El silencio como fórmula de resolución de conflictos

Álvaro Fernández Ferlissi
Abogado.

Llenar de promesas e ilusiones a un pueblo por cinco años no parece ser la mejor apuesta para un líder, menos cuando éstas se derrumban estrepitosamente ad portas de una elección.

La demoledora sentencia de la Corte de La Haya en favor de Chile podría ser el comienzo del fin de Evo Morales en la presidencia de Bolivia, tras 12 años y medio al mando de la nación altiplánica. Ello, porque sus esperanzas estaban puestas en una resolución favorable de dicho tribunal internacional para asegurar su cuarto mandato y gobernar hasta el año 2025.

Si bien éste no es el primer traspié político que sufre el mandatario -los que por cierto ha sabido superar con mucha creatividad-, el que vive ahora es de mayor complejidad, pues se produce a cuatro meses de una elección.

Muestra de aquello fueron las declaraciones del exvicepresidente Víctor Hugo Cárdenas (1993-1997), quien tras el fallo desfavorable, no dudó en señalar que Evo era el responsable del “peor fracaso histórico” sufrido por la aspiración marítima boliviana.

Por su parte, y hace pocos días, el historiador, periodista y ex presidente de aquella nación, Carlos Mesa, oficializó su candidatura para las elecciones del 2019, con un apoyo que casi iguala al que los sondeos dan al actual jefe de Estado, a quien de paso calificó como “parte del pasado”.

Morales, en tanto, ya ha comenzado su plan de salvataje y, para ello, en forma ladina, ha anunciado públicamente el envío de una misiva al Presidente de Chile, invitándolo a negociar una salida al mar. Un mensaje que parece el peor de los absurdos, pues la sentencia de La Haya fue clara en que no existía tal obligación. Sin embargo, desde un punto de vista político, esta pretensión no es tan descabellada, ya que si a través de ella se logra entablar algún tipo de diálogo con nuestro país, Evo sabrá qué decir o promover a su audiencia electoral para tener alguna chance de permanecer en el poder.

Dicho lo anterior, éste es el preciso momento en que la cancillería y el gobierno chileno debieran tomarse todo el tiempo del mundo para reflexionar, comentar o contestar. Si es posible, cuatro meses o más. Lo anterior, no sólo porque lo que se diga será utilizado con fines políticos y, quien sabe, judiciales, sino porque el silencio y el tiempo son la mejor forma de dar vuelta la página a una inexistente relación que ha sido promovida por Evo Morales durante su gobierno. Y por qué no decirlo, es la solución perfecta para nuestros oídos, que se ahorrarán seis años más de diatribas, que no hacen sino afectar las relaciones de dos pueblos hermanos.

Ojalá que reine el silencio por cuatro meses y, si se rompe, que sea en favor de un candidato respetuoso de nuestro país, pues no es llegar y reclamar o cantar sobre Antofagasta, que sobre ella viven cuatrocientos mil chilenos.

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