El Martillo de la Eme: poderoso y extravagante

El 8 de abril se inició el juicio contra Reinedio González Durán, quien arriesga 25 años de cárcel por tráfico de drogas, y es descrito como un hombre narcisista, supersticioso, inteligente y analfabeto. Con su detención, y hasta que pudo seguir operando desde El Manzano, la acéfala Eme de Hualpén vivió un conflicto de poder y anarquía, y una de sus hermanas, también detenida, intentó tomar el mando. Como el colombiano Pablo Escobar Gaviria, a padrinaba equipos de fútbol y ayudaba a otros a capitalizar con droga.

Narcisista, amante de los espejos, extravagante y fanático de la cultura egipcia -por superstición más bien- pero de gustos “flaite” es Reinedio González Durán, el narcotraficante que está siendo juzgado por lavado de activos y asociación ilícita para el tráfico de drogas en el Tribunal Oral en Lo Penal de Concepción.
Más conocido como “el Martillo” o “el Faraón”, González fue detenido por la PDI en un operativo histórico con más de 200 hombres armados hasta los dientes y 50 vehículos que coparon de manera simultánea una veintena de puntos de distribución de droga ligadas a su rentable negocio, el 19 de marzo de 2009.
En su búnker de la Población 18 de septiembre o Emergencia, en Hualpén, la policía no halló drogas, pero incautó armas, obras de arte -falsificadas, según expertos- costosos vehículos, electrodomésticos, joyas y $35 millones que dan cuenta de un buen pasar y de ingresos que no tendría cómo acreditar ante el tribunal. En estos detalles se centraría el juicio oral que se inició el 8 de abril. El fiscal Andrés Cruz estaba pidiendo 25 años de cárcel para el imputado.
Impertérrito, sentado en el living de su casa recibió aquella vez a los detectives. Lucía un turbillón de oro macizo con una efigie de faraón -una pieza única y procedente de Italia, probablemente-, y ni se inmutó con la irrupción policial que echó puertas abajo en el Pasaje 1, casa 2.890 ni cuando le pusieron las esposas de seguridad. A las consabidas preguntas de la PDI, este hombre de 50 años sólo repetía: “Yo no tengo droga, yo no tengo nada, yo estoy limpio”.
En su poder, efectivamente no tenía droga, pero bajo una escalera guardaba un saco con billetes de mil pesos. Dicen que estaba juntando dinero para mudarse al exclusivo barrio de Lomas de San Andrés, en Concepción. O, como ya es mito, sin saber qué más hacer con tanto dinero, impedido de depositarlo, juntaba papel moneda para empapelar la casa en un barrio y ciudad desconocida que la policía no ha podido hallar. “Nunca pudimos establecer si tapizó o no las paredes con billetes de la droga”, admitió la policía.
Singular es la historia de Reinedio González, un hombre analfabeto pero inteligente, hijo de delincuente que le antecedió con el mismo apelativo de El Martillo, y que lleva más de 20 años actuando en droga. Un “gallo bien” para el mundo del hampa, preocupado de su físico, de su ropa, pelo y apariencia, amante de las chaquetas de cuero, de las fiestas y de las zapatillas de marca, pero que no usa ni celular ni teléfono. En el negocio de la droga, a él le gusta impartir órdenes en persona.
Por eso, reconoce la policía, le costó reunir los medios de prueba en contra del acusado. En sus inicios, fue un tipo de poca monta, de robo con intimidación y lanzazos, pero “hay que reconocerle que para su nivel es muy hábil; en su refugio se había hecho fuerte y se mantenía incomunicado. No había cómo detenerlo”. Todo cambió cuando se puso en marcha la Operación Faraón o Egipto y cuatro bandas por asociación ilícita para el tráfico de drogas fueron sacadas de circulación por la Fiscalía de Talcahuano a partir de 2008: la de “Yohanni” -sobrino de Reinerio González y ya condenado a 10 de años de cárcel- la del Martillo, luego la de su hermana Irma, y la de “Pie grande”, otro sobrino.
La espectacular captura de González, y de su mano derecha, Pedro Salinas (condenado por asociación ilícita y tenencia ilegal de arma de fuego) se planificó en sordina en el cuartel de Angol 815 y en  el ex regimiento Chacabuco, en Concepción. No más de cinco jefes policiales -se ha conocido por estos días- sabían del operativo que se pospuso varias veces, y que permitió, finalmente, echarle el guante sin ninguna resistencia de por medio.
También a su mujer, Fabiola Quintana Godoy, mientras conducía su Station Wagon, Dodge Nitro 2008 gris plata, un regalo de El Martillo pagado en cuotas mensuales de $ 338 mil, una táctica para legitimar el bien adquirido.
De su pareja por 23 años y padre de sus cuatro hijos, ella dice: “Yo sabía que vendía droga, pero soy su mujer y no podía reprochárselo”.
Fabiola Quintana fue detenida e imputada por el delito de lavado de dinero que venía practicando desde 2004, y en juicio abreviado, el juez de Garantía de Talcahuano, José Burgos Flores, resolvió una condena de 5 años de cárcel, pena que ella cumple en libertad vigilada desde el 19 de octubre de 2009. Su cooperación eficaz sería decisiva en el ahora juicio contra su pareja, y en el que declararán 45 testigos.
En el juicio contra su mujer, el tribunal estableció que dentro de su actividad reiterada, González y su banda proveyeron de un kilo 408 gramos de cocaína base y 289, 9 gramos de marihuana prensada a otras personas dedicadas al tráfico y microtráfico de drogas durante 2008 que le reportaron más de 10 millones de pesos.

