El último exorcismo

En un mundo cada vez más racionalista, escéptico y defraudado de los dogmas de la Iglesia ¿qué oportunidad de verosimilitud tiene una película de terror que se base en el ancestral rito del exorcismo? La verdad, muy pocas. Salvo que, astutamente, intente usar este escepticismo introduciendo como protagonista a un cura exorcista “chanta” que no cree ni en su oficio ni en el diablo y que, de esta manera, genera la confianza y complicidad del espectador. Una premisa que El último exorcismo supo aprovechar para salir, de forma al menos digna, del paso.
Vamos a la trama. El reverendo Cotton Marcus (Patrick Fabian), es un pastor evangélico que proviene de un linaje de exorcistas. La diferencia es que él no cree ni en demonios ni en extrañas posesiones. Es un  charlatán, cuya habilidad lo llevó a descubrir una cómoda forma de ganarse el pan ofreciendo la vida eterna a sus incautos feligreses. Un día, llevado por el remordimiento y cansado de sus estafas, Marcus decide terminar con sus embustes y acepta un último caso de posesión que afecta a una adolescente campesina de Lousiana (Nell, interpretada por Ashley Bell), con el único fin de grabar con cámara todos los trucos que utiliza durante sus ritos (algunos tan burdos como amarrar “hilos invisibles” a las patas de las camas) y, de esta forma, realizar una última buena acción que muestre al mundo la falsedad del oficio y la inexistencia del demonio.
Sin embargo, en esta ocasión Marcus no sabía con qué chicha se curaba y las cosas resultaron muy diferentes a como las planificó.
En el comienzo, el tono de El último exorcismo es irónico y humorístico, pues muestra cómo se puede jugar con la sugestión de los incautos y abusar de su fe. Las primeras secuencias están marcadas por las carcajadas que producen  las confesiones del chanta de Marcus y su puesta en escena de efectos especiales para su rito, lo que a más de un espectador le hará preguntarse si está observando  una película de terror o es otra parodia de El exorcista.
Mención aparte es la elección del formato usado para contar la historia, tipo “falso documental de terror”, recurso archiutilizado desde The Blair Witch Project a la española REC, Cloverfield: Monstruo o Actividad Paranormal, pero pocas veces tan bien aprovechado como en este caso, pues es el factor clave que permite, sin mayores sobresaltos ni pérdidas de continuidad, pasar con eficiencia del humor a un filme que tiene más de suspenso que de terror (lo que en absoluto le resta méritos).
Se plantea una trama original fabricada por un guión eficiente, que retiene la atención del espectador mediante todos los recursos clásicos del género (encierro, aislamiento, cámaras subjetivas, etc), pero que prescinde de digitalizaciones innecesarias que dificultan la falta de imaginación. Incluso, El último exorcismo se puede permitir segundas lecturas: su falso documental se puede apreciar como una parodia al fanatismo religioso imperante en el Estados Unidos más conservador, el del WASP (sigla de americano blanco-anglo-protestante), y de toda la industria de charlatanes que lucra con el negocio del pecado, la culpa y el terror a la divinidad. Sin ser una genialidad, El último exorcismo sabe entretener, mantener suspenso y sorprender con buenas actuaciones. Punto negro: el final, quizás “muy-demasiado” en todo sentido.

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