y como un símbolo de dinero. ¡Oh, son estudiantes!….los cerebros del país, pero no nos ven como personas. Y cuando dicen: los inmigrantes hacen los trabajos que nosotros no queremos hacer, es porque nos quieren explotar”, opina.
Fox cuenta que sus propios padres fueron víctimas de la explotación. Cuando recién llegaron a los Estados Unidos, en 1999, tuvieron que vivir las injusticias de sus empleadores, como el no pago del sueldo o las constantes amenazas de ir a contarle todo a “la migra”, que son los encargados de detener a las personas indocumentadas en el país.
A estas injusticias, además, se suman los episodios de racismo que ha vivido en carne propia, y desde temprana edad.
“Hace muy poco, en un parque, aquí en Portland, hubo un encuentro de nazis y estuvieron ahí, gritándome,…quieren que me vaya a mi país”, dice con la voz quebrada.
En algunos estados del país prolifera más el racismo que en otros. En Oregon, por ejemplo, más del 50 por ciento de la población se considera blanca. El resto corresponde a grupos indígenas, afroamericanos e hispanos, entre los que está la comunidad latina.
Para Fox, y también para otros dreamers, como la propia Liliana, en Estados Unidos hay un trato distintivo en torno al color de la piel. Es simple, nos explican: Si eres de piel oscura te tratan muy diferente, y digamos que no muy bien, a si eres de piel blanca.
“Llevo años viviendo aquí y mi inglés es fluido pero aún me encuentro con gente que me habla despacio y fuerte, como si fuera tonta. Me tratan de hablar en español y para mí es como un insulto, porque piensan que por cómo luzco no soy de este país”.
Y, a veces, cuando ya no quiere más, se siente hastiada y ve el futuro incierto, piensa en una idea.
“Quizá volver a México es lo mejor”, dice.
Pero luego recapacita. No es la solución. Sería rendirse, y ella no conoce mucho esa palabra. “Yo soy de las personas que está enojada. Quiero hacer algo respecto de lo que está pasando. Es muy fácil decir ‘me voy a México y allá hago mi vida’… pero es difícil, porque aquí está todo lo que conozco. Es mi hogar”, sentencia.
 

La familia

Petrona es de Guatemala. También es activista y trabaja apoyando a estudiantes latinos que se encuentran indocumentados. Llegó con cuatro años al país y hoy lo que menos quiere es pensar en lo que pueda pasar mañana. Por eso tal vez su momento favorito del día es cuando hay que dormir. “Así no tengo que pensar en lo que nos está sucediendo”, dice.

Petrona Domínguez_Dreamer_Copyright Natalia Messer
Petrona es de Guatemala. Es activista y trabaja apoyando a estudiantes latinos indocumentados.
Petrona cruzó dos fronteras con su madre embarazada: la de Guatemala y México, y luego la de México con Estados Unidos.
Sus recuerdos son vagos, aunque hay algunos momentos que se grabaron muy bien en su cabeza. “Nos dijeron que eran muy peligrosas las fronteras, porque hay pandillas que te asaltan o te hacen daño, pero por suerte no nos pasó nada. (…) Recuerdo que nos escondimos  debajo de los sillones del auto. A mí y a mi mamá nos repetían que debíamos estar en silencio, que no podíamos hacer ningún ruido”, recuerda.
Cuando ingresaron finalmente a los Estados Unidos se trasladaron en avión a la ciudad de Portland. Allí, Petrona y su familia se encontraron con sus tíos y primas que vivían hacía tiempo en esa ciudad.
“Al comienzo me costó adaptarme. Los primeros años en la escuela fueron complicados. No sabía el idioma inglés y sólo manejaba algo de español y el dialecto maya Kanjobal, que es de Huehuetenango, mi pueblo de origen”.
Hoy, Petrona se angustia al pensar en el futuro, sobre todo en el de su familia. Sus dos hermanos menores nacieron en los Estados Unidos y, por tanto, tienen la nacionalidad. No los quisiera abandonar. Por eso, cuando expire su permiso DACA, el próximo año, ansía que la situación para los dreamers haya cambiado.
“Mi mamá me dice que si nos deportan, por lo menos tenemos familia en Guatemala y yo le digo: ¡no!, pues a lo mejor tú sí, que creciste más tiempo ahí, pero yo no me sentiría cómoda. Hoy sé mucho más inglés que español y me siento más americana que de mi propia nacionalidad. Sí me gustaría visitar a mi familia y conocer el lugar donde nací, especialmente la cultura que yo no tengo”, confiesa.
Y el tema de la familia es otro punto delicado para Petrona y muchos dreamers. El programa DACA nunca les garantizó que al salir de los Estados Unidos pudiesen retornar con facilidad. Hoy es casi impensable viajar a su país de origen, por el riesgo inminente de no poder regresar.
“Es algo que me emociona. Recientemente murió mi bisabuela y una de las cosas que ella quería, antes de morir, era poder verme físicamente….Es triste porque hay muchas cosas que quisiera hacer. Me encantaría conocer a mi familia y estudiar en el extranjero, pero no puedo”, dice.
 

El esfuerzo

“Un día estaba con mi familia en una tienda de Portland y una señora no dejaba de mirarme. De pronto se acercó y comenzó a revisarme las bolsas. Decía que yo había robado algo, pero yo no tenía nada”, cuenta Ignacio García, mexicano, oriundo de Oaxaca, y que llegó a los Estados Unidos con tres años y medio.