En la casa de un choro

Llegar al búnker de González, que en realidad estaba en construcción al lado de una casa de dos pisos que le costó un millón 500 mil pesos y en la que vivía hasta marzo de 2009, no fue fácil, admite hoy la policía.
Y no hallaron precisamente glamour. Al contrario. Cuentan que es la típica casa de choro, de muy mal gusto, recargada de grandes y ostentosos espejos -siete, en total- con marcos brillantes, muebles dorados, piso de cerámica y grandes televisores y electrodomésicos que chocan con el entorno. Lo más llamativo, sin embargo, fue la serie de estatuas y bustos de faraones que tendría relación con la superstición que caracteriza a muchos delincuentes. En este sentido, el legendario bandido y traficante de la Eme no sería la excepción aunque “La última cena de Jesús” y muchos crucifijos ocupaban un sitial importante entre otros cuadros y figuras de tigres, caballos y águilas, relojes de mesa y floreros.
De esta decoración, el experto Hipólito Castillo comenta que el dorado en los muebles de estilo, tipo Luis XVI de la regencia francesa, y en los espejos da una cierta elegancia al ambiente. “En un salón, el espejo da la sensación de amplitud e imagino que este tipo de personas quiere reflejar la opulencia y la sensación de dinero, poder y fortuna que logran dar estos elementos decorativos. Me da la idea que se sienten como reyes o de la realeza con este medio de decoración”, dice.
En el negocio de las drogas hay grandes mitos urbanos, describen quienes conocen o han conocido a traficantes como El Martillo. En su medio y ante sus pares -según explican- aparecen con gran poder económico pero en ningún caso entre profesionales o empresarios. En este otro segmento social, lisa y llanamente son “flaites”, compulsivos compradores de oro -que es lo que la gente más admira- y de piezas falsificadas que hallan en la Vega Monumental: jarrones chinos, espejos dorados o sillas victorianas pintadas de blanco y dorado, que se ven caras o bonitas “pero siguen siendo ordinarias”. O de grandes plasmas que los hacen sentirse tan “bacán” en el medio como las zapatillas de moda que el resto envidia y desea.
También “enchulan” vehículos y motos con alerones, luces de neón, potentes parlantes para escuchar y cantar reggaeton y motores que rugen para que los vecinos “sepan que van pasando…”, tal como cuenta Eliana. Vivió su infancia en la Eme, conoció a los hermanos González -los únicos que se pasean por Concepción con gruesas cadenas y anillos de oro sin que los asalten- y de vez en cuando va a saludar a sus vecinas para recordar viejos tiempos. “Hualpén ha progresado, pero la nueva generación está muy violenta. Da miedo”, se queja.

