El Principito en vez de El Príncipe

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María Angélica Blanco Periodista y escritora.

A las autoridades en ejercicio, en vez de El Príncipe, la obra política de Maquiavelo, les regalaría El Principito, de Antoine de Saint Exupéry, para que vean el mundo con ojos nuevos, unos mucho más sabios que los suyos. Nos han intentado convencer de que la única dimensión real de un país se mide en cifras económicas. Peor aún, hay quienes pretenden manejar su nación con los mismos criterios con los que se dirige una empresa. Para ellos, las cifras son más importantes que los niños, los ancianos y los planes de salud, de educación y de una cultura cimentada en valores y principios. ¿Acaso su pensar calculador no les permite visualizar que tanto o más valioso que robustecer la economía es crecer dentro de nosotros para ser mejores personas?

El Principito trata temas universales, pero también es una punzante crítica a la civilización moderna y al poder que ciega y obnubila a los que lo ejercen. Su personaje principal nos enseña que la sabiduría infantil basada en amar lo simple es toda una filosofía que, desgraciadamente, se pierde con el paso de los años, pero que es posible recuperar si se observa el entorno con la mirada de ese niño que llevamos dentro.

Sus diálogos son una maravillosa reflexión sobre lo que es realmente importante en la vida. El principito, al regar su flor, le dice: “ Te amo”. Y ella responde: “Yo también te quiero”. Él le explica la diferencia entre querer y amar, puesto que querer es tomar posesión de algo o de alguien y buscar en los demás aquello que llena las expectativas personales. Amar, en cambio, es desear lo mejor para el otro.

Aburrido y curioso, comienza su viaje donde se encontrará con un rey sin súbditos que fanfarronea de su poder y que no tolera la indisciplina de ni un solo astro. Conocerá también al bebedor, a un vanidoso y a un asteroide gobernado por un hombre de negocios dedicado a contar las estrellas para poseerlas y convertirse en magnate.

Al finalizar su aventura concluye que los adultos son incomprensibles. No saben amar, prefieren dominar y se apegan a los bienes materiales en vez de asombrarse ante la belleza de una puesta de sol. Tampoco tienen amigos con los cuales crear vínculos desinteresados y permanentes en el tiempo, como le enseñó el zorro: “Yo seré para ti único en el mundo y tú lo serás para mí, como tu rosa”.

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