El orfanato

Dicen que la niñez no sólo es la etapa de la inocencia y la imaginación; también sería un estado especial, de gracia, donde la mente tendría la capacidad y sensibilidad para contactarse con lo fantástico y, derechamente, paranormal. De hecho, estos infantes hoy tienen una clasificación moderna: “Niños Indigo” o “Niños de Gracia” es el nombre que cierta superchería new age les otorga a quienes nacerían con cualidades superdotadas que los diferenciarían de los demás. Huelga recordar que este ha sido desde siempre uno de los tópicos favoritos de la literatura fantástica y el cine de terror, desde Lewis Carrol y su Alicia en el país de las maravillas a la tristemente recordada Heather O’Rourke (Carol-Anne) de Poltergeist.
El orfanato desde el comienzo se inscribe en esta gran tradición, en su vertiente de cine de horror y suspenso. La historia dice así: Laura (Belén Rueda) regresa junto a su marido Carlos (Fernando Cayo) y su hijo Simón (Roger Príncep) al orfanato donde creció con la intención de abrir una residencia para niños discapacitados. Pero sus planes se ven alterados por extraños sucesos, marcados por un persistente y extraño afán del pequeño Simón por comunicarse con amigos imaginarios. El tema se vuelve inquietante cuando comienza a desarrollar una personalidad agresiva y distante; la pobre Laura, comprende que la única solución se encuentra en investigar una horrible tragedia ocurrida en la casona en los tiempos de su niñez.
Dirigida por el debutante Juan Antonio Bayona, El orfanato podría definirse como un thriller sobrenatural que conserva muchos rasgos clásicos del cine de terror. Aunque en un principio demora un poco en su desarrollo, la historia maneja un progresivo ritmo de suspenso, se advierte una gran habilidad para transformar elementos corrientes en objetos y paisajes tenebrosos y siniestros, y tenemos la presencia de una heroína que debe combatir sola ante un entorno absolutamente inoperante (su marido es un padre holgazán y casi intrascendente y la policía se ve sobrepasada por los hechos). Además, Bayona usa códigos de vieja escuela: mientras más angustioso se vuelve el calvario de Laura, más cerrados y claustrofóbicos se vuelven sus espacios; más pistas deben hallarse entre paredes, en cuevas y en subterráneos. Tema aparte es la transformación de niños -no sé si tan lograda en esta oportunidad- en monstruos, otro tópico favorito del cine de horror, y que tiene uno de sus exponentes más característicos en Los hijos del maíz (1984), escrita por el gran Stephen King y dirigida por Fritz Kiersch.
¿Estamos ante una buena película para disfrutar un buen momento? Sí, aunque no llega a mucho más. Se entrega demasiada responsabilidad a una actriz que se limita en los momentos dramáticos y de mayor tensión, el manejo de tensión y clímax no es constante (a ratos pensaba que estaba viendo un gran homenaje a la maternidad, más que film de terror duro) y más de alguien estallará en risa cuando vea que junto a la médium (Geraldine Chaplin) aparece Edgar Vivar (el Ñoño). No estamos ante la maestría de Alejandro Amenábar en filmes como Los otros y Tesis; con todo, esta es una película que arrasó en los últimos premios Goya (tenía 14 nominaciones y se llevó siete estatuillas, incluyendo mejor Dirección Novel), que contó con Guillermo del Toro en la producción y apadrinamiento, y que fue un éxito de taquilla tanto en Europa como en EE.UU. De todas maneras, muy recomendable.

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