Un millón al día

Un buen dueño de casa reconoce en el jefe de los narcos de Hualpén, Fabiola Quintana, su mujer, y así se lo contó al juez Burgos. Dice que se preocupaba de ir al supermercado, del colegio de los cuatro niños, del furgón, de la luz y del agua, créditos y de los gastos de la casa.
El Martillo siempre andaba con plata -declara- y en el día “ganaba entre 500 mil y un millón de pesos. Yo recibía el dinero para mantener la casa (…) y me preocupaba de los negocios”.
Se refiere a una botillería y a dos salones de pool que están a su nombre, y que en su resolución, el tribunal de Talcahuano establece que González adquirió con el dinero de procedencia ilícita, al igual que los bienes inmuebles y vehículos que inscribió a nombre de su pareja, “quien podía justificar su adquisición debido a que tenía iniciación de actividades en el Servicio de Impuestos Internos, otorgándoles una apariencia de legitimidad que permitiera su aprovechamiento sin despertar sospechas ni provocar controles. Dichos locales comerciales tienen (sin embargo) un mínimo de actividad comercial real, es decir, pocos clientes y en el caso de los salones de pool habrían estado la mayor parte del tiempo cerrados. En cambio, su pareja (…) no tenía iniciación de actividades ante el SII ni realizaba alguna actividad lícita conocida. Ni siquiera tenía cuenta bancaria, lo que sí ocurría con la acusada”.
Ante el juez Burgos, la mujer declara también que desde hace 22 años ella sabía que su pareja se dedicaba a traficar drogas y otros testigos dan cuenta que en la casa de ambos “había mobiliario que era caro. Con lo que ella recibía no era posible tener el nivel de vida que llevaba”.

La lucha por el poder

Por varias semanas, tras la detención de su líder Reinerio González en marzo de 2009, la Eme quedó sumida en una anarquía. Se vivieron conflictos de poder serios que derivaron en algunos homicidios, incluso, y en la detención de una hermana de González con 20 a 30 kilos de pasta base, de propiedad del detenido que siguió operando desde El Manzano”. Su estrategia, aseguran investigadores, es “nunca tomar la droga”, pero sí hacer los contactos.
Como el colombiano Pablo Escobar, González “le daba la mano” a los vecinos con problemas económicos para vender droga al menudeo; los ayudaba a capitalizar, pero en el fondo los convertía en dependientes y cada cierto tiempo les enviaba una remesa de droga y después cobraba. Tenía esa red, pero él no vendía. Así, nunca iba a ser sorprendido con el ilícito. Tampoco usaba teléfonos, se comunicaba personalmente con la gente o mandaba a los de su confianza con el mensaje de alerta o de negocios. Por eso en la causa que investiga el fiscal Andrés Cruz, a la policía le fue tan difícil ubicarlo, detenerlo y atar cabos sueltos, aunque ello no se reconozca de buenas a primeras.
Aún así, el comercio de drogas sigue abriéndose paso, y una cantidad importante de micro traficantes van a buscarla a Boca Sur o a la Candelaria para venderla en Coronel, Lota, en el centro y cerros de Talcahuano o en Tomé. En el proceso, sin embargo, “la Eme la lleva”.
-O sea –preguntamos a nuestras fuentes- ¿no sirvió de mucho haber sacado de circulación al Martillo, entonces?
– El negocio de la droga es tan bueno, es tan rentable y se gana tanta plata en tan poco tiempo que hay mucha gente dispuesta a correr los riesgos y a traficar. Pueden ganar hasta 10 millones de pesos al mes con 100 papelillos; su economía se basa en la venta de droga y con ella se alimentan, se visten, compran vehículos y educan a los hijos.

La lista del club

En los barrios populares, el papelillo (dosis) de pasta base se comercializa en mil pesos y la nueva modalidad del negocio está en comprarle directamente al proveedor, a los grandes de Santiago o del norte del país. Más que el ahorro en intermediarios, pagos de sueldos y comisiones, previenen así “que la droga no sea pateada” o mezclada con otras sustancias. De este modo, cuando está limpia, le sacan más provecho aunque después, los mismos traficantes “la pateen” para que un gramo les rinda más dosis.
De allí que algunos piensen que el Presidente Piñera tenga perdida la batalla contra la droga de la que, a otro nivel y a otros precios, participan consumidores de cocaína ABC1. Para muestra, un caso que se tramitó bajo el sistema judicial antiguo, hace ya varios años, tal como comenta hoy una fuente vinculada al Foro y la Magistratura.
“Conocí a una señor (q.e.p.d) que les vendía a los miembros de un exclusivo club. Arrendaba una habitación en un céntrico hotel y ahí llegaban los amigos a verlo. La policía lo detuvo con un cargamento, y a él le preocupaba la incautación de una agenda que guardaba en su casa, y que finalmente la familia puso a buen recaudo. Ahí figuraban nombres de connotados: una página para cada gerente de automotoras, isapres, AFP, bancos, comerciantes y un político que trabaja en el servicio público. El traficante de la Eme no vende coca, no tiene cliente que pague $15 mil por gramo y más. El cliente de la coca no va a comprar allá, la adquiere en el centro, en un hotel o a través de contactos de alto nivel. A ellos el sistema no llega”.
Pero da lecciones, tal como le ocurrió a un hijo de un gerente de banco y sobrino de abogados. Para una fiesta mechona -en una reconocida universidad privada- fue a la Eme con su polola. Querían “tirar unas líneas en las mesas para más choreza”, él se bajó a comprar y ella permaneció al volante de un jeep, pero apenas vio balizas y motos de policías acercándose, huyó. Al muchacho, rubio y bien parecido, lo esposaron y detuvieron. Y aunque sus parientes “se movieron” en la Corte de Apelaciones de Concepción, la jueza ordenó encerrarlo con todos los delincuentes en una celda común, y esperar allí hasta ser interrogado. “¡M’hijito lindo, con usted voy a dormir esta noche…!”, cuentan, le amenazaban sus compañeros de calabozo, mientras los padres del joven, angustiados, aguardaban la resolución del tribunal.
A las cuatro de la tarde, varias horas después del episodio, la magistrada dejaba en libertad al universitario.