Ignacio García Reyes_Dreamer_Copyright Natalia Messer
Ignacio García, mexicano, oriundo de Oaxaca.
La vida de Ignacio ha estado marcada por el sacrificio constante y por episodios como el recién narrado. A temprana edad comenzó a ayudar a sus padres en el trabajo. “Recogíamos fresas en un campo. Nos levantábamos a las 4 de la mañana. La época de la secundaria fue muy difícil para mí, porque tuve que trabajar y estudiar”, cuenta.
Ignacio recibió el beneficio del programa DACA cuando tenía 16 años, aunque confiesa que dicho estatus nunca le permitió conseguir tantas oportunidades. Por ejemplo, y sólo por ser indocumentado, no ha podido nunca sacar una tarjeta de crédito o conseguir un préstamo, como sí pueden hacerlo muchos de los estudiantes con nacionalidad estadounidense o residencia permanente.
“Ahora que se me va a vencer el DACA este 2018 va a ser muy difícil, porque tengo un hermano más chiquito que yo, que nació en los Estados Unidos, y no quiero dejarlo”, dice.
Pero su sueño no ha terminado. Es activo trabajando con la comunidad latina y también colabora en el colegio comunitario Rock Creek, apoyando a otros estudiantes. Tiene confianza en que las cosas mejorarán en los Estados Unidos, aunque también es muy crítico respecto a la sociedad donde creció y se ha desarrollado: “Creo que muchas personas que no son de este país piensan que aquí todo está muy fácil, que vivimos la gran vida, pero casi todo el tiempo estamos trabajando. Varios repiten que ya están cansados de trabajar tanto, que incluso no es lo mismo estar en México… que debemos trabajar más duro que las personas que nacieron aquí y que aun así ganamos menos”.
 

Sin excepciones

Algunos a priori podrían pensar que la historia de Jhoana Monroy es diferente. Ella es mexicana, está casada con un ciudadano estadounidense y tiene dos hijas.

Jhoanna Monroy_Dreamer_Copyright Jhoanna Monroy
Johana Monroy, mexicana.
Sin embargo, su situación no es tan distinta a la de Liliana, Fox, Petrona e Ignacio. Ella también es una dreamer y teme por el futuro de su familia. Jhoana sabe lo que es la deportación. Su padre la sufrió y su hermano estuvo a punto.
“Sufrimos tanto, porque mi papá estaba con nosotros, hablaba mucho con nosotros y eso me afectó mucho. Creo que es terrible separarse de la familia. Afortunadamente pudo retornar a los Estados Unidos y ya está con nosotros”, cuenta.
Llegó a los Estados Unidos con cinco años de edad. Vino con su madre y su hermano mayor, siguiendo a su padre, que se encontraba ya en el país.  Su camino a la legalidad como inmigrante, cuenta, ha costado más de lo que ella creía.
“En 2011 mandé mis papeles para arreglar mi estatus. Pasaron dos años de espera y recibí como repuesta que no podía arreglar mi situación por la forma en la que ingresé a los Estados Unidos. Según ellos, eso es un delito, pues yo falsifiqué mi identidad, pero yo nada más era una niña. No tomaba las decisiones, ¿cómo lo iba a hacer?”, cuestiona.
Su situación en el país sigue siendo incierta, incluso estando casada con un ciudadano estadounidense. Al parecer no hay excepciones, cuando se trata de la comunidad latina. Al menos de eso está muy convencida.
 

No callar

El grito de los dreamers sigue en alza y se está escuchando por todo Estados Unidos. Desde el anuncio del Presidente Trump se discute apasionadamente la situación de esta generación de jóvenes e, incluso, se abrió el debate a otros temas vinculados con la inmigración.

Juan Rogel_Copyright Natalia Messer
Juan Rogel, fundador de Milenio.org
La política de Donald Trump se ha enfocado duramente en contra de la inmigración ilegal, especialmente la latina, y que en todo Estados Unidos representa el 17 % de la población total del país.
Es por esto que desde organizaciones como Milenio.org, que trabajan con la comunidad latina, buscan la forma de dialogar con el gobierno para sacar adelante políticas públicas en favor de los más de 700 mil jóvenes DACA que temen perder su permanencia en el país.
Juan Rogel, fundador de Milenio, dice que actualmente se espera poder aprobar en el Congreso el Dream Act, una propuesta legislativa, similar a DACA, pero que encamina hacia la residencia permanente.
“Esto se tiene que hablar a nivel internacional. Es una crisis humanitaria. Estos muchachos llegaron debido a un tratado político entre tres países: México, Estados Unidos y Canadá. Los resultados no fueron buenos para México y eso propició que las puertas al narcotráfico se abrieran y que un flujo de inmigrantes viniera a los Estados Unidos en los años ‘90. Esos son los dreamers”, dice Rogel.
El llamado de su fundación es a no callar: “Creo que por ahora se tiene que incrementar esta lucha. Los DACA, la juventud, tienen que salir y hablar, no dejarse callar. No puede pasar como con otros movimientos. Tenemos que continuar. Uno de los errores, en el pasado, cuando se aprobó DACA, fue que todos nos calmamos. Dijimos: ¡oh!, ya nos dieron algo”.
Mientras tanto, Liliana, Fox, Ignacio, Petrona y Jhoanna han decidido actuar. Su meta es una sola y la gritan en coro: quedarse en Estados Unidos, porque allí está su único hogar.

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