EL SENAME, LA FAMILIA Y LOS MUNICIPIOS

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Por Mario Ríos Santander.

En el recordado debate sobre descentralización de 1991 hubo que recurrir a todas las formas en que la sociedad se manifiesta. De partida, la más estable sería la familia, y en ella se concentraría buena parte de los principios y valores que prevalecen en una sociedad.

La familia no sólo tendría en su formación lazos de sangre -padres, hijos, abuelos-, sino que también se uniría por la tierra. Llegamos a sostener que la persona tenía en realidad tres apellidos: dos de sangre -padre y madre- y uno de tierra, que es el lugar donde ésta nació, vive o trabaja. De la familia de tierra se manifestaban los “parientes” chillanejos, penquistas, angelinos. Es decir, los que viven en un mismo lugar y que tienen en común la geografía, la historia, el gentilicio y, en su manifestación externa, a veces, el mismo himno, el mismo club deportivo. En resumen, los que en sus encuentros se tratarían de “nosotros, los penquistas”, por ejemplo. Esta familia de tierra tendría una autoridad común, el Concejo Comunal y, en él, la autoridad municipal, el alcalde, año a año en su cuenta pública informaría del “estado familiar” de su comuna.

De aquello se desprendió mi afán por interesar a los alcaldes y concejales por la suerte de “sus familiares encerrados en el Sename”. Cuando supimos que cientos de niños habían muerto al interior de esta institución, en extrañas circunstancias, animé a los alcaldes a que averiguaran por los niños de sus comunas. Hubo concejales que reaccionaron y pidieron información. Sin embargo, les fue muy mal. Nadie más hizo algo. La familia de tierra no funcionó y eso fue gravísimo.

Lo anterior tenía también otro objetivo. Se trataba del futuro de los niños internos en el Sename. De la institución ya no había que preocuparse porque claramente debía desaparecer, pero, ¿para crear otra igual?, por cierto que no. ¿Qué hacer entonces? Y ahí surgió el municipio. ¿Hay otro estamento del Estado más adecuado que el municipio para asumir el cuidado de los hijos de su propia tierra que requieren orientación, cuidados especiales y, más que eso, cariño y afecto? Ya vimos que un organismo nacional administrando niños abandonados ha fracasado. Y ahí surge el rol de la municipalidad, para recoger a los niños que estuvieron en sus colegios, vivieron en sus barrios, cuya vida familiar conocen mucho más que un funcionario del Sename que, tal como hemos leído en la prensa, ha tenido a su cargo sólo un número de ingreso y no un ser humano pequeño con alma y corazón.

Es hora que la “familia de tierra” tenga su presentación oficial en nuestra institucionalidad. El alma de los concejos comunales deberá velar por nuestros niños menores, nuestros abandonados.

Tengo una enorme desilusión al observar que se debate malamente el futuro del Sename, y que nuestros municipios, administradores de nuestras familias de tierra, guardan silencio.

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