Sapos y soldados

El 90% de los narcotraficantes cae por soplonaje, y nuestras fuentes aseguran que cuando llega la policía a buscarlos, “es porque alguien los está echando al agua. No existe una labor policial para descubrir por sí misma el asunto; no, es porque han agarrado a alguien y ese alguien ha ido delatando. Es una cadena interminable -detienen un chico con un pito- y siguen indagando. O los dejan hacer -“este cabro me sirve, es de los nuestros y cuando queremos algo: oye ¿qué se mueve en la población?- Son los “sapos” de la cárcel. Mucha gente dice: “No señor, no quiero sapear, yo tengo familia y me harían pedazos”. De hecho, (los narcotraficantes) tienen agentes colaboradores y hacen la vista gorda; pagan con droga a Carabineros y PDI. A lo mejor no ocurre así, pero en esta profesión uno escucha muchas cosas feas de las autoridades, como que en todos los allanamientos se quedan con parte del dinero o de la droga. La gente no denuncia, porque a fin de cuentas es plata ilegal”.
-¿De verdad se atreven…?
-“Donde hay uno hay otro. Esto no se va a acabar nunca. Mientras esté involucrado un negocio que rinde económicamente, no se puede acabar. Cuando la policía dice: “Golpe al narcotráfico o se acabó el narcotráfico”, es mentira. Dijeron que con El Martillo se había desbaratado el tráfico de drogas y hace un mes aparecieron 90 kilos de droga en Agua Amarilla.
¿De dónde está desbaratada?
Pero si “sapos y soplones” cumplen su parte con la policía, con los narcotraficantes lo hacen los incondicionales “soldados” que es gente vulnerable y, en su mayoría, drogadictos con cuadros de extrema dependencia.
Los controlan -afirman- dándole droga para su consumo y asistencia económica que genera un apego sin límites a sus benefactores, cumplen labores de vigilancia en las inmediaciones de las casas de los traficantes y alertan ante cualquier movimiento policial; de personas de otros carteles, y si hay vecinos inquietos por denunciar.
Son los que siempre aparecen con una actitud muy agresiva de defensa de los traficantes ante acciones policiales o la prensa. Son los tipos que están en las esquinas, viven en condiciones paupérrimas, en su mayoría de baja escolaridad y con serias dificultades para hallar un trabajo o subsistir.
Es el caso de una mujer –según se conoció- que no podía trabajar ni de esquinera ni prostituta porque estaba vieja y fea, como hizo saber a un grupo de amigas. En menos que canta un gallo, un “soldado” la contactó, le entregó un paquete con drogas que ella podía aumentar al doble y con expresas indicaciones que la diferencia sería para ella. Como no disponía de otras sustancias, le echó polvos Royal. El primer cliente que llegó a comprarle a su casa era informante de la policía y la allanaron: nunca vendió un peso, se fue presa y sigue enferma y sin plata.
Ellos son los agradecidos de gente como El Martillo, quienes los defienden a morir, pero que no llegan a lucir turbillones con una efigie de faraón, el amuleto de la buena suerte.

O’Higgins 680, 4° piso, Oficina 401, Concepción, Región del Biobío, Chile.
Teléfono: (41) 2861577.

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